Jesús Enrique Colombo y Marco Pérez, un triunfo grande en el Festival Taurino de Aguascalientes
Aguascalientes.- Siempre que se trata de solidaridad, la tauromaquia responde con el corazón abierto. No es casualidad: la historia del toreo está tejida con gestos de generosidad, de entrega y de compromiso con causas que trascienden lo artístico. En tiempos donde la Fiesta Brava enfrenta ataques, prejuicios y prohibiciones, resulta esencial ver cómo las nuevas generaciones, los jóvenes y niños que aún sueñan con ser toreros, hallan refugio, apoyo y ejemplo en estos escenarios. La cantera es el futuro, y el festival celebrado este sábado en la Monumental de Aguascalientes ha sido precisamente eso: un recordatorio de que la fe y la pasión siguen vivas, y que creer en uno mismo es el primer paso hacia la grandeza.
La respuesta en los tendidos fue más que alentadora. No solo hubo público, hubo afición y respeto, ingredientes imprescindibles para que un festival taurino cobre sentido. Y más aún cuando el motivo es noble: recaudar fondos en beneficio de la Academia Taurina Municipal de Aguascalientes, semillero de los futuros toreros que un día podrían defender el legado de esta tierra de toros y toreros. La atmósfera fue de fiesta, pero también de compromiso; una tarde en la que el arte y la solidaridad se dieron la mano.
Emiliano Gamero: temple y doma ante “Don Julio”
El rejoneador Emiliano Gamero abrió plaza con el toro “Don Julio”, de Arellano Hermanos, con 506 kilos de presencia y poder. El toro tardó en atender la lidia, pero Gamero, con oficio y temple, lo llevó a su terreno. Dos rejones de castigo marcaron el inicio de una labor que fue creciendo, hasta alcanzar un punto de conexión con el público. Las banderillas llegaron con ajuste y emoción, y las piruetas pusieron el toque de riesgo y arte. Aunque el rejón final no fue certero, el caballista dejó una actuación lucida y entregada, premiada con una vuelta al ruedo muy aplaudida.
Luis Fernando Sánchez: el valor de volver por una causa
El segundo, “Don Tato” de Campo Real, correspondió al matador en retiro Luis Fernando Sánchez, que mostró lo que el tiempo no borra: la elegancia y el sentido del temple. Su brindis, cargado de emoción, fue para su hijo Diego Sánchez y su sobrino Juan Miguel, ambos continuadores de la dinastía taurina. Luis Fernando dejó detalles de su clase y oficio, luciendo en muletazos de trazo firme, aunque el novillo, áspero y parado, limitó el lucimiento. Saludó con fuerza desde el tercio, en un gesto de respeto mutuo entre torero y público.
Román Collado: clase y profundidad sin premio
El tercero, “Causa Noble”, de San Isidro, ofreció calidad y nobleza. El valenciano Román Collado entendió pronto su condición y lo toreó con temple y profundidad. Por el pitón derecho, la faena alcanzó momentos de verdadera categoría, con series largas y reposadas, marcadas por la serenidad y el trazo limpio. Fue una faena de torero hecho, de gusto y ritmo, que fue creciendo hasta alcanzar altos vuelos. Sin embargo, la espada se negó a acompañar, robándole un triunfo que tenía ganado por mérito artístico.
Jesús Enrique Colombo: el gran triunfador de la tarde
El venezolano Jesús Enrique Colombo fue el gran protagonista del festival. Con “Empresario”, de Santa Inés (489 kilos), se fue de rodillas a recibirlo con una larga cambiada, encendiendo desde el principio a la plaza. Su manejo del capote fue alegre, variado, lleno de inspiración. Con las banderillas, Colombo demostró por qué es una figura emergente de impacto: tres pares ejecutados con poder, colocación y verdad, que levantaron al público de sus asientos.
Brindó su faena al matador Arturo Macías, gesto de respeto y admiración. Ya con la muleta, desplegó un toreo de templado ritmo y sentimiento, por ambos lados, aunque la derecha fue el eje de su labor. Los naturales lentos, hondos y ligados fueron el sello de una faena redonda, con pureza y emoción. El público reconoció la entrega, y tras una gran estocada, cortó dos orejas con petición mayoritaria, erigiéndose como triunfador.
Miguel Aguilar, cerca, muy cerca
“𝖡𝗎𝖾𝗇𝖺 𝗏𝗂𝖽𝖺”, 𝖽𝖾 𝟦𝟫𝟤 𝗄𝗂𝗅𝗈𝗌, 𝖽𝖾 𝗅𝖺 𝗀𝖺𝗇𝖺𝖽𝖾𝗋í𝖺 𝖽𝖾 𝖣𝖾 𝗅𝖺 𝖬𝗈𝗋𝖺, 𝗉𝖺𝗋𝖺 𝖬𝗂𝗀𝗎𝖾𝗅 𝖠𝗀𝗎𝗂𝗅𝖺𝗋, 𝗊𝗎𝖾 𝖾𝗌𝗍𝗎𝗏𝗈 𝖻𝗋𝖾𝗏𝖾 𝖼𝗈𝗇 𝖾𝗅 𝖼𝖺𝗉𝗈𝗍𝖾, 𝗒 𝖾𝗇 𝗅𝖺 𝗆𝗎𝗅𝖾𝗍𝖺 𝖽𝖾𝗃ó 𝗎𝗇𝖺 𝖿𝖺𝖾𝗇𝖺 𝗉𝗈𝖽𝖾𝗋𝗈𝗌𝖺, 𝖼𝗈𝗇 𝗌𝖾𝗋𝗂𝖾𝗌 𝗅𝗂𝗀𝖺𝖽𝖺𝗌 𝗉𝗈𝗋 𝖾𝗅 𝖽𝖾𝗋𝖾𝖼𝗁𝗈, 𝗉𝗅𝖺𝗌𝗆𝖺𝗇𝖽𝗈 𝗌𝗎 𝖻𝗎𝖾𝗇 𝖼𝗈𝗇𝖼𝖾𝗉𝗍𝗈 𝖺𝗇𝗍𝖾 𝗎𝗇 𝖾𝗃𝖾𝗆𝗉𝗅𝖺𝗋 𝗊𝗎𝖾 𝗇𝗈 𝗋𝖾𝗀𝖺𝗅𝖺𝖻𝖺 𝗇𝖺𝖽𝖺 𝗒 𝗊𝗎𝖾 𝖿𝗎𝖾 𝖺 𝗆𝖾𝗇𝗈𝗌 𝖼𝗈𝗇 𝗆𝗎𝖼𝗁𝖺 𝗉𝗋𝗈𝗇𝗍𝗂𝗍𝗎𝖽. 𝖤𝗅 𝖾𝗌𝖿𝗎𝖾𝗋𝗓𝗈 𝖼𝗅𝖺𝗋𝗈 𝗊𝗎𝖾𝖽ó 𝖾𝗇 𝗆𝖺𝗇𝗈𝗌 𝖽𝖾 𝖬𝗂𝗀𝗎𝖾𝗅 𝖠𝗀𝗎𝗂𝗅𝖺𝗋 𝗊𝗎𝖾 𝖺𝗉𝗈𝗌𝗍ó 𝖼𝗈𝗇 𝖼𝗅𝖺𝗋𝗂𝖽𝖺𝖽 𝗒 𝗋𝖾𝖼𝗎𝗋𝗌𝗈𝗌.
Marco Pérez: el esfuerzo y la ilusión de una promesa
El cierre del festejo llegó con el toro “Bigotón”, de Puerto del Cielo, de 457 kilos, para el joven español Marco Pérez. El novillero saludó con verónicas de buen trazo, dejando ver su clase y ganas de agradar. Sin embargo, el toro no colaboró: buscó las tablas y se defendió, sin permitir el lucimiento. Pérez, fiel a su espíritu, insistió con firmeza y dignidad, demostrando que el oficio se forja tanto con el triunfo como con la adversidad.
Dos regalos
“Cazador”, de La Asunción, fue el primero de regalo, correspondiendo a Román, quien a su paso dejó una faena con buenas notas que no coronó con el acero. Cosechó palmas.
Marco Pérez regaló a “Mexicano”, de 450 kilos, de Santa Fe del Campo, que con elegancia quitó por navarras, firmando así su saludo con el capote. El novillo muy definido, claro, humilla, de largo y con calidad, por lo que no tardó en aparecer el mando del joven español que por derecho terminó ligando series con un reposo natural, acompañando el trazo con la cintura. Ha sido una faena en la que estructuró con mucha inteligencia, encontrando también la naturalidad por el izquierdo, donde la hondura brotó. Un prodigioso cambio de mano que cautivó a un público que disfrutó de su regreso a Aguascalientes. Acertó con la espada y cortó dos orejas.
El valor de creer
Este festival no solo cumplió su propósito benéfico: recordó por qué la tauromaquia es cultura viva. Quedó en la Monumental el pulso humano de una tradición que resiste porque tiene raíz, porque se nutre de la entrega de sus protagonistas y del aliento de un público que aún cree en ella.
Fue una tarde que reivindicó el aprendizaje, la generosidad y el respeto por el oficio, valores que hoy, más que nunca, sostienen la vigencia del toreo. Cada muletazo, cada ovación, cada gesto de apoyo a la Academia Taurina fue un recordatorio de que el futuro de la Fiesta no se impone: se educa, se forma y se siente.
La Monumental de Aguascalientes se marchó entre aplausos sinceros, no de euforia, sino de gratitud. Porque en tardes como esta se entiende que la tauromaquia, cuando se pone al servicio de una causa noble, trasciende la crítica y se afirma como una expresión humana de arte, valor y entrega.
Fotos: Manolo Briones





























