Fin de año y el archivo personal
Las siguientes líneas son un debraye de nuestra propia contemporaneidad. Puede parecer un tema ligero, pero creo que deja reflexiones sobre lo que estamos lanzando al exterior, lo que guardamos de nosotros mismos. Me explico.
Apenas se acerca el fin de año y ya muchos de nosotros –o de nuestros contactos– están compartiendo los momentos más especiales de su año, o la lista de canciones que no dejó de escuchar en este 2025. La historia se repite desde hace un tiempo atrás; cada diciembre nos convertimos, sin quererlo, en archivistas de nosotros mismos. Presumimos nuestros momentos destacables del año, las obsesiones musicales por mes o los hitos que marcaron nuestra existencia en el año que está por expirar. Detrás de esa coreografía anual se encuentra algo que llama mi atención, es la primera vez en la historia humana que registramos con detalle microscópico nuestras preferencias cotidianas: lo que comemos, lo que escuchamos, a dónde vamos y a quién vemos; casi todo está en las redes.
Los historiadores del futuro quizá no tendrán que conjeturar tanto sobre quiénes éramos y lo que implicaba ese concepto tan escurridizo que es la “vida cotidiana”. No necesitarán sumergirse a miles de archivos para reconstruir cómo era nuestra generación. Tendrán mucha información, incluso hasta los memes que compartimos.
Un historiador actual que, por ejemplo, quiera sumergirse en las preferencias musicales del siglo 19, encontrará el escollo de las fuentes. ¿Qué tipo de registros o documentos tendrá que buscar para toparse con algo tan relativo y subjetivo como el gusto? Podría deducir cosas a través de la prensa y, si tiene suerte, podrá encontrar correspondencia privada en la que se hable sobre las últimas óperas que más le gustaron al autor de la carta. Pero la labor de reconstrucción será titánica, y más si quiere remontarse todavía más atrás en el tiempo.
Pero para el historiador del siglo 25 (si es que sobrevivimos como especie), será sencillo ingresar a una base de datos donde alguien haya tenido el cuidado de almacenar esas minucias que los extraños humanos del siglo 21 dejaron plasmadas en sus historias y publicaciones de redes sociales. Porque sí, no todo lo que subimos a Internet se queda para siempre, mucho se borra, se pierde o se degrada en la obsolescencia. Aún así, si alguien tiene el cuidado de guardar o respaldar, verá parte de nuestros hábitos alimenticios, deportivos, diversiones, miedos y frustraciones. Se interesará por los fenómenos políticos a través de hashtags o incluso por los picos de búsqueda en Google; explorará nuestras noches de ansiedad y desvelo con base en las páginas visitadas. Y así podría seguir con la cantidad enorme de datos que hoy por hoy registramos en la red sin darnos cuenta. Sin embargo, el archivo del futuro será total, pero no necesariamente verdadero. El historiador del siglo 25 también tendrá que discriminar y criticar sus fuentes, sobre todo porque a veces solo guardamos una parte de nosotros: la más luminosa, triunfadora, feliz, editada y llena de filtros. ¿Y en ese aspecto nos diferenciamos tanto del pintor de retratos del siglo 16 que favorecía a sus modelos dándoles más belleza, autoridad, dignidad o nobleza de la que en verdad tenían?
Al final, quizá lo que más dice de nosotros no es la precisión obsesiva con la que registramos cada momento destacado, sino la necesidad de hacerlo. Cada resumen de año, cada foto, cada historia musical anual es un momento de afirmar que estuvimos aquí, que este tiempo pasó y nos dejó huella, que no fue en vano pues vivimos, sufrimos y gozamos. Tal vez el archivo del futuro no revele la realidad total sobre nosotros, pero sí mostrará una verdad universal y atemporal: que siempre buscamos sentido ante el paso del tiempo donde también buscamos un pequeño lugar para no ser olvidados.
*Maestra en Estética y Arte
