Casa del Conde de Casafiel
El miércoles pasado tuve la oportunidad de disfrutar el desayuno con un buen amigo en el hotel Casa Faroles. El espacio, remodelado y habilitado para el servicio de hospedaje desde hace algunos años, mantiene casi intacto su carácter señorial de casona novohispana, al menos en el interior, ya que su fachada ha sido modificada para adecuarla a fines comerciales. Una placa advierte al visitante que dicha finca fue la casa del Conde de Casafiel, un personaje que, si bien no es tan conocido en la memoria popular, ganó su título nobiliario como muchos otros gracias a los “méritos y servicios” realizados ante la corona española y a la riqueza obtenida de las entrañas zacatecanas.
La casa llama la atención por su patio porticado de esbeltas columnas dóricas y una escalera cuyo protagonismo no pasa desapercibido: la escalinata central nace para abrirse a ambos sentidos -a modo de escalinata imperial, muy barroca-, mientras es flanqueada por dos columnas que, por su doble altura, se antojan singulares en la arquitectura doméstica de la ciudad. Sendos pasillos comunican a las habitaciones y demás espacios de servicio del hotel, incluido un restaurante en el último piso. Alguien tuvo el acierto de colocar varios arcángeles arcabuceros, un tipo de representación bastante común en el barroco de América del Sur, especialmente de la escuela cuzqueña de pintura; independientemente de su autenticidad -o falta de ella-, aportan a la estética del barroco del periodo, cuando las pinturas de tema religioso no podían faltar en los espacios domésticos.
El Conde de Casafiel, Francisco Xavier de Aristoarena y Lanz, fue un rico minero y comerciante avecindado en la ciudad de Zacatecas a mediados del siglo 18. Junto con José Joaristi -quien fuera corregidor de Zacatecas- fue administrador de las reales Salinas del Peñón Blanco en el actual territorio de San Luis Potosí. El título condal que posteriormente disfrutó no fue gratuito. En 1767, los pueblos indígenas del altiplano potosino, San Jerónimo del Agua Hedionda (hoy municipio de Moctezuma) y Venado, manifestaron su inconformidad ante el reformismo borbónico que eliminó algunos de los privilegios ancestrales otorgados por la corona, -específicamente a los tlaxcaltecas-, lo que ocasionó descontento. En 1777 obtuvo el título condal gracias a su participación en la pacificación de los indígenas o mejor dicho, en la represión de la rebelión.
Según Fredérique Langue, Aristoarena contó con una fortuna nada despreciable para la época, valuada en 200 mil pesos distribuidos en propiedades rurales, urbanas y mineras. Se casó tres veces, emparentando con las familias más influyentes de Zacatecas y Sombrerete, lo que sin duda le valió el poder económico y social suficiente para mantenerse como parte de la élite zacatecana. Estuvo presente en las cofradías de españoles de la ciudad y, como parte de esa inversión moral y religiosa que derivaba en estatus social, fue benefactor del Colegio de Propaganda Fide.
Su fama y riqueza, hoy quizá olvidados, quedan patentes en las frías paredes de cantera rosa que hoy resguardan el Hotel. Además del valor arquitectónico, la antigua residencia del conde es testimonio del proceso en el que la élite minera del siglo 18 consolidó su poder simbólico. Las casas de estos nobles no eran solamente espacios domésticos, fueron escenarios de representación social, donde se ponía de frente al visitante la jerarquía, el linaje y especialmente la prosperidad. El patio porticado, la escalera imperial y la altura de las columnas no solo respondían al gusto y al estilo arquitectónico de la época, eran también formas de comunicar estatus. En una ciudad donde la riqueza provenía de la plata, la arquitectura también hablaba. La próxima vez que recorra la calle de Tacuba, quizá valga la pena detenerse a mirar esta finca novohispana hoy convertida en hotel. El encanto histórico que produce también comunica y nos habla de aquella estructura social que articuló privilegio, minería y poder.
*Maestra en Estética y Arte
