El patrimonio religioso de Zacatecas
Zacatecas es un estado cuya identidad artística está íntimamente ligada a la religiosidad de antaño. Fundada en el siglo 16 y enseñoreada por la bonanza minera, su paisaje urbano no puede entenderse sin la presencia dominante de templos, torres, conventos y capillas que fueron erigidos, hace siglos, gracias a los patronazgos y obras piadosas de mineros enriquecidos, dando forma a una peculiar arquitectura forjada al calor de la plata.
Justamente esa herencia arquitectónica fue la razón por la cual, hace más de 30 años, la ciudad fue inscrita en la lista de Patrimonio Mundial.
Sin embargo, detrás de la majestuosidad de las fachadas barrocas y neoclásicas de sus templos, así como del orgullo que despierta su reconocimiento internacional, existe también un buen número de obras artísticas que se resguardan en su interior que son casi por entero desconocidas para muchos zacatecanos.
Hace un par de días, la noticia de que el Centro INAH Zacatecas finalizó la restauración de varias esculturas barrocas en una comunidad de Tepetongo me congratuló bastante. Como es común en muchos sitios alejados de la capital —pequeñas capillas de ex haciendas o parroquias alejadas—, se encuentran verdaderas joyas del periodo novohispano que se han dañado por el paso del tiempo, las condiciones ambientales y las manipulaciones desafortunadas.
La intervención especializada permitió recuperar y salvaguardar su estabilidad material y su valor estético, devolviéndolas a los espacios para los que fueron creadas. La noticia es sin duda alentadora, muestra que hay interés y voluntad institucional para preservar el patrimonio artístico de índole religiosa de nuestro estado.
La otra cara de la moneda es que esas piezas permanecieron años en el olvido y el desconocimiento de su existencia para el exterior; incluso, con el redescubrimiento de una escultura de bulto de proporciones considerables (1.68 m), se pudo recuperar la antigua devoción de la comunidad El Cuidado a Santiago Apóstol. Ahora estas piezas, ya debidamente insertas al inventario del patrimonio religioso del estado, pueden recobrar y traer al presente los ecos de la religiosidad de siglos atrás.
Lo anterior también nos recuerda que en Zacatecas, el patrimonio religioso no se limita a algunos templos emblemáticos del Centro Histórico. Se extiende por barrios, comunidades y municipios donde existen retablos, pinturas, esculturas, textiles litúrgicos y archivos que forman parte de nuestra riquísima memoria colectiva. A ello, también se suman las expresiones inmateriales como las fiestas patronales, procesiones, danzas y romerías.
Pese a su importancia, este patrimonio suele ocupar un lugar secundario en el debate público. Las investigaciones académicas se han concentrado en aspectos arquitectónicos o estéticos de edificios específicos, mientras que la gestión integral de los bienes religiosos —tanto muebles como inmuebles e inmateriales— sigue siendo una asignatura pendiente.
Al mismo tiempo, la promoción turística del Centro Histórico ha reforzado una visión del patrimonio como recurso económico. Se organizan festivales, se diversifican rutas culturales y, recientemente, se han impulsado proyectos monumentales destinados a atraer visitantes. El turismo religioso aparece entonces como una alternativa más para generar derrama económica.
Pero el riesgo de esta lógica es privilegiar lo espectacular sobre lo existente. Mientras se invierte en nuevas figuras monumentales que buscan convertirse en protagonistas fotográficos, muchos templos y objetos históricos enfrentan problemas de mantenimiento básico, falta de difusión y escasa capacitación para su resguardo cotidiano.
Existe además una tensión poco visible. Aunque la ley protege los bienes históricos, su custodia diaria recae en asociaciones religiosas que no siempre cuentan con formación especializada en conservación.
La manipulación inadecuada, restauraciones empíricas o simples descuidos pueden provocar pérdidas irreversibles (no olvidemos la famosísima restauración del Ecce Homo de Borja, en España), de ahí que la labor de especialistas, como en el caso apenas descrito, es fundamental. A lo anterior, también hay que decirlo, se suma el problema del robo de arte sacro que no hace mucho ya afectó a algunos templos del estado.
La reciente restauración de esculturas barrocas nos recuerda que el patrimonio religioso sigue vivo y que aún es posible actuar para preservarlo, porque ese patrimonio también es testimonio de prácticas sociales, procesos históricos y maneras de habitar el tiempo.
*Maestra en Estética y Arte
