¿Y la Reforma de Estado? (3)
“Es tan grotesco, que me produce ternura”: Jorge Ibargüengoitia
Las reformas electorales posteriores a la de 1977, significaron el principio del derrumbe de las formas de hacer política alejados de la voluntad popular.
El PRI, como partido hegemónico, así caracterizado por Giovanni Sartori, comenzó a tender sus redes para elaborar los mecanismos para permitir la transición del poder político a la derecha, representada por al PAN, partido aliado a la derecha priísta y a la ultraderecha confesional en el país.
Las reformas electorales se fueron sucediendo sexenalmante. Miguel de la Madrid hizo la suya creando pequeños monstruos burocráticos para acomodar a sus cuates. Así nació el Tribunal de lo Contencioso Electoral (TRICOEL), que -como la Comisión de Derechos Humanos- no servía para nada. Sus resoluciones se convertían en recomendaciones a los Colegios Electorales que eran los auténticos y únicos órganos que calificaban las elecciones. O sea, la calificación no era jurisdiccional sino política.
Además, fue responsable, junto con la Comisión Federal Electoral, del enorme fraude que quitó el triunfo a Cuauhtémoc Cárdenas y permitió llegar al poder al gris Carlos Salinas de Gortari, encargado de desmantelar las empresas del Estado, para venderlas a bajo precio a la burguesía bananera nacional.
Sí, el neoliberalismo en su máxima expresión. Salinas fue un populista que se acercó a la intelectualidad orgánica para convencerla (con cañonazos de millones de pesos) de que la modernidad había llegado al país (sí, el grupo Vuelta de Octavio Paz y otra fauna). Sin olvidar que cumplió su promesa de alternancia en el poder (con el PAN obviamente), señalada en la Exposición de Motivos de la reforma de 1990.
Las pugnas internas, en el partido en el poder, llevaron al homicidio de Luis Donaldo Colosio. Se nombró como candidato al gris Ernesto Zedillo quien, por la presión internacional, tuvo que aplicar una reforma para acelerar la llegada del PAN al poder. Reforma que fue producto de la presión popular, posterior al terremoto y las movilizaciones sociales, con un órgano electoral (IFE) autónomo, un Tribunal Electoral que pasó al Poder Judicial de la Federación, con una Ley de Medios de Impugnación, pero con las mismas trampas por el acuerdo entre PRI y PAN, en la reforma del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (COFIPE).
No olvidamos que la reforma anteriormente señalada (de 1996), fue de un calado importante por la participación de intelectuales, actores, escritores, académicos (el Grupo San Ángel), en donde nunca, al menos yo, vi a quienes se beneficiaron de las reformas electorales y hoy desde la derecha autoritaria, cuestionan la reforma de la presidenta. Porque no escucho a los politiquillos de cuarta, criticar la contrarreforma de 2014 en la que Enrique Peña Nieto, junto a los líderes del PAN, PRI y PRD, entregaron las instituciones a la clase política más atrasada del país. Fue en esa negociación, donde Lorenzo Córdova fue ungido como presidente del naciente Instituto Nacional Electoral (INE) y donde el PRD (gracias a Los Chuchos) cavó su tumba como partido, fortaleciendo a Morena como la auténtica oposición a la derecha, desde posiciones liberales populistas.
Las reformas electorales, a partir de 1977 fueron modificaciones coyunturales de la derecha para mantenerse en el poder y para no entregarlo al PRD, quien se construyó como una alternativa de izquierda, gracias a la generosidad del PMS (Partido Mexicano Socialista) y su líder Heberto Castillo. Ahí confluyeron auténticos líderes e intelectuales de la izquierda proveniente de las luchas sociales contra el régimen autoritario priísta.
La historia nos ha enseñado que no es suficiente con pequeñas reformitas a la legislación electoral, que es necesaria una nueva constitucionalidad y una auténtica reforma de Estado. Que es necesario avanzar hacia un régimen semi presidencialista (como lo advertía Sartori), con un sistema electoral de mayoría absoluta, con elecciones primarias para acabar con el autoritarismo hacia el interior de los partidos, con listas abiertas de representación proporcional, con urnas electrónicas y un órgano electoral autónomo sin la repartición de consejeros entre los partidos. Falta mucho. Las reformas de la presidenta y su partido no son suficientes. Sí, somos realistas, pedimos lo imposible.
