Ineludiblemente se puede evocar la infancia andando en bicicleta. Comenzar a manejar una bici puede ser peligroso, pero también ayuda a comunicarse con esa voz interna que luego se esconde detrás de la cara de adulto. Subirse por primera vez a un objeto con ruedas capaz de modificar la velocidad del cuerpecillo ayuda a reconocerse apto para romper los ralentizados límites de andar a pie. Se achican los paréntesis mentales entre los aquís y los allás pedaleando bicicleta. Los lejos dejan de imponerse y la imaginación se vuelve capaz de volar, o más bien, de rodar alrededor de quince kilómetros por hora.
El principio es el equilibrio. La gravedad y la inercia comienzan a aprenderse a costa de cicatrizar la piel de codos y rodillas. Los ángulos de las extremidades protegen a la cara para que la voz que trae detrás siga charlando. Las leyes del movimiento se comienzan a transgredir cuando se le quitan las rueditas entrenadoras a la bici. Rodando se puede llegar más rápido a cualquier otro lado por el que las llantas puedan andar y donde la inercia cotidiana de los lentos pasos permita desear. De niños se trata de descubrir todos los límites que ya de adulto podrán adoptarse resignadamente como propios.
Un adulto es un niño que dejó de andar en bicicleta porque la prisa lo obligó a tomar camión, comprarse un coche o ya de perdido una moto para no pelearse con el crío que aprendió el principio de equilibrio. Los motociclistas son chiquillos encubiertos detrás de una barba y sobre una bicicleta con motor que les permite estar panzones. Muy rudos y ruidosos para no quedarle mal a la infancia que tuvieron que haber perdido hace mucho. Los ciclistas, por su lado, mantienen el gusto por la simbiosis mecánica entre cinética y engranes. Ruedan lentos, como sin ganas de llegar tan pronto como lo permite el motor de la modernidad y la prisa.
Las bicis esquivan el tiempo, la inercia y todo para lo que no alcanzan los quince kilómetros por hora. Se les agregan foquitos, portaobjetos y algún timbre para anunciarse de lejos, no vaya alguien a enterarse tarde que se anda demasiado rápido para el transeúnte o demasiado lento para un coche al que poco le importa su paso. Vamos a rodar, dicen las voces que estaban detrás a otras voces y se salen en montón resguardándose entre todos. Al parecer, a la nada se le combate mejor rodando y acompañado mientras el tráfico de todos los que llevan prisa se detiene a verlos pasar. Gente sin quehacer, pueden pensar mientras se acuerdan de lo bonito que alguna vez fue la infancia sobre ruedas, luego pitan.
La velocidad es urbana porque los ranchos más lentos todavía son bicicleteros, a veces por gusto y otras porque la modernidad se alcanza sin mucho tiempo de sobra. Qué urbano y moderno es carecer de todo lo que le gustaba al niño detrás de la cara de adulto que ahora puede pagar a meses sin intereses, quizás una bici, una muy veloz para usarla de perchero y tenderle encima los hábitos. Qué curiosos los adultos habituados. La mancha es urbana porque pringa el territorio sin sentido, para luego inventarle calles con ciclovías de esas que sirven a todos y hasta a veces a las bicis que no se rentan fijas para nunca llegar a algún lado.
La modernidad prefiere las cosas que nunca se mueven, incluyendo bicicletas o más bien, bicicleteros. Andar en bicicleta se convirtió en llegar a un cuartito iluminado con neón y un ambiente musical que acelera las diástoles. Imagínese en un rancho pedaleando, tome aire, beba agua y eche a andar lo que quede de imaginación. Sienta el viento del ventilador acariciando su rostro, ondulando su cabello, disfrute la paz que permite el equilibrio y el sonido circulante de cadenas. Escuche la voz interna detrás de su carota de adulto, sienta cada cicatriz como si fueran principios. Aquí y ahora, nada es demasiado lejos. Cierre los ojos, evoque su infancia. Usted ya no corre peligro, todo está bien, su límite de velocidad va a mantenerlo tranquilo. Disfrute todos sus cero kilómetros por hora.
