Imágenes históricas e IA
Es muy común observar en redes sociales fotos antiguas retocadas con Inteligencia Artificial (IA) o incluso convertidas en pequeños videos. En este tipo de imágenes, una foto antigua, original, cobra vida y llena la pantalla de transeúntes ocupados en el trajín cotidiano, personajes del pasado sonriendo al espectador o, incluso, reconstrucciones hipotéticas de cómo lucían. Dichas representaciones se llenan de reacciones y de comentarios. No se puede negar que hay algo de fascinante en poder ver -con ojos del siglo 21-, cómo eran las calles de la Ciudad de México en 1850 o admirar la verdadera apariencia de María Antonieta. Pero parece que se olvida que solo es ficción, una representación de cómo pudo haber sido ese pasado que naturalmente nunca podremos ver ni experimentar con nuestros ojos más allá del engaño.
Este recordatorio puede ser banal para una generación como la nuestra, acostumbrada a representaciones ficticias en la televisión y el cine. Sabemos que quien está en pantalla es solo un actor ataviado con la indumentaria de la época y que lo que parece la antigua Roma no es más que utilería aderezada con mucha tecnología. Pero ante cierto tipo de contenido producido con IA, la situación es un poco más problemática; la frontera entre realidad y ficción parece desdibujarse, pues lo que para muchos no es más que un truco de Chat GPT, para otros es una foto que congela un instante de realidad y por ende, es verdadera.
No hace mucho me topé con una supuesta imagen que afirmaba retratar al Zacatecas de los 50, en una postal que tenía la Catedral como protagonista. Anuncios de mitad de siglo, la moda de los caminantes de la escena, así como automóviles de la época, daban una verosimilitud casi indiscutible a lo que se veía. Pero el ojo atento podía localizar rápidamente los errores: el nombre de los negocios era ilegible, pues contaba con las grafías típicas de la IA que no pertenecen a ningún idioma ni abecedario conocido, además de algo menos obvio, una iluminación escénica en la Catedral que ni de broma tuvo a mediados del siglo pasado. Un buen número de seguidores aplaudían la aportación y celebraban la belleza de Zacatecas, ante lo cual, nadie aclaró que se trataba de una imagen falsa.
Quizás peco de quisquillosa ante tal travesura. En todo caso, no tiene nada de grave que alguien piense que una fotografía falsa de la ciudad es verdadera y que se deleite admirando lo que pudo haber sido. Pero como historiadora, tengo varias puntualizaciones.
En primer lugar, las imágenes históricas no son meras curiosidades pretéritas, son documentos históricos, verdaderas fuentes de información para historiadores. Cada fotografía es el resultado de una decisión humana en un contexto específico, donde alguien eligió dónde colocarse, qué encuadrar, qué dejar fuera y qué instante retratar. En ese gesto tan aparentemente banal se condensa una forma particular de mirar el mundo. Cuando una imagen generada por IA se presenta como auténtica, hay algo que se altera. Ya no estamos frente a un momento vivido, sino ante una reconstrucción irreal creada por un algoritmo que mezcla referencias visuales disponibles en la web. El resultado puede ser sin duda atractivo, pero carece de aquello que vuelve valiosa a una imagen o fotografía antigua, a saber, su vínculo directo con la vida real.
Asimismo, hay un segundo aspecto igual de importante: el valor estético de las imágenes del pasado. Las fotografías históricas también nos hablan del gusto de una época, de lo que se consideraba bello o digno de retratarse -y lo que no-, de la manera en que se escogió la luz, la composición y en resumen, de la sensibilidad de su autor. Por más bella que se vea la Catedral en la foto arriba descrita, no condensa una intencionalidad artística, y en resumen, ni siquiera humana.
No quiero terminar por satanizar estas herramientas que, en muchos y variados aspectos, son bastante útiles. Tampoco quiero decir que se prohíban las fotos “históricas” generadas con IA en la red; solo debo decir que hay que aprender a mirarlas y crearlas con cuidado, para no terminar confundiendo memoria con simulación, realidad con algoritmo y el pasado con el futuro que ya nos alcanzó.
*Maestra en Estética y Arte
