Concepción del Oro, un epicentro oposicionista
En 1900 se realizaron elecciones en el estado de Zacatecas. En el distrito de Mazapil “eligieron” a tres foráneos: a los licenciados Valerio A. Velasco, Luis Reinoso y Rafael Noriega, como jefe político, juez y diputado. En su triunfo no hubo atisbo de oposición.
En Concepción del Oro, ciudad del partido de Mazapil, sí se manifestaba inestabilidad “desde abajo”. Había enojos de los operarios mineros contra las empresas extranjeras. Era por las formas de trabajo y las retribuciones. Otros modos eran con los inversionistas en pequeño, tanto porque los patrones y jefes eran más cercanos y compartían ganancias, pérdidas, pertenencias y sociabilidades.
Un grupo de operarios mineros y jefes intervino en las elecciones municipales. No soslayemos, hay tránsitos del liberalismo social decimonónico hacia el anarquismo; estaban en fase de recepción, vía correspondencia y lecturas de periódicos autorizados foráneos. En las elecciones se reunieron los enojos, las lecturas y las aspiraciones.
El modo de las elecciones, fase municipal, los votantes podían llegar con su boleta escrita, dictar los nombres o escribir quienes integrarían la planilla (presidente, cinco regidores, síndico y jueces de paz). La apuesta principal era el presidente de la asamblea. Los ganadores fueron: Crispín González como presidente; regidores Jesús Valdez Sánchez, el médico y minero Ambrosio Silva, Juan Treviño, Francisco Ramírez; síndico Miguel Pro —el padre del beato Pro—; jueces de paz Darío Frías y Esteban Pérez, suplentes Albino Galindo y Octaviano Sánchez.
El fastidio por los resultados electorales fue tal, que los derrotados se amotinaron la noche del 15 de septiembre de 1900. La bulla fue en la celebración del grito —a las once de la noche, con las campanadas del templo católico.
El párroco era Mateo Correa Magallanes, hoy santo católico—. Los opositores cortaron los cables del telégrafo, quemaron el edificio municipal, saquearon la casa rentada de la recaudación de rentas y recorrieron la ciudad como si fuese una “noche de san Bartolomé”. Incapaces los gendarmes para controlar la situación, alguien fue a la ciudad de Mazapil —la cabecera del distrito— para avisar al jefe político Alfredo Isassi.
De inmediato se acudió a Concepción del Oro. Con él fue nuevo jefe político, quien ya había protestado ante el gobernador, en la ciudad de Zacatecas. Llegaron cuando todavía ardía el edificio. Inexpertos en el control, dado que ocurrió la ruptura de la representación, fueron llamados soldados de la federación, acudieron doscientos soldados del 9º de infantería. Con lentitud se controló la situación.
Hasta el 20 de septiembre tomaron posesión los regidores, luego el recaudador. Por supuesto, el presidente municipal electo pidió licencia —Octavio López— y se hizo cargo el segundo regidor. El nuevo jefe político también pidió licencia en los siguientes días.
Los periódicos de la Ciudad de México —El Popular, El Chisme, El País, El Universal— informaron los hechos con diferentes connotaciones: populachos ebrios amotinados; pronunciamiento, fruto de la propaganda impía. Les propongo situar, los malabares en Concepción del Oro fue una oposición radical diferente a los políticos desplazados de la ciudad de Zacatecas. Los mineros del semidesierto coincidieron con los de la vetusta capital del estado en el Congreso liberal de San Luis (1901) y en el antirreeleccionismo (1910), pero no hicieron alianzas políticas.
YO, BENEMÉRITO
Mañana es el 220 aniversario del nacimiento de don Benito Juárez. Antes, hace unos 20 años, era motivo de conmemoración cívica de Estado, tanto como el 5 de febrero (promulgación de las constituciones de 1857 y 1917); el 1 y 5 de mayo (trabajo y batalla de Puebla); 15 y 16 de septiembre (inicio de la guerra de independencia); y, 20 de noviembre (inicio de la revolución mexicana).
En el periodo 1872-1905, las celebraciones juaristas eran el 18 de julio, en la fecha que falleció. Se extendía con los aniversarios por algunas batallas ganadas durante de la guerra civil de Tres Años, contra la intervención francesa y el gobierno monarquista. Es, hasta 1906, cuando la conmemoración gubernamental son los 21 de marzo.
Rememoro el hecho juarista, porque estoy leyendo la novela Yo, benemérito. Las últimas confesiones de Juárez, de Gustavo Vázquez Lozano. En su momento ahondaré. Ahora expreso el buen tino temático del escritor. Hace revisión y análisis de los últimos cinco años presidenciales del oaxaqueño (1867-1872).
Con acierto, sin bronce ni romanticismo, el novelista pone voz a Juárez para conversar, escribir y cavilar sobre el tránsito socio-cultural del hombre que fue encarnándose y se aceptó como la representación del hombre de Estado, el repúblico que hoy es. Leer a Gustavo es aprender.
