Las llamas no trajeron nada que no estuviera ya habitando entre las venas de los potenciales incendiarios
Sin ninguna duda, uno de los mayores descubrimientos de la humanidad ha sido el fuego. A partir de controlarlo, el ser humano pudo cocinar, obtener calor a voluntad y habitar geografías hostiles. Las fogatas se volvieron puntos de encuentro que mejoraron la comunicación y permitieron transmitir conocimientos mientras contemplaban, casi hipnotizados, la combustión.
Técnicamente, el fuego es una reacción química de rápida oxidación que libera luz y calor, lo que permitió clarear la penumbra diaria para tener más horas productivas. Sin embargo, como con todo gran hallazgo, su uso no se limitó a la supervivencia.
Con el tiempo, la domesticación de esa dinámica explosiva se aplicó en uno de los inventos que más tragedias ha dejado en la historia. Las grandes guerras mundiales, las actuales amenazas bélicas y, en general, la criminalidad cotidiana están asociadas al fuego que se salió del hogar para causar tragedias.
Por pura fragilidad fisiológica, cualquier humanete está en desventaja frente a esos instrumentos fulminantes que inventó la humanidad. El control del fuego, en ese sentido, se salió de control y hoy sobran cifras rojas resultantes del abuso de esa bélica invención.
Por fortuna y gracias al orden jurídico, el pacto social faculta al Estado como único ente que posee el uso de la fuerza pública. Solo las autoridades pueden emplear el fuego con “legítima violencia” para defender una paz y tranquilidad que resultan contradictorias respecto del método.
Mientras tanto, la gente de a pie se conforma con domesticar la lumbre en la estufita, el boiler de paso o el mechero para jugar con su propio fuego. Incluso en los cigarrillos se juega a portar un fuego personal y, de paso, auto proveerse tantito libre albedrío en forma de enfisema pulmonar.
El uso de la combustión se extendió a los automóviles, hornos para hacer pan y a las veladoras para pedirle a algún santo que disminuyan los balazos. El acceso al fuego se volvió más público que los derechos humanos, incluyendo el derecho a un hogar o la educación.
El vidrio, el metal y el plástico son materiales moldeados por este elemento para convertirse en ventiladores, equipo para bomberos y medallas para ciudadanos ejemplares que no anden quemando cosas ajenas.
Resulta irónico que los incendios forestales, las bombas molotov y los crematorios funcionen con la misma dinámica incendiaria que se usa para prender santísimos cirios y asar arrachera los domingos.
En el mejor de los casos, el respeto al fuego se adopta tras las primeras quemaduras infantiles, descubriendo que, contrario a lo que sugiere el mito del infierno, en la lumbre no radica la maldad, sino la fragilidad de descubrir que todo es incinerable.
En los semáforos, los escupidores de fuego entretienen mucho más y ganan mucho menos que algunos políticos que, aunque a veces también divierten, no laboran en lo mismo. Este espectáculo se extiende a la pirotecnia, que asusta a los pequeños que todavía no se enteran de que todo está fríamente calculado por la inteligencia humana.
Habría que reclamarle a Prometeo, o a nuestro tlacuache local, por haber confiado en que esa inteligencia no se aplicaría a fines tenebrosos como quemar cerros, evidencias o edificios públicos a manera de protesta.
La historia tiene un antes y un después del fuego. Prácticamente todas las actividades modernas dependen de él; el futuro llegará también quemando el tiempo y todo lo que ya no sirva. La inteligencia ha permitido su uso en cualquier sentido, sea moral, ético, práctico, legal, místico o ninguno de los anteriores.
Los defensores, vigilantes y héroes lo utilizan igual que los anarquistas, delincuentes y villanos, nomás que unos tienen permisos y los otros nomás condenas por piromaníacos. ¡Quémenlo todo!, se grita en las protestas como invocando el mismo método cristiano para el perdón de los pecados.
¡Que se haga la luz!, se dijo un día, y desde entonces toda la imperfección humana quedó al descubierto por andar jugando con fuego. Las llamas no trajeron nada que no estuviera ya habitando entre las venas de los potenciales incendiarios. La maldad y la bondad descansan entre dos superficies que puedan provocar chispas a su encuentro; lo otro nomás es fugaz supervivencia.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: Andar jugando con fuego
