Terminó el descanso de Semana Santa y con él, el Festival Cultural de Zacatecas en su cuadragésima edición (que no aniversario), dejando un buen sabor de boca entre locales y visitantes que fueron testigos de cómo la ciudad se transformó en escenario para la música y las artes.
La multitud de personas que fue visible en los distintos foros, plazas y plazuelas, dio cuenta del beneplácito con el que se recibió la programación de este año, que no decepcionó casi a ningún público que cantó y bailó al ritmo de distintos géneros musicales. Pero entre la algarabía de los conciertos, también se esconde la programación artística de esta edición, a la que se sumaron propuestas desde otras instituciones y proyectos.
En esta ocasión, el circuito de exposiciones se abre en distintos museos y espacios de la ciudad, invitándonos a recorrer el arte, la abstracción, la religiosidad, los recuerdos y nuestro amado paisaje zacatecano a través de diversas técnicas. En las siguientes colaboraciones trataré de hablar un poco acerca de las muestras que aún puede disfrutar en tanto que su permanencia se extiende más allá de este último periodo vacacional, siempre con la esperanza de que disfrute junto a mí, lo que el Festival dejó en el ámbito artístico.
Hoy dedico estas líneas a la exposición colectiva El atrio de los gentiles. Las huellas de la fe en el arte contemporáneo de Zacatecas en la Galería Episcopal de la Diócesis zacatecana, disponible aún -por pocos días- en la famosa rinconada de Catedral.
Y lo que puedo decir de entrada, es que el nombre mueve una de nuestras creencias más arraigadas: ¿puede el arte contemporáneo ser religioso? La respuesta es un rotundo sí. Pero pareciera que después de que el arte occidental se emancipara progresivamente de la temática religiosa, hayamos pensado que eso forma parte del medievo o del barroco, y que la plástica contemporánea solo retoma el simbolismo de la religión para hacer crítica o sátira. Lo anterior resulta erróneo si consideramos que el arte, como medio de expresión de la espiritualidad y la fe, siga retomando motivos de distintas confesiones para explorar los dilemas contemporáneos. Pues bien, en El atrio de los gentiles, lo que se propone es esto, mirar cómo los artistas de los siglos XX y XXI dialogan con lo místico y lo metafísico a través de símbolos, iconografías, escenarios y arquitecturas que remiten a lo sacro.
La muestra está compuesta por fotografías, grabados, esculturas y pinturas, en un espacio que explora los motivos católicos a través de distintas técnicas. Podrá encontrar obras de Emilio Carrasco, maestro del grabado, en los que el apocalipsis se enraiza como un árbol que lo abarca y lo alcanza todo, sanando con sus frutos la maldición del pecado. Por ahí más adelante se topará con Cristo atado a la columna, de Manuel Felguérez, una pintura que se antoja única en el acervo del artista por su temática y que fue obsequiada por el propio Felguérez al Seminario Conciliar de La Purísima. El Cristo, geométrico y vapuleado, es retratado de espaldas, mostrando sus sanguinolentas llagas en su momento más humano. Enfrente, tres llagas y la luz son las protagonistas de la obra de Horacio Esquivel, que retoma las heridas de Cristo para evocar su pasión. Un giclée nos muestra la obra de Luis Felipe de la Torre, un Ecce Homo envuelto en una bruma de luz, que muestra su rostro herido y cansado. Fotografías, esculturas y pinturas de la Virgen María en un lenguaje más canónico, resaltando el pincel de Manuel Pastrana en una bizantina Señora del Perpetuo Socorro.
Una escultura de la artista Sara Goaër nos remite a la feminidad religiosa, donde las flores y el encaje simbolizan lo sagrado en la figura materna de María. Fotografías de espacios arquitectónicos sacros aportan un último acento a la muestra: lo religioso visto a través del ojo contemporáneo. Es así que esta exposición nos recuerda que, aun en medio de las dudas actuales, la fe encuentra un resquicio no solo para inspirar la creación, sino para persistir como una experiencia profundamente humana.
