Se reunieron los gigantes. Y entre los muchos gestos, silencios y frases cuidadosamente medidas, una de las expresiones que más llamó la atención fue la del presidente chino Xi Jinping, aludiendo a la llamada “trampa de Tucídides”, concepto popularizado por Graham Allison, académico de Harvard.
Xi dijo: “El mundo ha llegado a una nueva encrucijada. ¿Pueden China y Estados Unidos superar la llamada ‘Trampa de Tucídides’ y forjar un nuevo paradigma para las relaciones entre grandes potencias?”
No es la primera vez que usa esa expresión; ya lo había hecho antes. Pero decirla ahora —en este contexto, frente a Donald Trump, con la tensión simultánea sobre Irán, el Estrecho de Ormuz y Taiwán como telón de fondo— tiene una carga política distinta. No fue una cita académica. Fue un mensaje diplomático.
Más aún: fue un mensaje formulado con una pieza de inteligencia conceptual fabricada por la propia intelectualidad estratégica estadounidense. Xi eligió hablarle a Washington en su propio idioma. No usó una máxima confuciana ni una consigna del Partido; recurrió a una idea incubada en la academia norteamericana para advertirle a Estados Unidos sobre sus propios riesgos estratégicos. Eso, por sí mismo, ya es un mensaje.
Enumero algunos más.
Primero: China rechaza la idea de que la guerra sea inevitable cuando una potencia emergente desafía a una potencia dominante. La tesis de Allison plantea una advertencia histórica; Xi responde con una objeción política: la historia no obliga, la política decide. No existe un destino manifiesto hacia la guerra; existen decisiones humanas que todavía pueden evitarla. Es una forma de rechazar el determinismo geopolítico.
Segundo: el mensaje no va dirigido exclusivamente a Trump. Va también al Pentágono, al Consejo de Seguridad Nacional y a los think tanks que desde hace años planifican bajo un supuesto inquietante: que el conflicto con China es cuestión de tiempo. Xi parece decirles: dejen de pensar así, porque pensar así aumenta precisamente la probabilidad del conflicto. A veces las doctrinas estratégicas se convierten en profecías autocumplidas.
Tercero: China intenta enfriar la relación en un momento de alta combustión global. La simultaneidad de varios focos de tensión —el expediente iraní, la fragilidad energética asociada a Ormuz, el nervio permanente de Taiwán— vuelve especialmente peligrosa cualquier mala lectura entre Washington y Pekín. La alusión a Tucídides funciona entonces como una invitación a bajar la temperatura. Una manera elegante de poner paños fríos en una relación donde cualquier incidente podría activar una peligrosa cadena de escalamiento.
Cuarto: Xi insiste en la narrativa del ascenso pacífico. Desde hace años Pekín habla de “comunidad de destino compartido” y de “coexistencia”. La referencia a Tucídides refuerza ese marco: China no quiere ser vista como una potencia revisionista que llega a romperlo todo, sino como una potencia que aspira a reformar el orden sin incendiarlo. Podrá discutirse si esa narrativa corresponde plenamente con sus acciones; lo relevante es que ese es el mensaje que quiere proyectar.
Pero hay también una advertencia.
Porque al mencionar la trampa, Xi recuerda que las trampas existen. Y que suelen activarse cuando una potencia dominante interpreta cada movimiento del otro como una amenaza existencial. Si Washington insiste en la lógica del cercamiento militar —en el Indo-Pacífico, en los estrechos, en las alianzas de contención— el riesgo de que la profecía se cumpla aumenta.
Ahí está el núcleo del mensaje: el verdadero peligro, dice implícitamente Pekín, no es China; es la paranoia estratégica.
Finalmente, Xi parece entender bien a su interlocutor. Sabe que Trump piensa en términos transaccionales. Por eso no le ofrece amistad; le ofrece algo más realista: una rivalidad administrada. Competencia, sí; confrontación abierta, no.
En otras palabras: China no está pidiendo armonía. Está proponiendo reglas.
Y acaso eso sea lo más interesante de toda la escena: que mientras muchos escucharon una referencia histórica, Pekín probablemente estaba enviando una advertencia contemporánea.
No queremos caer en la trampa, dijo Xi. La pregunta implícita era otra: ¿quiere Washington salir de ella?
