Confieso que últimamente, cuando termino una columna, la leo dos veces. Una para corregir lo evidente. Otra, más inquietante, para preguntarme: ¿qué diría de esto una máquina?
No es paranoia. O quizás sí, pero de la buena, de la que antes reservábamos para los correctores de estilo o para nuestro editor. Ahora el fantasma tiene nombre de startup: Objection.ai. Y no escribe noticias, sino que juzga a quienes las escriben.
Puede sonar a ciencia ficción de esas donde el algoritmo termina teniendo razón y el periodista, cara de tonto. Pero no, es real. Y aunque todavía es un proyecto pequeño, ya genera esa incomodidad que precede a los grandes cambios: esa sensación de que alguien, desde algún lugar con dinero y poca paciencia para el periodismo, está diseñando el termómetro con el que medirán nuestra fiebre.
La propuesta, en apariencia, es impecable. Usar inteligencia artificial para analizar publicaciones, detectar errores, evaluar afirmaciones y emitir “objeciones” sobre el trabajo de medios y periodistas. ¿Quién podría estar en contra de la verdad? ¿Quién defendería el error, la imprecisión, el dato mal verificado?
Nadie. Por eso la trampa es tan elegante.
El problema, como siempre, no está en la herramienta sino en la mano que la empuña. Y detrás de Objection.ai aparecen empresarios y figuras tecnológicas que desde hace años hacen de la desconfianza en las instituciones tradicionales —universidades, prensa, tribunales— una bandera, y de la tecnología, un sustituto casi teológico de la autoridad.
No es nueva esta desconfianza. Pero lo que antes se dirimía en el terreno de las ideas, con argumentos y contraargumentos, ahora amenaza con resolverse en el terreno de los protocolos. Automatizado. Escalable. Incansable.
Va una duda sincera: una máquina puede detectar errores, claro que sí. Incluso puede detectar contradicciones. Pero ¿puede entender el contexto de una investigación sobre narcotráfico donde la fuente no puede ser revelada? ¿Puede sopesar el daño que causaría transparentar ciertos documentos frente al beneficio público de denunciar un abuso?
El periodismo, para quien no lo ha ejercido, parece una cuestión de chequeo binario: verdadero o falso. Para quienes lo padecemos, es más bien un arte oscuro de equilibrios: cuánto decir, cuándo callar, cómo proteger y a la vez revelar. Eso no está en ningún modelo de lenguaje. Al menos, no todavía.
Lo que inquieta no es que Objection.ai funcione mal. Es precisamente que funcione bien. Que se convierta en ese fiscal perpetuo que no necesita ganar un juicio, solo sembrar la duda sistemática. Porque el desgaste también es una forma de censura. Más lenta, más pulcra, más difícil de denunciar. Pero igual de efectiva.
Dicho esto, tampoco creo que sirva de mucho alzar la bandera del “periodismo puro” contra la “tecnología malvada”. Ese relato ya lo perdimos; el barco ya zarpó.
Objection.ai no ha surgido de la nada. Es también un síntoma. Porque durante años, amplios sectores de la sociedad dejaron de creer en los medios como fuentes de información. Los vieron como actores ideológicos, con intereses empresariales, torres de marfil con línea editorial, oficinas cerradas donde se cocinan verdades a medida. Y Silicon Valley, que nunca duerme, olió el vacío y dijo: “Si no confían en ellos, confíen en nosotros. Nosotros sí somos neutrales”.
Ahí está la gran promesa de nuestra época: ya no es automatizar tareas.
Es automatizar la confianza. Sustituir la autoridad humana por el protocolo algorítmico. Cambiar jueces, periodistas y académicos por sistemas que puntúan, clasifican y deciden en tiempo real.
Quizás por eso esta columna mientras la completo, va a la deriva. O quizás es que, mientras escribo, no puedo dejar de imaginar a un evaluador “invisible”, al otro lado de la pantalla, preparando ya su objeción.
El colmo: por un momento, casi me importa lo que piense. Ese es el verdadero triunfo del algoritmo. No que nos corrija. Sino que nos haga dudar de nosotros mismos antes de que él tenga que decir nada.
Esa duda, esa pequeña sumisión anticipada, es lo que debería poner nervioso no solo al que escribe sino también al que lee, al que valore el periodismo como una actividad susceptible de errores, pero al fin y al cabo, humana.
