Quizá eso sea civilizarse y entonces ya poder sentirse superior, una manera bastante sofisticada, inteligente y racional de reconocer todo para lo que el cuerpo no alcanza.
El ser humano se considera una criatura superior. Se piensa racional, civilizado y dueño de una inteligencia capaz de transformar el mundo a su conveniencia. El pequeño inconveniente es que su propio cuerpo resulta bastante limitado para semejante proyecto.
Necesita zapatos para caminar, ropa para no tener frío, lentes para ver, un refrigerador para conservar la comida y un teléfono para que pueda recordar hasta su propio número.
Desde que aprendió a fabricar cosas, el cuerpo humano comenzó a extenderse más allá de sus propias fronteras. Las cosas sirven para llegar hasta donde el organismo, por sí solo, resulta insuficiente.
Como sucede con todo lo que se vuelve cotidiano, los objetos que compensan las deficiencias corporales terminan desapareciendo de la vista de tanto usarse. Están ahí todos los días, pero prestarles atención sería distraerse de otras cosas que seguramente la requieren con mayor urgencia.
Caminar sin zapatos es posible y hasta recomendable de vez en cuando. Sentir las hojas que crujen bajo los pies permite recordar que las plantas son bastante vulnerables y que el suelo no siempre tiene la delicadeza que se espera.
El problema es que andar descalzo obliga a negociar con piedras, polvo, charcos y cualquier otra pequeña hostilidad que aparezca en el camino. Para eso están los zapatos: dos extensiones que permiten caminar sin tener que preocuparse demasiado por lo que se va pisando.
Con la ropa sucede algo parecido. Las prendas guardan el calor que el cuerpo pierde, protegen del Sol y evitan que la piel tenga que enfrentarse directamente con la intemperie. Los pantalones, las camisas, las chamarras y demás prendas son pequeñas defensas contra un mundo que parece empeñado en tocar, enfriar o quemar todo lo que encuentra. La ropa interior, además, evita que el cuerpo se exhiba con una libertad que la civilización considera inconveniente.
También existen extensiones en la mirada. Los lentes corrigen aquello que los ojos no alcanzan a hacer correctamente. En el caso de los oscuros, sirven para impedir que los destellos conviertan la contemplación del mundo en una incómoda experiencia. Encandilarse es dejar desprevenida la mirada.
A la cara también se le pueden agregar extensiones en forma de maquillajes, cremas y toda clase de productos destinados a mejorar lo que la naturaleza entregó sin terminar de revisarlo.
Las cabezas civilizadas no suelen conformarse nomás con ser cabezas. Se lavan, se peinan, se perfuman, se pintan y, cuando hace falta, se les coloca encima sombreros, gorras, lentes y demás objetos que ayudan a que luzcan como deben y no nomás como pueden. La cabeza salvaje, en cambio, todavía conserva la mala costumbre de parecerse demasiado a sí misma.
Pero las extensiones corporales no terminan en la ropa y accesorios. El teléfono extiende la voz y la memoria. La computadora extiende las manos y la capacidad de almacenar información. El automóvil extiende las piernas.
Los libros extienden la memoria de otros seres humanos que se extendieron escribiendo. La televisión extiende el alcance de los ojos. Los videojuegos extienden la imaginación. La licuadora extiende la capacidad de los dientes y el refrigerador extiende un invierno disponible para conservar alimentos.
La civilización clasifica estas extensiones. La línea blanca se ocupa de ciertas necesidades domésticas; la marrón, del entretenimiento y la gris, de la informática y la comunicación.
Hay, prácticamente, una extensión para cada incapacidad humana y probablemente varias para aquellas que todavía no se descubren. Civilizarse es extenderse más allá de los límites de lo salvaje.
El cuerpo humano, por sí solo, es bastante disfuncional. Necesita protección para caminar, ropa para esconder su fragilidad, lentes para ver mejor, aparatos para cocinar, máquinas para conservar la comida y dispositivos para recordar lo que no vale la pena olvidarse ni memorizar sin ayuda.
Tal vez, en ese sentido, la gran superioridad humana no consiste en haber dejado atrás lo natural, sino en haber aprendido a llenarlo de objetos que la extiendan. El ser humano presume de sus capacidades mientras lleva zapatos para caminar, lentes para ver, ropa para no tener frío, un automóvil para moverse y un teléfono para recordar nomás lo que valga la pena.
Quizá eso sea civilizarse y entonces ya poder sentirse superior, una manera bastante sofisticada, inteligente y racional de reconocer todo para lo que el cuerpo no alcanza.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: Extendidos
