ZACATECAS. Hay edificios que sobreviven a su función original y terminan convertidos en depositarios de la historia de una ciudad. La antigua Plaza de Toros San Pedro es uno de ellos. A 160 años de su fundación, el recinto que hoy ocupa el Hotel Quinta Real volvió a encontrarse con su pasado taurino a través de la obra de Alfonso López Monreal, uno de los artistas plásticos zacatecanos de mayor reconocimiento.
“Laberinto de Tercios. Memoria de Asterión” reúne 33 piezas y fue inaugurada este sábado en el marco de la conmemoración del histórico coso, con la presencia de empresarios, artistas, aficionados y representantes de distintos sectores de la sociedad zacatecana.
La elección del número tampoco es accidental. Las 33 obras dialogan con los tres tercios de la lidia y con la estructura planteada por López Monreal para hablar de algo mucho más amplio: el nacimiento, la plenitud y el ocaso; la vida entendida desde los códigos de la tauromaquia.
La exposición forma parte de una nueva etapa para el antiguo recinto bajo la propiedad del empresario José Aguirre Campos, quien ha planteado la cultura como uno de los caminos para recuperar y proyectar el peso histórico de este espacio. La muestra de López Monreal establece así un puente entre el edificio que fue plaza de toros y el presente de uno de los recintos más singulares de Zacatecas.
El historiador José Enciso fue el encargado de poner dimensión histórica a la jornada. Recordó que la celebración enlaza dos acontecimientos: los 160 años de la fundación de San Pedro y la apertura de una exposición que devuelve simbólicamente los toros a sus muros.
Enciso llevó la mirada hasta el antiguo barrio de San Pedro, un sitio que desde el siglo XVIII fue parte esencial de la vida popular zacatecana, entre vecindades, mesones, cantinas y personajes que construyeron el carácter de aquel rincón urbano.
La Plaza de Toros San Pedro fue fundada el 15 de septiembre de 1866, nueve meses antes del fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo. Su construcción estuvo ligada a Agustín Llamas, en un tiempo marcado tanto por la afición como por las tensiones políticas alrededor de la fiesta. Incluso el Congreso llegó a decretar la prohibición de las corridas de toros en el estado, una medida que tuvo también como trasfondo las disputas de la época.
Ese contexto permite comprender la dimensión de que, siglo y medio después, el toro vuelva al recinto no sobre la arena, sino convertido en pintura, símbolo y memoria.
Los tres tercios de López Monreal
La muestra comienza desde la luminosidad. Amarillos intensos, escenas juveniles, personajes y estampas que remiten a la vida alrededor del toro construyen el primer tramo del recorrido. Después aparece la plenitud: el color adquiere otros matices y la tauromaquia se revela en toda su complejidad.
En las 33 piezas caben el toro y el torero, pero también aquello que históricamente ha rodeado a la fiesta: trajes de luces, alguacilillos, arena, lluvia, música, personajes populares y referencias que van desde Lino Zamora hasta Cantinflas. No se trata únicamente de representar la lidia, sino de reconstruir el universo cultural que durante siglos ha crecido alrededor de ella.
El tercer tercio conduce inevitablemente al ocaso. Aparecen la muerte, el drama y el desenlace de la faena. La figura del Minotauro atraviesa buena parte de ese discurso y conecta la tauromaquia con Asterión, el personaje mitológico que Jorge Luis Borges llevó a otra dimensión literaria.
López Monreal parece haber alcanzado aquí un punto de particular libertad creativa. Más que perseguir un lenguaje, se abandona a uno que ya reconoce como propio. El artista no necesita buscarse en estas piezas: se encuentra en ellas. De ahí la fuerza de una exposición en la que la tauromaquia sirve como materia para hablar del tiempo, la memoria y la condición humana.
El propio artista explicó esa intención al tomar la palabra. “Son los tres tercios de la vida, de la tauromaquia”, resumió.
También defendió la necesidad de regresar al origen para comprender la permanencia de la fiesta.
“La mejor forma de defender la tauromaquia es recuperar de dónde viene y dónde nace. No es un espectáculo ni un deporte, es un ritual”, señaló. Un rito ancestral y milenario que, recordó, llegó a México hace aproximadamente cinco siglos y que debe ser observado desde su dimensión histórica, cultural y simbólica.
Antes de concluir, López Monreal hizo personal el momento y brindó simbólicamente la faena a José Aguirre Campos, su amigo cercano, en reconocimiento a los años compartidos, las experiencias y la generosidad: “Brindo la faena a mi amigo Pepe Aguirre”.
La frase terminó por cerrar el círculo de una jornada en la que amistad, arte, historia y tauromaquia ocuparon el mismo espacio.
A 160 años de su fundación, San Pedro conserva algo que ninguna transformación arquitectónica consiguió borrar. Bajo la identidad actual de Quinta Real permanecen la geometría del ruedo, los tendidos y la huella de aquello que alguna vez ocurrió sobre su arena.
Alfonso López Monreal regresó a ese espacio el toro, pero lo hizo desde otro territorio: el de la creación. Sus colores, sus minotauros y sus 33 piezas ocupan ahora una plaza donde el pasado no funciona como decoración, sino como materia viva.
Y en un recinto de semejante dimensión histórica, su obra encontró un interlocutor a su altura.
FOTOS: MANOLO BRIONES







































