Gestión de la Inversión Extranjera Directa en México
El gobierno federal resalta el crecimiento de la Inversión Extranjera Directa (IED) en México y lo presenta como una prueba de la confianza internacional en las instituciones. Los gobiernos desarrollistas consideraron al capital extranjero como un complemento de las inversiones nacionales; los neoliberales, de manera contrastante, pasaron a ver a ese tipo de capitales como agentes del desarrollo nacional. En la actualidad, esa concepción permanece sin cambios.
Frecuentemente, el gobierno federal informa sobre el crecimiento de la IED en México y argumenta que es una prueba de la confianza en la estabilidad macroeconómica y política del país, dentro de un marco regulatorio que da certeza a los inversionistas.
En la conferencia Las Mañaneras del Pueblo del 26 de agosto, la presidenta Claudia Sheinbaum dijo que durante el primer semestre de 2026 ingresaron al país 34 mil 968 millones de dólares, representando un máximo histórico en ese periodo.
En el comunicado número 79 del 24 de ese mismo mes, la Secretaría de Economía informó que estas inversiones se sustentan en la solidez macroeconómica e institucional, en las directrices del Plan México y en la posición del país frente a otras economías, que lo ubican entre las diez principales naciones receptoras de IED a nivel global.
El capital invierte para que la fuerza de trabajo, con los medios y las condiciones de producción apropiadas, genere bienes para vender a un precio superior al costo de producción, de tal manera que la empresa pueda obtener una ganancia.
La inversión, por lo tanto, es una función de la ganancia del capital. Aunque no siempre lo consigue, el capital invierte para ganar. La IED es aquella realizada por una empresa fuera de sus fronteras nacionales y no es la excepción al requerimiento de la ganancia.
No exenta de objeciones, la medición de la IED se realiza con base en la metodología del Manual de la Balanza de Pagos y Posición de Inversión Internacional del Fondo Monetario Internacional. En México, la Secretaría de Economía la contabiliza en tres rubros: 1) nuevas inversiones, 2) reinversión de utilidades y 3) cuentas entre compañías.
Conviene hacer esta distinción cuando se hace una evaluación detallada de la IED, pero, por razones de espacio, solo diremos que la reinversión de utilidades abarcó el 88.5 por ciento durante los meses de enero a junio, evidenciando el alto nivel de confianza de las empresas extranjeras en la economía mexicana después de haber invertido aquí previamente.
Las inversiones no se dan en el vacío, sino en un marco institucional y una gestión del Estado coherente con la búsqueda de rendimientos. A principios de la década de los noventa comenzó una fase de internacionalización de capitales que presionó para modificar las leyes de muchos países y hacerlas compatibles con los requerimientos de la IED.
Carente de recursos productivos, México se abrió a ese tipo de capitales y se incorporó a la competencia internacional para atraer inversiones, sentando las condiciones y garantías necesarias para ello, al poner a disposición del capital foráneo diversos sectores de la economía, incluyendo a varios que durante décadas habían sido considerados como partes estratégicas del país o que estaban reservados al control mayoritario de capitales nacionales.
Desde los años 50, miembros de la ciencia social crítica latinoamericana manifestaron desconfianza sobre el rol del capital extranjero en el desarrollo y subrayaron los resultados económicos y políticos adversos. Se decía que la IED no se sometía a las prioridades de crecimiento nacional, no transfería tecnología, no favorecía la creación de capacidades productivas internas, generaba una enorme carga financiera y propiciaba una activa intervención política, incluso militar, de los gobiernos de donde procedían las inversiones, entre otros problemas para los países receptores.
También había desconfianza dentro de los gobiernos desarrollistas de los años cincuenta, sesenta y setenta, reserva que fue plasmada en un andamiaje institucional que contemplaba a la IED como un factor complementario de la inversión nacional pública y privada. Sin embargo, en la década de los 90, el gobierno pasó a considerar al capital extranjero como un agente de desarrollo nacional y realizó reformas para captar mayores recursos de este tipo.
Así, las empresas extranjeras lograron abarcar una mayor parte de la economía y pudieron aumentar su peso político. Este giro de la gestión estatal, cabe mencionarlo, se realizó junto con un proceso de internacionalización de empresas mexicanas, las cuales, al mismo tiempo que cedieron terreno internamente, consiguieron expandirse hacia otros países de América Latina, Estados Unidos, Canadá y Europa.
Los recelos del pensamiento crítico latinoamericano hacia el rol del capital extranjero en el desarrollo de nuestros países se confirmaron bajo las gestiones neoliberales. En México, una parte significativa de la economía quedó bajo el control de firmas foráneas, las cuales operan siguiendo exclusivamente sus intereses, con resultados cuestionables en el desarrollo nacional, pero adquirieron un mayor peso político. En esta materia, la gestión de los gobiernos de la Cuarta Transformación no ha sido diferente a la de sus predecesores.