¿Cómo podemos prevenir el secuestro virtual?
En la era de la hiperconectividad, el delito ha encontrado formas de prescindir de la fuerza física para alcanzar sus objetivos. Una de las expresiones más complejas y lacerantes de esta mutación es el llamado secuestro virtual. A pesar de su nombre, no estamos ante un secuestro en el sentido estricto y tradicional del término, sino frente a una modalidad sofisticada de extorsión telefónica que utiliza la ingeniería social y el terror psicológico como sus únicas armas.
¿Qué es, exactamente, el secuestro virtual? Se trata de un engaño sincronizado en el que los delincuentes nunca tienen contacto físico con la víctima. Todo ocurre a través de una línea telefónica. El mecanismo suele iniciar con una llamada a un integrante de la familia —frecuentemente jóvenes, estudiantes o personas que se encuentran fuera de casa—, en la que los extorsionadores, mediante amenazas de un supuesto grupo delictivo, alertas falsas de vigilancia o engaños sobre una emergencia familiar, logran que la persona apague su teléfono, adquiera un nuevo chip o se traslade por su propio pie a un hotel o espacio público, incomunicándose por completo de su círculo cercano.
En ese instante se construye una cárcel invisible. La víctima no está atada ni vigilada físicamente, pero permanece inmovilizada por el pánico y la manipulación.
De manera simultánea, habiendo obtenido nombres y datos básicos durante la primera llamada —o rastreando información pública en redes sociales—, los extorsionadores contactan a los padres o familiares directos. Aprovechando que el teléfono de la primera víctima está apagado o fuera de servicio, aseguran tenerla privada de la libertad y exigen depósitos inmediatos de dinero a cambio de no hacerle daño. La imposibilidad de contactar al ser querido confirma, en la mente de la familia angustiada, la veracidad de la amenaza. El reloj corre y la urgencia anula el pensamiento crítico.
Frente a un delito cuya materia prima es la desinformación y la sorpresa, ¿cómo se previene? La respuesta no está únicamente en la tecnología, sino en la construcción de blindajes cotidianos desde el hogar.
El primer paso es la higiene digital y telefónica: evitar contestar llamadas de números desconocidos o con lada foránea si no se espera un contacto específico, y restringir la información personal, rutinas y ubicaciones en tiempo real que se comparten de forma abierta en redes sociales.
El segundo pilar, y quizá el más importante, es establecer un protocolo familiar de verificación. Toda familia debe contar con una red de contactos alternos —amigos cercanos, compañeros de trabajo o estudio— que permitan ubicar a una persona si su teléfono directo no responde, además de acordar una palabra clave o pregunta de seguridad para corroborar emergencias reales.
Si se recibe una llamada de amenaza o intimidación, la regla de oro consta de tres pasos: colgar de inmediato, mantener la calma para no proporcionar ningún dato personal ni realizar depósitos económicos, y comunicarse de inmediato con las autoridades a través de las líneas de emergencia 911 o de denuncia anónima 089, así como acercarse a las instancias especializadas de la Fiscalía General de Justicia del Estado, donde se cuenta con personal capacitado para rastrear el engaño y localizar a la persona ilesa.
El secuestro virtual se alimenta del silencio y de la prisa. Hablar de este fenómeno en la mesa familiar, socializar su modo de operar y saber que una llamada debe cortarse antes de que el miedo tome el control es la vía más contundente para desactivar el engaño. La prevención, en última instancia, comienza cuando el miedo pierde su capacidad de aislarnos.
*Columna Colectiva de la Fiscalía General de Justicia del Estado (FGJE)
**Vicefiscal de Apoyo Procesal
