De política y cosas peores

MÉXICO, DF.- La señorita Peripalda les preguntó a los niños de la doctrina: “¿A dónde van las niñas y los niños buenos?”.Contestó Rosilita sin dudar: “¡Al Cielo!”.

Volvió a preguntar la catequista: “Y las niñas y los niños malos ¿a dónde van?”. Pepito levantó la mano y respondió, también sin vacilar: “¡A la parte de atrás de la iglesia!”…

Babalucas invitó al obispo a que lo acompañara al aeropuerto. Le explicó: “Es que voy a confirmar un vuelo”… En el manicomio andaban siempre juntos un loquito y una loquita. Los dos tenían en la cara un permanente gesto de preocupación.

“Se creen Adán y Eva -le explicó el director a un visitante-, y se la pasan pidiendo disculpas a todos por los problemas que causaron con lo de la manzana”…

Al detective del hotel le pareció que la jovencita que llegó con el maduro caballero no era mayor de edad. Los siguió hasta la habitación.

Lo que vio al llegar lo dejó lleno de asombro: el hombre y la muchacha estaban sentados en el suelo, junto a la puerta del cuarto, sin entrar.

Él se entretenía en resolver un sudoku, y ella leía una revista de espectáculos. Desconcertado, le preguntó el detective al señor: “Dígame usted: esta joven ¿tiene ya 18 años de edad?”.

El maduro caballero consultó su reloj, y respondió luego con una gran sonrisa: “Según su acta de nacimiento, que consulté ayer, los cumplirá exatamente dentro de 10 minutos 11 segundos”…

Se dice que cuando los bárbaros atacaron Constantinopla la ciudad no se pudo defender porque sus habitantes estaban ocupados discutiendo acerca de cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler.

Igual nosotros: una terrible amenaza se cierne sobre nuestras cabezas, y nos entretenemos con naderías. ¿Cuál es esa amenaza? El agotamiento de los mantos de petróleo, recurso no renovable del cual dependemos para nuestra sobrevivencia. Hemos cometido el grave error de poner todos los huevos en una sola canasta, dicho sea sin intención segunda.

Las remesas económicas que envían nuestros paisanos están sujetas a los avatares de la política migratoria del poderoso vecino.

Los recursos que obtenemos del turismo están igualmente sujetos a circunstancias azarosas, según lo vimos con la influenza.

Para mantener la nariz fuera del agua necesitamos pues, desesperadamente, los ingresos que derivan del petróleo.

Aunque también sujeto a los vaivenes del mercado internacional, ese recurso ha sido siempre salvador.

Mas si se agota, entonces ¿qué vamos a hacer? No puedo por ahora responder a esa pregunta.

Estoy poseído por el pánico, y en ese estado de conmoción espiritual no puedo pensar bien. Mejor cambio de tema… Le cuenta una muchacha a otra: “Mi mamá tiene unas ideas muy extrañas. Me deja salir con mi novio, pero a condición de que no le permita que me toque de la cintura para abajo”. Pregunta la amiga: “Y ¿qué opina de esto tu novio?”. “Por lo pronto -responde la muchacha- me está enseñando a pararme de cabeza”… En la cena le dice el señor de la casa a Babalucas: “Hay unas enfrijoladas muy sabrosas”. “No, gracias -responde el badulaque-. Las enfrijoladas me cambian el carácter”.

El señor se sorprende: “¿Cómo pueden cambiarte el carácter unas enfrijoladas?”.

“Sí -confirma Babalucas-. Me ponen muy pedante”… Simpliciano, ingenuo joven, se casó con Sebilia, muchacha tremendamente gorda.

A los pocos días un pariente lejano del muchacho se topó en la calle con el flamante desposado. “Supe que te casaste” -lo saluda. “Así es -replicó, solemne, Simpliciano-. Ahora pertenezco al estado matrimonial”.

Pregunta el otro:

“Y ¿cómo lo has encontrado?”.

Contesta el muchacho: “-Batallando, pero lo he encontrado”… (No le entendí)… FIN.

Mirador
En el pequeño cementerio de Ábrego está la tumba del cura del lugar. La gente le lleva flores, pues dice que el padre fue un santo. Pero si la tumba pudiera hablar callaría esto:
“Sentí un llamado, y lo seguí. Me hice sacerdote, Creía, obvio es decirlo, en Dios. Pero al paso del tiempo los fracasos cotidianos y los quebrantos de la vida, me hicieron dudar de que Dios estuviera conmigo. Entonces empecé a dejar de estar con Él.

Sin darme cuenta me hice ateo. Pero a nadie se lo dije. Por amor a mi prójimo seguí hablando de Dios sin creer en Él.

Todos me tenían por un buen sacerdote. El obispo me proponía como ejemplo a los demás. ¡A mí, un cura ateo! Me hice viejo, y me llegó la muerte. Mis últimas palabras fueron para los pobres que rodeaban mi lecho de agonía. Les dije: “Dios los bendiga”. En sus lágrimas vi que mi vida no había sido inútil.

Y dije entonces para mí: ‘Gracias a Dios’. No tenía a nadie más a quien darle las gracias.

Ahora sé que…”.
Otras palabras salen de la tumba de aquel santo sacerdote que no creía en Dios. Pero el viento que sopla en lo alto no deja que se escuchen bien.
¡Hasta mañana!…
Manganitas
“… México, país del tecer mundo…”.
Brindaré con vino tinto,
o con tequila o cerveza,
¡Yo tenía la certeza
de que ya éramos del quinto!

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