Coleccionar es algo así como juntar lo que estaba desjuntado pero que el juntador consideró que, por algún motivo, debería re-unirse, algo así como otorgarle sentido u orden a lo que coincida en características físicas, pero que evoquen afecto; llámese tazas, estampas, postales o todo lo que funcione para fetichizar los recuerdos sobre un pasado mejor.
Se colecciona bajo unificantes y rígidos criterios sobre lo coleccionado para poder así distinguir más objetivamente lo que podría, de otro modo, parecer banalidad subjetiva; sombreros con sombreros, libros con libros y tiliches con tiliches parecidos, siempre pretendiendo el orden, porque no vaya a entrometerse algún objeto que haga parecer como que no se pueden debidamente reunir las cosas con sus pares; las cosas bajo un control que no tuvieron al hacerse cada cual por su lado, separadas al nacer, pero que gracias a coleccionistas recobraron el camino.
Coleccionar es creer que las cosas reunidas están mejor que separadas, mejor que prófugas, mejor que sueltas en el incontrolable y caótico mundo de los que no se habían fijado que eran medio parecidas, a diferencia de los que se enteraron que juntando los tiliches se podía tener un poco de control sobre algo, aunque sean estampitas con caras de futbolistas.
Lo malo de coleccionar es no saber si ya se completó la colección; el mundo está lleno de cosas que parecían únicas hasta que ve cómo se hacen, por eso coleccionar resulta casi solamente comprensible entre incomprendidos coleccionistas.
Otros que también determinaron que tazas, discos de vinil o caras de futbolistas andaban demasiado separadas entre ellas, por lo que se dispusieron a reunirlas para así, tal vez, poder exhibirlas juntitas, ya con orgullo resultante de las múltiples odiseas que sólo ellos realizaron, porque está bien que nadie se entere de lo coleccionado, pero mejor si sí, luego habrá que envitrinar los resultados para, a la menor oportunidad, demostrarlos ordenadamente y exponer ahí, una personal versión del controlable universo, mejor detrás de un vidrio o mica que lo proteja, el orden resguardado del incontrolable desorden.
La coherencia en las cosas, la razón, pero sólo en algunas porque hay muchas muy sueltas y luego resultaría insuficiente el tiempo, dinero y esfuerzo de los restringido coleccionistas para acomodarlas todas, y tal vez, en una de esas las obsesiones no dan para tanto, porque ni que coleccionar fuera un acto trastornado que luego se ande confundiendo con cosas de la mal llamada locura, por eso de andar juntando montoncitos de cosas parecidas entre ellas; cualquiera es un potencial coleccionista con la locura adecuada.
Frecuentemente la colección ostenta más valor subjetivo, afectivo o emocional que monetario, a menos que, por supuesto, lo coleccionado sea, irónicamente, pueda venderse por separado o que quizás interese a otro potencial coleccionista lo suficiente, al que en una de esas, le resulte más rentable juntar suficientes dinero que esfuerzo o tiempo para comprar colecciones ya previamente juntadas, por algún ingrato y potencial excoleccionista, que ya le ahorró dedicación a la tarea.
Por supuesto, no es lo mismo, coleccionar cajitas de cerillos que coches deportivos, aunque seguramente los motivos que impulsen a juntar las primeras vayan a ser parecidos que los que impulsen juntar los segundos, sólo que para andar coleccionando se requiere invertir el suficiente esfuerzo, tiempo y dinero siempre en medida de las pelusas que se traigan involuntariamente coleccionadas en los bolsillos, capaz que el coleccionador de osos de peluche pudo haber sido un espectacular coleccionador de osos de no peluche, pero como no había suficientes posibilidades, tiempo, billullos o esfuerzo, nunca pudo enterarse muy bien de su verdadero talento.
Se colecciona lo que hay, porque lo que no hay nomás puede imaginarse, pintarse o escribirse y así tal vez pueda convertirse en algo poquito más coleccionable, entiéndase libros, pinturas o de perdido pelusas de algún coleccionador bolsillo más real que imaginario, materializando elocuente sustento sobre lo que si no se cosifica, pueque sea menos entendible y por eso, tal vez, mejor habría que asignarle distinguible forma, desamorfearlo y así poder parecerlo a una esfera, cubo o pirámide, plano, suave o rasposo, pintarlo de rojo, azul o amarillento con todo y sus múltiples y más comprensibles variantes, que en el mejor de los casos, resultaran en lo objetable y por lo tanto unible con parecidos objetos, tan potenciales montoncitos nunca tan ridículos como el sinsentido de la vida, pero no tanto para los que le otorgan sentido al inasible caos que no cabe en la vitrinas y que, aunque cupiera, como que no da tanto orgullo exhibirlo, presumirlo o nomás mostrarlo como sí da con los coches deportivos, tiliches, discos de vinil, tazas, relojes, libros o sombreros; como si fueran eso que no puede verse pero existe, cabe, se escribe, se pinta o se imagina en desjuntados, objetivos y coleccionables objetos; eso, que de otro modo, podría sólo caber en subjetividades, llámense cosas, tazas, postales, caras de futbolistas o recuerdos inventados sobre un pasado mejor.
