Claudia Sheinbaum continuará con las mañaneras. No cederá el control de la narrativa en una transición arriesgada, porque sus oponentes políticos (que no solo figuran en la oposición partidista formal) al perderla se volvieron vociferantes y erráticos hasta la rabia. Además, quienes lo ostentaban por “derecho natural”, los medios corporativos, la quieren de vuelta por considerar que son ellos quienes deben exponer la secuencia de hechos y la historia en su totalidad.
Dicho control lo arrebató López Obrador antes de asumir el poder hace seis años. Al ratificar la mañanera como dinámica de comunicación, la presidenta electa estableció que no lo negociará.
¿Será un formato que enarbole una figura tan inusual como la del presidente saliente? Será difícil, pero Sheinbaum deberá llenar los espacios informativos y de conversación que logró López Obrador con eficacia; al menos intentarlo.
En el proceso debe tener claro, como AMLO, a quién le hablará. En función de eso se le facilitará decir las cosas. Tiene a su favor un perfil personal sólido y que contrasta con el actual: es científica, estudió en EEUU, le entiende a la perfección a las “energías limpias” y habla inglés.
Es decir, las objeciones “yuppies” con las que cierto ombliguismo clasemediero escarnecía a López Obrador, operarán ahora a favor de la nueva presidenta.
En los esgrimas verbales que sostuvo en diversos medios durante la campaña, dejó entrever su gran capacidad de articulación, que fulminó la leyenda creada de mujer adusta y aburrida.
López Obrador termina el 30 de septiembre. Si cumple su palabra de recluirse y desaparecer, dejará un hueco que Claudia Sheinbaum deberá llenar… porque estarán prestos otros retadores para peleárselo.
En una entrevista reciente Paco Ignacio Taibo criticó el que la 4T no tuviera diversidad de voces que, aunadas a la presidencial, se sumarán para no vulnerar la estrategia narrativa.
Dicha crítica fue, principalmente, para López Obrador, quien estableció el parámetro comunicacional.
No pocos funcionarios comentaron inclusive públicamente que cuando tenían algo importante que decir sobre sus áreas, el presidente los sumaba, “vente a la mañanera”.
De tal manera que la estrategia de comunicación “mañanera” centralizó un canal que dependía de él. La única excepción sistemática fue Hugo López Gatell durante la pandemia.
La sucesora deberá tener cuidado al echar mano de las mismas herramientas e idear otras; lo que resulte necesario para compensar el mutis del político más popular en la historia moderna del país.
Y para la oposición —digamos— periodística y de opinión a la 4T, ¿Es posible una narrativa que desafíe a la actual?
Sí, pero solo se podrá construir en base a credibilidad y con una articulación ideológica que no diste mucho de la realidad, que dio un golpe fulminante a quienes se oponían porque se olvidaron de prestarle atención.
Lo hizo como suele ser: seca, directa, fulminante, a veces tardada, pero segura. Y muchos de ellos, increíblemente, la siguen negando en todo o en parte.
Por ello no hay medios ni periodistas con piernas para presentar desafío. Atinan a lo más a “predicar a los conversos” y aportarles algo de combustible argumental. En el camino, menguan sus audiencias y con ello su capacidad de influencia.
La 4T tiene pendientes sustanciales. Para resolverlos habrá solvencia de gabinete, una presidenta con amplio respaldo, un electorado receptivo y la estafeta del control narrativo.
Esta última puede caerse de las manos del relevo aunque la continuidad de la mañanera parece indicar que iniciará sujetándolo fuerte.
