Si es para los empresarios, es fomento, es bueno; si es para las mayorías, es populismo, es malo.
Se entiende si lo esgrimen los oligarcas o sus voceros.
Cuesta creerlo si lo esgrimen los beneficiarios.
Un conocido considera los programas sociales regresivos. Es su convicción ideológica. Es adulto mayor y jamás ha cobrado la pensión del bienestar.
Es como otro buen amigo de mi familia, norteamericano, republicano a niveles radicales, que repudia cualquier forma de “socialismo” y ve mal cualquier subsidio o welfare, pese a que alguna vez los ha necesitado.
Equivocados -a mi juicio- pero congruentes. Como cuando alguna vez un profesor conservador iturbidista afirmó en clase cuando hablaba de historia de la constitución: “no podría estar más en desacuerdo con Flores Magón en casi todo, pero regatearle que tenía una integridad y un enorme par de cojones sería deshonesto”.
En cambio, la maña neoliberal que clama por subsidios al empresariado pero repudia los programas sociales es tramposa porque el socialismo le es urticante hasta que es para los capitalistas.
Entonces le encuentran uso práctico al colectivismo, “es porque los empresarios dan empleo; ayudarlos es ayudar a sus trabajadores a conservarlo”. Y entonces uno encuentra por fin que su anti socialismo tiene límites y estos se encuentran en la “preservación del empleo”.
El empresario, al que siempre ven con la perspectiva -y admiración- individualista, ahora resulta que es “responsable de miles de familias” y por eso debe ser rescatado, o subsidiado. Y como cereza del pastel confrontan a quien objeta esgrimiendo su propio colectivismo. La verdad es que, repensándolo, se necesita tener la cara muy dura.
Estirando -y mucho- la liga del decoro argumental, demos la premisa por buena. La intervención del estorboso y reumático Estado y el dinero público (lo más importante) es importante en favor del capitalista por el bien del colectivo.
Pero luego no podemos evitar acordarnos del Fobaproa como paradigma del latrocinio cínico y ejemplo de lo que pasa cuando dejan a sus anchas y sin rendición de cuentas a una bola de sinvergüenzas vestidos de personas decentes. O algo como la jauja del neoliberalismo, ejerciendo lo que más le critica al socialismo. Y si pensamos que el mundo iba a aprender de nosotros como mexicanos, al menos de una de nuestras peores experiencias, llegó la crisis de derivados en 2008.
Pero continuemos con los niveles de cara dura.
Cuando iniciaron los apoyos del bienestar, nos tocó ver adultos mayores que le escupían en la cara a López Obrador y su ‘populismo’ pero se aprestaban a cobrar en persona y hacer democrática fila -antes del depósito directo- bajándose de sus camionetas Lobo o Suburban del año. Con la boca vituperaban lo que con la mano se embolsaban.
En otro nivel de estos fenómenos entra el caso de Gabriel Quadri. Quien fue un acre crítico de los programas sociales, propugnaba por suprimirlos, pero hace unos días tramitó su pensión del bienestar.
No solo espetó lugares comunes contra el gobierno de la 4T: argumentó contra el estado de bienestar y ejemplos concretos como el apoyo de marras.
Tanto en los casos de adultos mayores de clase alta “anti populistas” y Quadri aplica el inamovible principio de que el derecho a dicha pensión es también para ellos.
En ciertos niveles de víscera hay quien les exigiría ser congruentes y renunciar, como en los ejemplos al principio, a los beneficios que tanta aberración ideológica les causan, pero el beneficio en su universalidad es sencillamente justo.
En tal caso, de la misma manera los empresarios neoliberales deberían renunciar a su subsidio, fomento o rescate.
Hay principios que no se doblegan, dogmas que prevalecen, y para el incongruente el Banco del Bienestar tiene cara de hereje.
