Swan Lake
No existe nada más liberador, para la aterrada alma, sobre todo en estos años de muchos balazos y más ideológicos bandazos, que revisar los diarios y leer declaraciones cada día más aterradoras como saber que, por fin, el gobierno federal se quitará de encima a tanta burocracia inútil, al desaparecer órganos autónomos carentes de justificación y por donde han pasado personajes siniestros (como los comisionados del Inai que utilizaban la tarjeta de crédito del instituto para ir a echarse tacos de ojo a los mejores –eso dicen- Table Dance de la capital).
Nada perdidos estos sujetos carentes de solvencia moral, pero que se enriquecieron al amparo de los amigos que los acomodaron.
Así, la Cámara de Diputados ya mandó al baúl de los malos recuerdos al Inai, IFT, COFECE, CRE y otras mamarrachadas de organismos sin justificación, que solo –insisto- sirvieron para acomodar a los amigos, familiares y así por el estilo.
Lo que me molestó es que los diputados no se hayan deshecho de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), ¿por qué? ¿Para seguirle dando chamba a una funcionaria pésima como Rosario Piedra? ¿Tenía compromiso el ex presidente AMLO con ella? La verdad es que esta institución, creada en 1990 durante el régimen de Salinas de Gortari, demostró que no sirve para maldita la cosa.
Y espero que no comiencen a crear otros organismos autónomos (con el signo de la 4T) como premio de consolación para algunos ex priístas despistados que ya dieron el salto a la izquierda.
Es esencial que se piense no en desaparecer organismos y cambiarlos por otros, sino en una verdadera reforma de la administración pública, como paso esencial para la reforma del Poder Ejecutivo, el que también debe de reformarse igual que el Legislativo. Esa reforma del Estado es fundamental y debe ser el piso republicano que Morena debe cimentar sin temor.
Me parece importante que Morena y algunos sectores de la izquierda moderada del país inicien un proceso de ingeniería constitucional, a fin de transformar el sistema político.
El país requiere con urgencia la formación de cuadros dirigentes, de auténticos servidores públicos alejados de privilegios y de la corrupción que nos ahoga. Se requiere que el Poder Ejecutivo se convierta en un poder de dos cabezas, constituido por un presidente y un jefe de gobierno. Son tiempos de que haya una jefatura de gobierno integrada por mayorías parlamentarias, son tiempos de política de primer mundo, fuera de las tentaciones que generan las mayorías pragmáticas, sin proyectos.
Pero es claro que existe la comodidad de las fuerzas políticas, de las facciones que tienen el control del partido, para imponer su voluntad independientemente de las minorías que al interior requieren espacio de debate, reflexión y autocrítica.
Ese agujero, en la construcción de nuestra democracia, sigue existiendo; presuntos partidos nacionales, atomizados a lo largo y ancho del país en sucursales de caciques, de horca y cuchillo, quienes manejan a las instituciones políticas como patrimonio personal y familiar.
Los partidos han olvidado su función de docentes de la política, se convirtieron –y siguen siendo- oficinas de colocación y cuevas donde llegan a ocultarse auténticos trúhanes que ya pasaron por todos los partidos y, hoy, llegan a persignarse ante la facción poderosa que controla el partido, para sacar raja y –obviamente- impunidad, para negociar espacios para familiares y amigos, y seguir destruyendo los pocos avances democráticos que se lograron.
Avanzar en la reforma del Estado es muy complicado y, si se sigue manteniendo a muchos hampones de la política, una utopía. No creo que la presidenta tenga en la agenda esta reforma.
