A Marshmallow World
No existe nada más liberador, para la aterrada alma, sobre todo en estos años de muchos balazos y más ideológicos bandazos, que revisar los diarios y leer declaraciones cada día más aterradoras como saber que, desgraciadamente, mucha gente pasa por momentos difíciles producto de las enfermedades de la época.
Las secuelas por la COVID-19 siguen siendo un gran problema de salud; y si a eso le agregamos que las personas se descuidan ante los cambios climáticos, pues tenemos mayores dificultades en esta época de enfermedades respiratorias.
Muchas personas rechazan la vacuna de la influenza por ignorancia. Y esto es en verdad triste, porque el argumento pareciera salido de un panfleto de hace siglos: es un castigo de dios. Las nuevas teorías conspirativas la ubican como parte de la mala vibra de los Illuminati o de los extraterrestres.
“Nel, yo no me vacuno porque el gobierno nos mete chingaderas para tenernos controlados y hacernos bien chairos”, dice por ahí un jovencito con el chemo en la mano.
Se ha criticado, por parte de muchas personas y organizaciones políticas de derecha, la política de salud del régimen emanado de la 4T. Pero, en épocas pretéritas, ¿el servicio de salud proporcionado por el Estado era muy chingón? ¿No existía reclamo de las familias por el trato y las deficiencias del sector?
Digo, lo más cercano que teníamos era Doña Chonita la yerberita, quien nos recetaba un buen jarro de epazote de zorrillo para sacarnos las lombrices que afectaban nuestro sistema digestivo (que, por cierto, sabía a rayos). Un té de manzanilla, entre otras hierbas aromáticas que nos empujábamos para curarnos hasta de la locura que ocasionaba ver tanta pinche televisión.
Me parece estar viendo a mi tía Tola empujarme una taza de té de no-se-qué-chingaos para curarme de un dolor de cabeza. La neta que terminaba viendo a la Madre Teresa de Calcuta zurrándose de la risa junto al depravado Maciel, mientras me salía espuma por la buchaca.
Pero no tengo nada en contra de la herbolaria, a la que está regresando la gente cuando el paracetamol les parece un mal chiste. Digo, voy al médico y antes que me haga la receta le pregunto: “Mi estimado facultativo, ¿me va a recetar una o dos cajas de paracetamol? Su mirada me atraviesa el cogote y mejor hago mutis.
Después de pasar por algunas cirugías, de mi diagnóstico de cáncer, 35 radiaciones en el UNEME de Guadalupe, Zacatecas (saludos a todo el personal que tiene una calidad humana que hace llorar. Gracias amigos y amigas), un chingo de pastillas y varias inyecciones en la panza, puedo decir que tenemos un buen sistema de salud.
He visto casos dramáticos que no voy a relatar por respeto a las personas que atraviesan por momentos difíciles. Pero no se imaginan ver a un buen amigo, enorme, alto, bien dado el pelado, convertido en un fideo por la quimio atravesando su cuerpo. Cuando me dijo quién era no le creí (“Me está vacilando, pensé”), pero cuando me acerqué a saludarlo le vi en los ojos esa mirada inconfundible de mi buen amigo Jorge Fajardo. Hice un gran esfuerzo para no llorar.
La enfermedad te acerca a las personas, más de lo que uno puede imaginar. Enfermas o sanas, comienzas a valorar la vida y yo quiero que todo mundo esté sano. No me entretengo a echar pestilencia, como la derecha que debate si tenemos un sistema como el de Dinamarca o Haití. No sean miserables y de la lana que como partido tienen, están obligados moralmente a apoyar a ese mundo de personas.
Dejen de ser patanes y no se chinguen la lana pública, trabajen (que es casi como una mentada para la derecha) y por una vez en su vida, pongan el ejemplo de su salvador: amen al prójimo como a ustedes mismos. Bola de ojéis. (Deseo que te recuperes amigo Fajardo, así como todos aquellos que atraviesan momentos difíciles. Mi cariño y solidaridad con ustedes).
