Déjenme llorar, porque estoy herido
No existe nada más liberador, para la aterrada alma, sobre todo en estos años de muchos balazos y más ideológicos bandazos, que retomar la aburrida rutina y leer los diarios, las benditas redes (algunas, que la mayoría son mata-neuronas) y alguno que otro manifiesto de agrupaciones de todo signo ideológico, en su incesante lucha (desde su trinchera) en contra de diferentes padecimientos de la población.
Y es que la verdad, hasta que se sufre una enfermedad es cuando nos damos cuenta de las dificultades que muchas familias viven en los distintos programas de salud.
En febrero de 2022 se me diagnosticó cáncer. Empecé el camino que muchas personas han recorrido dos o tres veces. En el ISSSTE (gracias a todo el personal por su atención) se me dio fecha de revisión en Guadalajara o Ciudad de México, para determinar el tratamiento.
La fecha fue para los primeros días de noviembre de ese 2022. Obviamente que, en plática con la familia, me sugirieron ir con un especialista para conocer su opinión. Después de consultar con cinco facultativos, se me informó que era urgente una cirugía para evitar que se convirtiera en metastásico.
Después de la cirugía, hubo algunas complicaciones que se atendieron a la brevedad por parte del médico especialista (un excelente profesionista y mejor ser humano).
De ahí siguieron algunas otras visitas al quirófano (tres) y 35 radiaciones en la UNEME de Guadalupe (todo el personal de primera, amables, con el cariño a flor de piel).
Afortunadamente, el oncólogo muy feliz me dijo que todo estaba más que excelente, que ya estoy casi para recibir el alta médica. Mientras sigo con la medicina diaria (por dos años) y una inyección en la panza que ni a mi peor enemigo le deseo que se la apliquen.
He conocido a muchas personas en la UNEME de Oncología, hermanados por la enfermedad, algunos más enfermos que otros, pero como un gran grupo que anhela seguir viviendo.
Familias enteras que sufren al ver a su ser querido padeciendo la terrible quimioterapia, otros en el abandono por falta de dinero, pero con mucha fe. El día que escribo esta columna (sábado 18 de enero) me encuentro padeciendo los efectos de una colostomía provisional y una sonda (la terrible señora Foley como le llamo). En estos momentos (lo juro) el dolor de la sonda es verdaderamente terrible, pero me aguanto (ya qué).
Pero debo sentirme afortunado. He visto escenas terribles que no vale la pena comentar, y veo rostros cansados, piernas que no obedecen, mirada perdida. La neta que el pinche cáncer está cabrón, porque no respeta género ni edad. Y, ¿a qué viene todo este choro? Pues nada más para pedir a las autoridades competentes que apoyen a la raza con los medicamentos (he tenido que pagar por la inyección en la panza entre 25 y 30 mil pesos). Y no, no los tengo, le debo un chingo a mucha raza (no tanto como la deuda de Milei, pero con mi salario me han puesto contra la pared).
Aún sigo pagando y quién sabe cuándo termine de hacerlo (pero soy de palabra y pagaré). Eso sí, cuando vayamos a la Fiscalía a denunciar a algún usurero o empresa fraudulenta, AYÚDENOS POR FAVOR. Esos cabrones se lanzan como buitres sobre la gente que ocupa recursos para salir al paso de la enfermedad.
Quise obtener un préstamo de mi AFORE, pero me mandaron a la porra, solo prestan para matrimonio o desempleo. ¿Y enfermedad? No se la prolonguen y modifiquen la ley para que podamos hacer uso de nuestra lana para tener la medicina, estudios y demás para salir adelante.
En calidad de mientras, amenazo con ponerme ahí donde están las trincheras del segundo piso, con un bote, a pedir coperacha para atender unos pagos atrasados. En este país, dos asuntos deben ser prioridad: EDUCACIÓN y SALUD. (¿No me prestará una lana el góber? Sí pago).
