Mal de muchos
Una de las pesimistas falacias de la democracia es que la mayoría no puede estar equivocada o que, en todo caso, es legítimo equivocarse cuando lo hacen tantos al mismo tiempo. El sistema electoral supone que los gobernantes son elegidos democráticamente, hecho que justifica las austeras instituciones y los nunca suficientes “recursos” que necesitan anualmente (aunque no haya elecciones). Esto implica, al menos en el discurso, que los votantes pueden manifestar su deseo voluntariamente y así, elegir con tooooda la libertad posible a quienes administrarán el poder.
En ese sentido, se podría afirmar que el libre albedrío, es decir, esa gran capacidad para tomar decisiones autónomas y hacerse cargo de las consecuencias, es el sustento de lo que supone ser la democracia. En el ideal, la democracia funciona porque la libertad individual y las conciencias también.
La disonante realidad secreta a voces dice que la mayoría de los mexicanos votan porque no les queda de otra, y cuando pueden, mejor se abstienen. El descontento por la política no es secreto de nadie.
En las campañas electorales se ha vuelto tradición inducir discretamente al voto con estímulos de despensas chafas y otros “recursos” para que los votantes acudan “libremente” a elegir quién le conviene más al pueblo.
Pero como el pueblo empieza en los zapatos propios y nadie soporta cañonazos de recursos, a veces se ejerce casi “voluntariamente” la inducción al voto. También puede que eso sean puras mentiras y solo chismes corrientes difundidos por la oposición en turno.
Quizás en realidad la magia democrática ocurre después de un profundo examen político de conciencia, un análisis sustentado en la cultura política siempre disponible a los ciudadanos de a pie, los votantes mismos que, por cierto, rara vez son especialistas en política como muchos académicos que, aunque no hagan nada político, ya se enteraron de lo que está mal.
Al día en que se escriben estas burdas líneas, el promedio de educación en México ronda en un poco menos de los 10 años. Es decir, la gran mayoría, ésa que luego toma las importantísimas decisiones políticas, llega por fortuna a concluir la educación secundaria.
Bienaventuradamente, en ese nivel educativo se aprende educación cívica y ética, siempre y cuando por supuesto, los maestros no se vean obligados a suspender clases para exigir, legítimamente, sus derechos laborales. El maestro, marchando, también está enseñando.
Luego se complica la historia porque los ex alumnos que no tienen derechos ni herencias suficientes tienen que trabajar para ganarse el pan con minúscula, y así, mantenerse lo suficientemente vivos para seguir trabajando, para seguirse manteniendo, para seguir trabajando… porque eso sí, los mexicanos son muy chambeadores y vaya que se nota, no como sus gobernantes y los especialistas en política que por más que dicen que chambean, como que no se nota tanto.
Ahí andan los pobres académicos teorizando la cochina realidad mientras ésta se les escapa entre líneas por no haberla citado adecuadamente. Lo bueno es que tienen conciencia de clase, saben que son oprimidos y que, además, para su pesar, maldita conciencia, también son intelectuales. Los que sí tienen derechos y herencias suficientes no necesitan tener conciencia de clase, no vayan enterándose que son los malos de la película.
El poder necesita repartirse, pero nomás entre pocos porque si se repartiera entre muchos eso ya sonaría a socialismo y fuchi, no vayan a tener que poner otra vez muros para distinguir a los que tienen la razón de los que no.
Que fortuna que exista la democracia para garantizar que el pueblo sea el que tenga la razón, ni modo que la mayoría pueda equivocarse tanto o siempre. De tal modo que, a pesar de las pesimistas falacias, los ciudadanos tienen la oportunidad de organizarse e informarse para tomar sus propias decisiones políticas, casi con toda libertad y conciencia, al menos, eso sustenta a las austeras instituciones y el popular consuelo de tantos.
