La encuesta de El Universal sobre la opinión pública rumbo a 2027 no solo confirma el desmoronamiento de la oposición partidista en México, sino que también expone un vacío preocupante: la falta de un proyecto político alternativo creíble.
Los datos son contundentes: Morena domina el escenario electoral, mientras que los partidos tradicionales —PRI y PAN— se hunden en una irrelevancia de la que parece no haber salvación. Sin embargo, reducir el análisis a lo que ocurre en el ámbito electoral es quedarse corto.
La encuesta refleja el fracaso de la oposición política visible y medible, pero calla sobre otras oposiciones igualmente ruidosas —y a veces estridentes— que han contribuido al desprestigio generalizado de cualquier alternativa al gobierno actual. Sectores empresariales, medios de comunicación, intelectuales y organizaciones civiles han fallado en construir un discurso que resuene en la mayoría del país.
Y ese es el verdadero problema: no solo la oposición partidista está en desahucio, sino que nadie parece dispuesto a llenar ese vacío.
Desde 2018, cuando Morena arrasó en las urnas, quedó claro que los partidos tradicionales habían perdido su conexión con la sociedad. Lo que la encuesta de El Universal confirma es que, cinco años después, esa desconexión se ha profundizado.
El PRI es hoy una fuerza marginal, con niveles de apoyo que rayan en lo testimonial. El PAN, que en su momento representó la esperanza de cambio, está sumido en una crisis de identidad que lo ha convertido en un actor secundario. Movimiento Ciudadano se está convirtiendo en lo más cercano a una opción opositora todavía poco relevante.
Pero la oposición en México es más amplia que la oposición partidista. Sectores empresariales, medios de comunicación, intelectuales y organizaciones civiles han sido críticos feroces del morenismo. Sin embargo, su oposición ha sido tan estridente como inefectiva. Se han encerrado en una burbuja de autoreferencialidad, donde predomina el desdén hacia el gobierno y, sobre todo, hacia sus votantes.
Esta actitud no solo ha alejado a estos sectores de la mayoría del país, reforzando la idea de que la oposición es un grupo de élites desconectadas de la realidad.
Morena encabeza el sistema de partidos, pero su hegemonía no está exenta de riesgos. Por otro lado, la oposición —tanto partidista como no partidista— está tan desacreditada que es incapaz de capitalizar los errores y debilidades del gobierno. En lugar de ofrecer una alternativa, se limita a criticar, lo que la convierte en un actor irrelevante para la mayoría de los mexicanos.
Los estudios demoscópicos que reflejan el estado de la oposición –que en consenso dicen lo mismo– no es solo un reflejo del fracaso de la oposición partidista, sino también evidencia del vacío que ese fracaso ha dejado.
Cambio simulado
Claudia Sheinbaum mete la pierna dura, como dirían en futbol, al hablar del pacto del entonces presidente Ernesto Zedillo con Estados Unidos donde buscaba un préstamo para sufragar la crisis de 1994 – 1995, a cambio de entregar el gobierno al PAN y continuar la agenda de privatizaciones y otras políticas neoliberales.
La mandataria cita a un priísta bastante bien informado, el ex candidato presidencial Francisco Labastida (perdedor ante Vicente Fox) y sitúa a la oposición partidista en un predicamento más relacionado con su misma reacción al tema.
El referido pacto era una sospecha no confirmada por voces “autorizadas” y esa falta de confirmación fue la excusa para que el grosor de voces hablara en favor de un cambio “auténtico” hace 25 años. Ni el PRI, ni el PAN ni la comentocracia neoliberal han reaccionado con la ferocidad que les debería merecer la defensa del cambio. A estas alturas eso dice mucho más de ellos que del cambio mismo.
Y todavía se preguntan por qué el electorado ha abandonado a la oposición, y las audiencias a los comentócratas.
