Las fuentes perdidas… y halladas (2)
La semana anterior terminé hablando de dos de las fuentes más reconocidas de la ciudad: la fuente de Los Faroles y la de Los Conquistadores. Faltó mencionar que existe otra fuente dedicada a Juan de Tolosa y compañía en una pequeña plazuela llena de tradición en la ciudad, la plazuela de García.
Este primer homenaje a los conquistadores de Zacatecas se inauguró en 1946, en la conmemoración de los 400 años del descubrimiento de las minas.
Esta fuente es mucho más sobria que su sucesora barroca y quizá por ello termina pasando desapercibida dentro del trajín cotidiano. Cuatro columnas neoclásicas de capitel dórico sostienen un entablamento o estructura arquitectónica que se curva en su centro con un ligero arco.
Bajo este último, yace la fuente que deja caer el líquido a una taza mixtilínea (la parte que recibe el agua en las fuentes). Su sencillez fue reemplazada por el barroquismo de la que hoy por hoy es la fuente de Los Conquistadores más conocida y que ya rememoramos la semana anterior.
Después de nuestro paseo por la plazuela de García nos dirigiremos más al norte, justo al lado del museo Rafael Coronel, a la plazuela de San Francisco. Ahí reposa una fuente que por muchos años fue testigo mudo de la vida zacatecana en el corazón de la ciudad.
Esta fuente vio a infantes saliendo de las instalaciones del colegio Sebastián Cabot para jugar en ella o a contribuyentes apurados por pagar el agua en Palacio de Gobierno; a quienes se dirigían a Catedral, a parejas enamoradas, etc. Se trata de otra fuente ornamental que en su momento también diseñó Federico Sescosse.
Sin eliminar el barroquismo de las anteriores, esta fuente era una de las favoritas por su ubicación privilegiada. Hace diez años, esta fuente de base octogonal fue trasladada a la plazuela adjunta al museo Coronel y, sin duda, ha sido una de las que más ha echado en falta la población desde su retiro de Plaza de Armas.
Debido a la próxima conmemoración del Día de las Madres, le solicitaré a mi amable lector que realicemos una caminata más larga. De San Francisco nos movemos al sur, hacia la zona de la Alameda. Antes de llegar nos detendremos en el jardín de la Madre, cuyo verdadero nombre quedo olvidado ante la presencia del monumento al maternal afecto. Este jardín de pequeñas dimensiones, aparece como un espacio de privacidad y solaz ante las prisas urbanas, ¿quién no se ha detenido a comer fruta de la estación en sus bancas? O ¿quién, con el tiempo de su lado, no ha leído o reposado en su interior?
Pues bien, su nombre real es Jardín Morelos y data de los tiempos del Segundo Imperio. Pero, aunque su historia se nos antoje interesante, hoy la fuente es la protagonista.
En 1970 se decidió poner un monumento a la madre zacatecana que siguió el ejemplo de muchas otras ciudades. Desde que en la capital del país se construyó un monumento a la madre mexicana en 1949, varias urbes emularon este ejemplo encargando a escultores nacionales o extranjeros labrar en piedra, en bronce o mármol, el amor maternal.
Y aunque este tema merezca un artículo aparte, aquí baste decir que nuestra ciudad se tardó bastante en tener a su propia madrecita esculpida. Si bien no tengo más datos del monumento -por ahora-, es importante mencionar que fue una moda bastante extendida y casi repetida como ley urbana: el amor y el cariño maternales quedaron inmortalizados en las ciudades del México del siglo 20.
Desconozco de quién fue la iniciativa para el caso zacatecano, pero desde entonces, el jardín Morelos dejó su nombre para dar lugar a esa madre broncínea que sostiene orgullosa la mano de un infante, pues es quien en palabras de la placa que encontramos debajo, lo conduce hacia el destino que reclama de él la patria.
En este momento seguramente se estará preguntando ¿y dónde está la fuente? Pues bien, tanto la madre como el hijo están de pie sobre un pedestal que resurge de la base de una fuente, una que seguramente existió antes del monumento maternal y que probablemente contaba con otra estructura.
En la próxima colaboración seguiremos con otras fuentes más contemporáneas, algunas de ellas ya en desuso a pesar de haber sido construidas hace poco.
Por lo pronto, mi reconocimiento a todas las mamás zacatecanas. Esta conmemoración fue creada por el director del periódico Excélsior en 1922 y, si quiere conocer más sobre la invención de este festejo, le recomiendo el texto “A 100 años del 10 de mayo” de Marta Acevedo. ¡Hasta la próxima!
*Maestra en Estética y Arte
