PÁNUCO. El llanto y el dolor expresado por las pérdidas de quienes fueron hijos, padres, hermanos, amigos y paisanos llenaron de sentimiento el auditorio comunitario de Casa de Cerros, donde se dio el último adiós a quienes fallecieron en el accidente ocurrido la noche del lunes en la carretera federal 45, a la altura de Sombrerete.
Una madre que expresaba casi a gritos que no soportaba el dolor de saber que no volvería a ver a su hija, doblaba al más fuerte. En tanto, los abrazos de pésame no cesaban para los deudos, los vecinos y los amigos.
La tarde de este miércoles las condolencias fueron para toda la comunidad, una de las más grandes y pobladas de Pánuco, pues no volverá a ser la misma tras el percance que arrebató la vida a ocho de sus habitantes.
Los cinco féretros fueron colocados en fila al fondo del salón, para oficiar la misa de exequias de Juan, Raúl, Sabina, Nubia Vanessa, Hortensia y la joven Diana Lizbeth. El resto de los difuntos recibieron servicios fúnebres por separado.
UN VIAJE SIN RETORNO
Los hijos de Casa de Cerros radicaban en Kansas, Estados Unidos, donde por años hicieron su vida.
Ellos habían vuelto este año a su tierra para disfrutar de las fiestas patronales en honor a San Juan Bautista y después viajaron a las playas de Mazatlán, Sinaloa. Sin embargo, ya no pudieron regresar a casa.
Durante la misa de cuerpo presente, el sacerdote pidió al pueblo reunido, no solo de Casa de Cerros, sino también de la cabecera municipal y de otras localidades, orar por el eterno descanso de “quienes partieron a la casa del padre.
“Si bien no somos de hierro, porque nos duele esta pérdida que atraviesa nuestro corazón, en medio de este dolor les pido no quitar la mirada de la virtud y de la esperanza de renacer a una nueva vida. La muerte solo es un dormir al mundo”, expresó.
LA ESPERA, UN CALVARIO
Luego del accidente, los familiares esperaron un día y una noche para que los cuerpos de sus ocho parientes les fueran entregados. Se esperaba, en el caso de los vecinos de Casa de Cerros, que los féretros arribaran alrededor de las 6 horas, pero se prolongó hasta las 10.
No obstante, la solidaridad de los habitantes se puso de manifiesto durante las horas siguientes: acompañaron a los deudos hasta el oficio de la misa y después hasta el panteón, donde ahora descansan los restos.
FOTOS: CUQUIS HERNÁNDEZ Y RAMÓN TOVAR

