El camino sagrado y el deber de conservar
La reciente inscripción de la Ruta Wixárika a la lista de patrimonio mundial de la UNESCO es, sin duda alguna, una conquista real y simbólica para la cultura huichol, un merecido reconocimiento a una cultura ancestral cuya cosmogonía y ritualidad permanecen vivas.
Según la Lista de Patrimonio Mundial, la ruta huichol se compone de una serie de 20 zonas que abarcan más de 500 kilómetros (km) a través de Nayarit, Jalisco, Zacatecas y San Luis Potosí, conectando “paisajes sagrados fundamentales para las prácticas espirituales y culturales de los pueblos indígenas wixárika” (whc.unesco.org/en/list/1704/).
“El camino de nuestro abuelo fuego” consiste en un corredor sagrado que inicia en el sur de la Sierra Madre Occidental, en el corazón geográfico de una zona ancestralmente ocupada por los huicholes, y culmina en el sur del desierto de Chihuahua, conectando una veintena de enclaves de paisajes culturales donde se combinan sitios sagrados y tres ecosistemas distintos de alta relevancia por su biodiversidad.
Esta ruta se considera uno de los últimos testimonios vivos de peregrinaje precolombino en toda América. Representa no solo un camino de devoción, sino toda una forma única de experimentar la religiosidad a través de una conexión íntima con la naturaleza.
Para la cultura wixárika, la adoración ritual se dirige a elementos como el fuego, el maíz, el peyote o hacia animales como el águila y el venado, englobando un sistema de creencias que se ha sostenido a lo largo de los siglos y ha sabido transformarse sin romper su vínculo ni su respeto profundo a la naturaleza. Aspectos que, en nuestro contexto de crisis climática y pérdida de la autenticidad cultural, parecen configurarse como una utopía necesaria. Por ello, este reconocimiento no solo era merecido, sino también urgente.
Sin embargo, esta inscripción obedece también a un proceso evolución conceptual en torno a la idea de patrimonio, que permitió introducir la idea de que los caminos -ya sean comerciales, rituales o simbólicos- también pueden ser reconocidos por su valor universal excepcional, en la medida en que son testimonio de procesos de interacción y movimiento humanos a lo largo del espacio y del tiempo.
Fue a inicios de los 90 que, a raíz de la inscripción del Camino de Santiago como patrimonio mundial, comenzó a discutirse la posibilidad de añadir una nueva categoría más a la lista de patrimonializables: la de las rutas culturales.
Una ruta o itininerario cultural, como lo define la Carta de Itinerarios Culturales (ICOMOS, 2008), es mucho más que un trayecto físico, es la conjunción dinámica de intercambios, valores, creencias y prácticas compartidas a través del tiempo. En este sentido y como traté de hacer notar, la Ruta Wixárika es un entramado espiritual que conecta no solo cuatro estados, sino símbolos y memoria viva.
Este reconocimiento coincide con una preocupación global por las diversas formas de movilidad ligadas a un sentido espiritual: rituales, peregrinajes y trayectos de importancia sagrada que parecen resistir a la homogeneización cultural de un mundo globalizado. Además de la Ruta de Santiago de Compostela, la UNESCO reconoce otras rutas de peregrinación como la de Kumano Kodo en Coordillera de Kii (Japón).
Parafraseando a Irene Vallejo, coincido en que elegir es preservar. Por eso hay sitios, monumentos y paisajes que se eligen como Patrimonio de la Humanidad, para salvarlos de la destrucción, del olvido o de ambas.
Haber reconocido la Ruta Wixárika como parte de la Lista de la UNESCO, seguramente permitirá que se preserve por muchos años más. No obstante, ello no implica que las amenazas que se cernían sobre este camino sagrado desaparezcan.
En el pasado reciente, algunos de los sitios pertenecientes a la ruta han sido amenazados por la degradación ambiental -ocasionada por el ser humano- o por la presión inmobiliaria, como en el caso del cerro del Padre en la capital zacatecana. Es por ello que esta inscripción debe traducirse también en compromisos concretos y sostenidos, que involucren no solo a los tres órdenes de gobierno, sino también a la sociedad civil, porque proteger es apenas el primer paso, pero conservar el verdadero compromiso.
