Un excéntrico zacatecano
Dicen por ahí que si lo crees, lo creas, y esto puede aplicar perfectamente para un excéntrico personaje zacatecano conocido en la vida política del país a finales del siglo 19 y principios del 20, cuyo nombre quizá no le suene familiar: Nicolás Zúñiga y Miranda.
Sinceramente jamás había escuchado de este personaje a pesar de que su figura fue retratada por Diego Rivera en Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central e inmortalizada en la película México de mis recuerdos (1944), protagonizada por Fernando Soler y Joaquín Pardavé.
Resulta que para los estudiosos de finales del siglo 19 y principios del 20, este personaje resalta en la historia política del país por haber sido el candidato perpetuo, como fue llamado, y uno de tantos “presidentes legítimos de México” que denunció fraude electoral.
Resulta que nuestro paisano jamás llegó a gobernar, pero fue conocido porque insistió, elección tras elección, en presentarse como candidato a la presidencia en 1896, 1900, 1904, 1910, 1917 y 1920.
Según datos geográficos aportados por una gaceta de su propio partido, Zúñiga y Miranda nació en la capital zacatecana en 1870 bajo el cobijo de “una familia acaudalada” de la que no se aportan más datos. Se menciona que fue un estudiante ejemplar, educado por “el mejor profesor que había en Zacatecas” en una escuela particular en la calle de la Compañía. Interesado desde temprana edad en las más diversas disciplinas, como filosofía y geología, fue un entusiasta de la ciencia y ya instalado en la Ciudad de México, se aventuró a predecir temblores y erupciones que nunca ocurrieron.
Sin embargo, pronto se hizo famoso no por la riqueza, sino por la terquedad y la ingenuidad con que cuestionaba un sistema político que jamás lo tomó en serio. Como lo mencioné, participó en casi todas las elecciones presidenciales desde 1896 hasta 1920, y en 1913 el “Club político nacional”, integrado por una junta mirandista, afirmaba que tenía un programa político de 1 mil 111 artículos que parecían no tener pies ni cabeza.
Después de las elecciones, siempre aseguró con la misma convicción que, según los votos contados en las urnas, había resultado ganador. Que no se le reconociera, decía, era otra cosa. La realidad es que siempre obtenía un número insignificante de votos, incluso para una época en la que la participación política era pequeñísima.
Lo interesante es que quizás no solo se trató de una broma o de un capricho. Su constante aparición en las boletas reflejaba con ironía el carácter simulado de la democracia desde el porfiriato. Todos sabían que el presidente controlaba cada aspecto del proceso electoral, desde las candidaturas hasta los resultados.
Sin embargo, las elecciones seguían convocándose, como una puesta en escena de legitimidad ante la opinión pública. Y ahí estaban Zúñiga y Miranda, utilizando ese mismo escenario para ser parte de la farsa.
Fotografías lo muestran vestido de manera excéntrica, con frac, sombrero de copa y un aire teatral. Se dice que paseaba por la Ciudad de México autoproclamándose “presidente legítimo”, lo que le valía que los periódicos y los círculos políticos siguieran hablando de él, aunque fuera de burla.
Se convirtió en un bufón que todos toleraban, quizás porque no representaba un peligro real. Al contrario, era una especie de válvula de escape, un personaje que permitía a la sociedad reírse un poco de las contradicciones del sistema.
Después de la caída de Díaz en 1911, Zúñiga y Miranda continuó con sus candidaturas en el periodo revolucionario. Se ofreció para ser colaborador de Madero, y posteriormente compitió con Carranza y Álvaro Obregón, para finalmente morir años después en la pobreza.
Quizá su fortuna familiar la despilfarró en la búsqueda de su sueño político que le costó no solo la fortuna, sino la cordura. Algunos lo tachaban de loco, otros lo veían como un visionario que había encontrado la manera de hacer crítica política disfrazada de espectáculo.
Hoy, la figura de Nicolás Zúñiga y Miranda sigue siendo un espejo curioso. Nos recuerda que en la historia mexicana la democracia ha sido muchas veces más simulacro que ejercicio real, y que en medio de esos simulacros siempre han surgido personajes que, con humor o con obstinación, lo denuncian.
*Maestra en Estética y Arte
