Cuentos de hadas
Un coronel debe regresar a casa porque su esposa está por morir. El trayecto ocurre rápido, sin contratiempos. Sepulta a su esposa, a quien apenas encuentra con vida. Cuando termina el tiempo del permiso se dispone a volver. En el viaje echa en falta su identificación y debe volver a su casa. No la encuentra, pero esa misma noche en un sueño la difunta mujer le indica la ubicación del documento y le da algunas condiciones para que la recuperación no le traiga dificultades. Como es de esperarse, el coronel ignora la petición y su retorno se complica, en situaciones oníricas o fantásticas.
Así inicia el relato “El brazo” de la autora rusa Liudmila Petrushévsakaia, que también abre el volumen Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina (Atalanta, 2011). La narración, breve como se puede adivinar por el resumen, se despoja de cualquier adorno o situación que pueda retrasar la presentación de los problemas de sus personajes.
En “El brazo” los personajes no tienen nombre, no es necesario para la historia ni para el lector. El segundo relato, “Venganza”, de cuya trama se extrae el extravagante título para esta edición española, nos va dando esos elementos conforme se requiere, como para evitar confusiones. Sabemos de dos vecinas y después la distancia que una de ellas pone de por medio marca una pauta para distinguirlas. El volumen se divide en cuatro secciones, “Canción de los eslavos orientales”, “Alegorías”, “Réquiems” y “Cuentos de hadas”.
Los relatos que nos presenta Petrushévskaia en “Alegorías” colocan a sus personajes en situaciones estresantes de la vida —el nacimiento, la guerra, la muerte— sin excluir los recursos con los que a veces se busca consuelo: los sueños, los accidentes, el trastorno por el dolor, la presencia de los seres queridos a través alguna de estas expresiones, o directamente incidiendo en la vida cotidiana.
Las burocracias obtusas están presentes en los relatos, sea en forma fantástica, en una enfermedad que atrapa a una familia en su hogar, o en el ejército que está por separar a una familia y, para evitarlo, se arrastran a una locura resplandeciente en las antípodas. En estos relatos está presente el mundo de la URSS, la forma en que regía la vida de sus individuos: las obligaciones, los trabajos grises y la vida encerrada.
Los cuentos más interesantes, o los que considero más sugerentes para el que busca disfrutar en el género fantástico, son los de la última sección: “Cuentos de hadas”. Los relatos traen desde el comienzo al menos una de las convenciones del género (“Había una vez”, u otra forma análoga) y buscan también recuperar los ambientes del bosque en el que ocurren esas historias; son, sin embargo, sórdidos, fríos. Tenemos, en cambio, la noche constante que va condicionando la lectura, presentando la obsesión, la búsqueda desesperante de algún aspecto perdido en la vida, o la vida misma que no les llega a los personajes y a la que se aferran, aun con otros compañeros.
