Aproximaciones culturales que nadie pidió
La cultura es eso que quienes escriben tesis dicen que alguien más ya había dicho, pero necesitan volver a decirlo para que no les queden dudas a sus múltiples lectores y así puedan titularse con aplausos, vino y canapés. La cultura también es eso que, según dicen, caracteriza a unos frente a otros y que da mucho orgullo a los patrióticos nomás por haber nacido en un lugar y un tiempo determinados. Cuando no hay mucho más de qué enorgullecerse, siempre quedan esas cosas que no se eligen: el color de la piel, la forma del rostro, el apellido y, en todo caso, la cultura en la que tocó nacer. Las culturas se transforman porque los habitantes del mundo van cambiando y van descubriendo —o inventándose— nuevas necesidades y características para no ser tan iguales ni tan obsoletos entre ellos mismos. Cultura es lo que hay, aunque cuando se lea en una tesis ya sea otra.
Manifestaciones de la cultura hay muchas: desde los conciertos a los que se tiene que ir vestido de pingüino hasta las canciones de banda que se aprenden sin querer. La música, en ese sentido, es una manifestación de la cultura igual que la comida, el lenguaje y hasta la forma de comer. La cultura se manifiesta en donde puede, basta asomarse por la ventana para encontrarla inmediatamente y casi por casualidad. Cuando alguien quiere aprender de otras culturas, le consulta a Google o emprende un discreto viaje más allá de su nariz. Manifestaciones hay muchas y se parecen entre ellas, porque hasta para ser creativos se aprende de otros que, en el mejor de los casos, ya aprendieron también a manifestarse de acuerdo a su cultura. La expresión cultural exterioriza una realidad según como la entienden quienes la expresan.
El asunto es que las expresiones culturales no crean una realidad: preceden a una ya existente. Expresan, quizás desde diferentes perspectivas, hechos concretos que sin su aderezo podrían parecer muy aburridos y no tan culturales. Sin embargo, la realidad tiende a suceder a pesar de la cultura. Las manifestaciones se basan tal vez en la vida cotidiana, pero también incluso podrían mejorarla. Basta con preguntarle a Google cómo lucen los sujetos de diferentes culturas para encontrarse con estereotipos fáciles de identificar y no andar cayendo en vulgares y difusos paralelismos. El arte, como manifestación cultural, a veces se agarra de esos estereotipos o corrientes culturales para encuadrarse en algún sustento. Los artistas también compiten por ser bien recibidos en su cultura específica. Mejor ser algo artístico que nada.
Como los artistas andan compitiendo por gustarle a las masas, pretenden versatilidad; cosa que a la par pretenden quienes no son artistas, pero en otras disciplinas menos estéticas. Las leyes no son tan estéticas, pero son éticas, o al menos deberían serlo. Por eso los legisladores ganan mucho más que los artistas, aunque hagan mucho menos y por eso les aplaudan mucho más. Los artistas en cambio no viven solo de los aplausos o de votos, pero siempre tienen que andarse codeando con políticos para que alguien les compre sus manifestaciones culturales a un precio medianamente adecuado. Así, los pobres políticos al menos se hacen coleccionistas que acceden a expresiones culturales disponibles al mejor postor. El arte resulta de un trabajo mental casi tan pesado como el que requiere la política, pero claro, con presupuestos menores. Habría que esperar sentados al futuro para saber qué resulta más indispensable.
De tal modo, la cultura podría ser una serie de expresiones y manifestaciones que varían de acuerdo con lugares y momentos determinados, esto al menos según lo que muchos dicen que alguien más ya había dicho y que probablemente se creyó. La cultura, en ese sentido, depende de los contextos. El arte, en ese caso, sería como una manifestación de esos contextos particulares e identificables o, de acuerdo a cómo se conoce vulgarmente, una realidad. La verdad es que la realidad es muy difícil de explicar; por eso se hacen tesis, columnas, canciones y hasta justificaciones políticas que se convierten en leyes, aunque los políticos no sepan mucho de esas nimiedades. Prohibir las expresiones culturales se llama censura. Se censura lo que se cree poco adecuado según la cultura, porque no vaya a perjudicar mucho a tantos como, curiosamente, lo han hecho múltiples veces las malas políticas.
