Tecnología con rostro humano: el poder comunitario de la innovación
“¿Quieres trascender? Haz comunidad.”
Esta frase se quedó grabada en mi memoria desde que la escuché de Don Efraín Gutiérrez de la Isla, un entrañable profesor, incansable promotor de la cultura y la lectura en Zacatecas. Él, junto con otras personas, organizó en septiembre, un homenaje profundamente emotivo para Gloria Hidrogo, artista plástica zacatecana y migrante, cuyo arte honra lo mexicano de una forma auténtica, única: óleo sobre tortilla.
Sus obras, cargadas de identidad y arraigo, han cruzado fronteras y hoy son reconocidas y altamente apreciadas a nivel internacional. Pero aunado a su tenacidad y gran talento individual, la expansión de su legado va en incremento gracias a la fuerza de la comunidad.
En tiempos donde lo digital redefine nuestras formas de encontrarnos, este testimonio nos recuerda que la tecnología no es solo una herramienta, sino el nuevo lienzo donde se pinta la solidaridad, la memoria y el cambio.
La frase de Don Efraín es un mensaje poderoso y cobra sentido en el abordaje del tema que hoy quiero compartir contigo, trae tu café y acompáñame.
¿Has escuchado hablar acerca de la tecnología social?
Con base en información del sitio Expok, Comunicación de Sustentabilidad y RSE, la tecnología social se define “como una corriente tecnológica con implicaciones filosóficas que utiliza conocimiento disponible y herramientas digitales para transformar la sociedad.”
La misma fuente señala que surgió a finales del siglo 19 y ha evolucionado hasta hoy.
Las llamadas tecnologías sociales, han atendido algunos de los principales desafíos humanos entre los cuales podemos mencionar la pobreza, la desigualdad, el hambre, así como la democratización del acceso a la energía, el trabajo, la educación y la salud (García, 2024).
Es necesario mencionar que la tecnología social es además una extensión del deseo humano de pertenecer, colaborar y cuidar. Su vínculo con la comunidad se manifiesta en varios niveles: en primer lugar, coadyuva en la organización colectiva, actuando como facilitadora.
Plataformas como WhatsApp, Facebook o Telegram, permiten que comunidades se coordinen para causas locales, desde brigadas de ayuda para atender problemas o desastres naturales, hasta eventos culturales a distancia, el homenaje a Gloria Hidrogo, es un ejemplo reciente de ello.
Permite hacerse escuchar a voces invisibilizadas: es decir, personas que antes no tenían espacio en medios tradicionales ahora pueden compartir sus historias, saberes y luchas a través de las plataformas digitales, ya sea mediante documentales, podcast, videos u otro tipo de contenidos. De esta manera, la comunidad se vuelve más diversa y representativa.
De igual forma, crea redes de apoyo emocional y práctico. Grupos virtuales de madres solteras, migrantes, personas con enfermedades son referentes de cómo la tecnología social genera espacios de contención pero también de crecimiento.
Asimismo, contribuyen a la preservación y difusión de la identidad cultural, en tanto que algunas iniciativas digitales permiten documentar tradiciones, lenguas, recetas, arte popular y así, la comunidad elige qué recordar y cómo hacerlo.
Finalmente, en este orden de ideas, es preciso decir que rompe barreras geográficas: con el uso de las tecnologías sociales, una comunidad ya no depende de la cercanía física. Puede estar dispersa por el mundo, pero unida por intereses, afectos o causas comunes. ¿Te suenan las comunidades virtuales?
Algunos ejemplos de tecnologías sociales que actualmente contribuyen a solucionar problemáticas de grupos específicos, según Expok, son: los asistentes de voz como Siri, Google Assistant, Alexa y otros, que utilizan la inteligencia artificial y el procesamiento del lenguaje natural para comprender y responder a las solicitudes verbales de los usuarios, contribuyendo a la accesibilidad y la inclusión digital de personas que padecen alguna condición de discapacidad (García, 2024).
Otro de los grandes temas, es el relativo al acceso a la educación, que continúa siendo un reto importante en el siglo 21. En este sentido, la educación a distancia rompe las barreras geográficas y permite un acceso educativo a un público más amplio, con la ventaja de la autogestión y administración del tiempo que se ajusta con base en las necesidades de las personas (García, 2024).
Por último, los sistemas de alerta temprana, que tienen la capacidad de utilizar sistemas de comunicación integrados y ayudar a las comunidades a prepararse para peligros climáticos (García, 2024).
En conclusión, la tecnología, cuando se pone al servicio de la comunidad, deja de ser fría y abstracta: se convierte en una posibilidad de encuentro, de memoria compartida, de transformación colectiva.
No se trata solo de innovar, sino de hacerlo con propósito, con empatía, con raíces. Requerimos una tecnología con rostro humano, capaz de hacer comunidad y así trascender.
Cuéntame tu opinión.
Nos leemos pronto.
