¿Qué hacemos con los malos?
Hace unos días tuve la oportunidad de tomar un taller con William Fowler, un académico de origen español –aunque formado en Escocia– que ha dedicado su vida al estudio del convulso siglo 19 mexicano y de algunos de sus personajes clave. En el curso, dirigido a un grupo de estudiantes de posgrado en Historia, habló de la biografía como un desafío mayúsculo para cualquier académico; reconstruir una vida siempre implica lidiar con silencios, exageraciones, intereses, versiones contradictorias y con el hecho de que toda memoria, es selectiva. Mientras lo escuchaba, sentí una punzada de curiosidad y terminé comprando un libro suyo sobre Maximiliano de Habsburgo, el cual pertenece a una serie de libros de divulgación titulada Los malos de la historia, de Editorial Crítica.
Fowler comienza su texto hablando de la dificultad de juzgar y examinar la figura de Maximiliano de Habsburgo, que para algunos fue un héroe romántico que encarna el drama del siglo 19 y, para otros, el símbolo de un sistema monárquico ya caducado, un tonto que se engañó a sí mismo al creer que un país clamaba por su presencia. Sin embargo, más allá del lugar común que ubica a Maximiliano como el güerito bueno o del extranjero inútil, Fowler plantea la necesidad de mirar al efímero segundo emperador de México como un ser humano en toda su complejidad, con las contradicciones, entusiasmos ingenuos e incomprensibles decisiones que terminaron por costarle la vida.
Mientras avanzaba en la lectura, me llamó la atención el modo en que Fowler combinó el rigor académico con una narrativa fluida, nada aburrida, y adecuada para un texto que no pretende ser una obra de historia destinada a que nadie la lea. No se limita a enumerar hechos, Fowler reconstruye atmósferas, tensiones y escenarios que permiten entender por qué el personaje sigue generando tanta fascinación y por qué, de cierta manera, actuó como actuó. Es un Maximiliano que no cabe del todo en ninguna etiqueta; liberal en ocasiones, exageradamente protocolario y superficial en otras, progresista para la corte austríaca de la que provenía y, a la vez, demasiado aferrado a ciertos ideales europeos para comprender del todo el país que venía a gobernar.
Uno de los puntos más sugerentes fue que no se trata de reivindicar a Maximiliano ni de condenarlo sin matices, sino de devolverlo a su tiempo. Y, claro, eso implica reconocer que muchos de los juicios posteriores se construyeron desde las necesidades políticas y simbólicas de distintos momentos de la historia mexicana. En ese sentido, el Maximiliano que aparece en la prensa liberal de la época no es el mismo que el de las crónicas conservadoras (quienes por cierto, también terminaron por desencantarse del emperador), ni el que la historiografía nacionalista quiso recuperar décadas después.
Leerlo confirmó algo que él mismo sugirió: una buena biografía nunca pretende cerrar la interpretación, sino abrirla. Tal vez por eso recomiendo su lectura, ya que nos invita a suspender, aunque sea por un momento, la necesidad de emitir un juicio definitivo. Y en ese espacio, más amplio, aparece un Maximiliano humano, cuyas acciones no solo se explican por su esposa, por su relación con su madre o su hermano el emperador austríaco Francisco José, tampoco por los personajes que abogaron por traerlo a México, sino por sus propios ideales y por un contexto nacional y trasnacional en el que él era una pieza más del complicado ajedrez de la historia.
Terminé el libro con la sensación de que, más allá de su destino fatal en Querétaro, Maximiliano encarna una de esas historias que obligan a volver a mirar el siglo 19. Fowler logra, en 180 páginas, recordarnos que la historia está hecha de personas reales, con sus límites y sus desbordes. Y que, tal vez, ahí radica la razón por la que seguimos hablando de Maximiliano o de otros personajes que parecen revisitarse y reinterpretarse, porque en él se mezclan aspiraciones, equivocaciones y el azar de la historia. Al final, frente a figuras como Maximiliano, vuelvo inevitablemente a la misma pregunta: ¿qué hacemos con los “malos” de la historia? Tal vez solo nos queda mirarlos desde su tiempo, comprender los matices que los moldearon y, a partir de ahí, pensar con más cuidado –y con menos certezas– nuestro propio tiempo.
