Adulto centrismo cultural
Las que son madres o padres me entenderán de inmediato: acudir con nuestros hijos pequeños a un museo de historia o de arte, activa en nosotros una constante vigilancia. La mirada no descansa, las manos del niño se vuelven nuestro centro de atención y su distancia de los objetos nos da paz o nos la quita. Las instrucciones aparecen en automático, “no corras, no grites” y, especialmente, “no toques”. La visita al museo se transforma en una querella entre el miedo y el disfrute cultural.
De manera casi implícita se asume que el problema son los niños, pues no son espacios propios para ellos ¿pero realmente no lo son o no se han hecho esfuerzos para que lo sean?
El periodo vacacional pasado tuve la fortuna de revisitar los museos zacatecanos en compañía de mi hijo. Mi intención fue incentivar su interés por estos espacios que además de aprendizaje ofrecen goce estético -si de arte se trata-. Y aunque no estuvimos a punto de que algún guardia de seguridad nos echase de la sala, sí sentía preocupación por su distancia ante las piezas expuestas o por su desinterés en algunos espacios, muy a pesar de que traté de involucrarlo como mejor pude. La realidad es que lo que yo creí que sería una actividad estimulante, terminó siendo agridulce, no por él, sino por las posibilidades del espacio.
En Zacatecas, como en muchas otras ciudades, los niños parecen ser un público secundario en los museos de arte o de historia, ya que son exclusivamente considerados dentro del marco de los recorridos escolares. En esas ocasiones sí hay talleres, recorridos guiados y materiales didácticos, pero fuera de este esquema, durante la visita dominical ordinaria parece que las actividades y/o recorridos quedan fuera de la ecuación, echándose en falta aún por adultos.
Con lo anterior no estoy aseverando que hay una falla en los museos del estado, por el contrario, hay innumerables fortalezas que no son de menor importancia: sus colecciones son valiosísimas, amén de las edificaciones que las contienen que por sí mismas son un patrimonio digno de disfrutar. Pero dentro de la idea general que tenemos de un museo, no pensamos en la posibilidad de pensarlos como lugares donde también se puede aprender y consumir los productos culturales en familia, de manera didáctica y hasta divertida, sin pensar que solo se acude a caminar y a observar.
Aquí entra en juego un fenómeno muy arraigado y del que quizá no se ha hablado mucho. Tendemos a excluir al público infantil del disfrute e interés por el patrimonio histórico y artístico, mucho del cual se encuentra en los museos. Éstos últimos se siguen pensando solamente para un público paciente, con capital cultural suficiente como para obviar las explicaciones, en algunos casos a tal grado de solo exhibir un objeto sin dar más información sobre su procedencia, historia, autor, o lo que sea. En este escenario, los niños, con su natural curiosidad táctil y efervescencia corporal, suelen desinteresarse en tres segundos. Por ello, considero que hay que pensar en museos más inclusivos que no por ello se convertirán en espacios carentes de sentido.
Cédulas más grandes y actualizadas para adultos, junto con otras adaptadas al lenguaje infantil; talleres dominicales ocasionales; actividades pensadas para distintas edades. No todo significa necesariamente aumentar personal —aunque sí por presupuesto, lamentablemente—, sino por ampliar la mirada y pensar en los públicos del futuro, formados culturalmente desde la infancia. Tal vez el problema no sea que los niños no sepan estar en los museos, sino que los museos siguen esperando visitantes que ya no existen. Como alguna vez escribí en este espacio, para muchos jovénes la experiencia analógica de visitar un museo quizá ya no sea tan atractiva. Probablemente, mientras no cuestionemos esa expectativa localmente, seguiremos formando generaciones para quienes la cultura se percibe como un espacio ajeno, al que se entra con cautela o al que no se entra nunca.
*Maestra en Estética y Arte
