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    Opinión Por MARCO ANTONIO FLORES ZAVALA

    TRAVESÍAS

    16 de enero de 2026No hay comentarios4 Minutos de lectura
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    Los enfrentados

    En 1900 hubo cambio gubernamental en Zacatecas. En la disputa se enfrentaron dos grupos regionales, activos en las redes del sistema político mexicano. Ambos se proclamaban liberales y porfiristas, aunque tenían distancias en los discursos y algunas prácticas para la política. Tras las elecciones continuas de Jesús Aréchiga(1880-1884 y 1888-1900), había hartazgo de imposiciones políticas—elecciones, burocracia y gobierno— y simbólicas del régimen —prohibición de celebraciones religiosas, reformas educativas y pocas mejoras materiales—.

    El arechiguismo fue un grupo que se forjó durante la estancia en el gobierno —gobernación, Poder Legislativo, jefaturas políticas y ayuntamientos, Hacienda y Juzgado federales—. Su discurso se resume en: mantener “incólumes” los principios de la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma; la defensa de las instituciones legalmente constituidas; e, impedir la realización de manifestaciones religiosas públicas. Algunos de sus integrantes eran masones y profesores del Instituto de Ciencias.

    Los genaristas —por Genaro G. García— era una reunión de herederos de proceres del régimen porfirista, contaban con el reconocimiento del secretario de Gobernación, el zacatecano Manuel González Cosío. No vivían del empleo en el gobierno, hicieron actividades por inversión económica o servicios —propiedades agrícolas, comercio, gestorías jurídicas y asesorías técnicas—. Admitían ser católicos y tener vínculos con el clero.

    García no estuvo en los conflictos bélicos y políticos decimonónicos. Sus incursiones públicas estuvieron en la Sociedad Agrícola (1885), con la cooperación de los principales hacendados. Su objetivo era “procurar el progreso de la agricultura del Estado”. Al ser su presidente, tuvo sus contactos iniciales con el general Díaz. Otra acción fue ser socio de un Banco e impulsar empresas que requirieron reconocimiento de la federación.

    Obvio, en esa época existían otras sociabilidades políticas —sobre todo provenientes de redes de lectura— que no tenían peso suficiente para influir en la esfera pública. Estaban los antiguos monarquistas, quienes no se manifestaban, pero sí realizaban inversiones económicas que les permitían sobrellevar la vida con tranquilidad; no muy distantes, los tradicionalistas —católicos militantes con y desde la Rerum Novarum, la encíclica de León 13—, tenían periódicos y agrupaciones parroquiales; distantes a los anteriores, pero no ajenos al sistema, eran los discretos de anarquistas y lectores de los socialismos europeos.

     

    Lectura en el receso

    Reconciliación, de Juan Carlos I, es un libro de memorias —prima la primera voz activa—. Contó con el apoyo de la periodista francesa Laurence Debray. El libro circula desde el clásico otoño francés —la lengua materna del protagonista—; en España coincide con las conmemoraciones por los 50 años de la transición; y en México con la Feria de Guadalajara.

    El texto no aborda tópicos de la revista Hola. Es el relato de una persona se admite heredero “innato” del Reino español, sucesor por designación del dictador Franco, quien se hizo del poder y el gobierno tras una cruenta guerra civil. Reconciliación, sin rodeos, es una historia política del “presente reciente”. Es un manifiesto personal, el cual, al ser al público se hace declaración política.

    En la narración lineal hace pocas y breves digresiones, va de la actual reina consorte a algunos amigos personales; respecto al árbol genealógico, se manifiesta más próximo a la reina Victoria que a los Borbones —Fernando séptimo y los descendientes del Alfonso 13, no de los carlistas—. Los capítulos importantes, para atenuar su papel de víctima de algunos de su familia y la fama hecha por los medios, son los capítulos tercero y cuarto.

    En el tercero “Cuando yo no era nadie” relata los actos y hechos para suceder a Franco. Muestra la importancia de la complicidad para estar junto al hombre-poder; los silencios sumisos que debió hacer para no alterar el orden impuesto.

    En el cuarto, “Cambié España… a pesar de todo”, se asume como la persona que hizo e impulso “todo”, reconoce la existencia y los trabajo de otros para forjar pactos —le da ciertos protagonismos al vicepresidente Alfonso Guerra, al comunista Santiago Carrillo y a La Pasionaria. Pero no tanto al Movimiento, a los franquistas, monárquicos y admite la importancia de los militares—. Su fin es reconciliar, siendo Juan Carlos un rey “constitucional”. Su afán es señalar su legitimidad y rol activísimo en la transformación del reino.

    En Reconciliación hace notorios los mitos fundacionales de la España postFranco: Estado, poder, gobierno y Constitución; aunque no da cuenta la importancia de la democracia, la pluralidad y la necesaria ronda de los grupos políticos. Su fin es mostrar que es él el eje, paralelo a la movida y el desarrollo económico que “aportó” el franquismo. Es un libro que cuenta para reflexionar en las actuales vicisitudes de la reforma electoral mexicana.

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