¿El amor en agonía?
Con motivo de San Valentín, el año pasado escribí un par de colaboraciones sobre la historia del amor y el interés contemporáneo de los historiadores culturales por rastrear en el pasado las expresiones simbólicas y sociales de algo tan abstracto como el amor.
En aquel entonces, hice un breve recorrido por las formas en que se expresaba, se consolidaba y se institucionalizaba el amor de pareja, para denotar las sendas diferencias —pero también las similitudes— de aquello que se considera universal y poco cambiante a lo largo del tiempo. Y es que, si lo pensamos detenidamente, difícilmente podemos encontrar un sentimiento más humano y universal que el amor, lo que nos permite empatizar incluso con quienes lo experimentaron y ya no están.
Lo interesante de aquel análisis —aunque suene a verdad de Perogrullo— fue recordar que la manera de experimentar, vivir y expresar el amor es eminentemente histórica y cultural; es decir, cambia con el paso del tiempo y depende mucho de los márgenes que las religiones o los marcos económico-jurídicos permiten.
En este sentido, en esta ocasión me desmarco del pasado para reseñar una visión tan desalentadora como contemporánea. Basta un vistazo a las redes sociales para advertir cuán difícil es para muchos conectar y vincularse hoy en día. Si usted se encuentra en la franja entre los 25 y los 35 años, sabrá que la disponibilidad de muchas personas para conectar y vincularse es cada vez más crítica. Y no es algo que solo se repita en cenas de amigas o en videos de redes sociales. El asunto se ha tornado lo suficientemente serio como para convertirse en protagonista de un análisis filosófico: el multicitado filósofo coreano Byung-Chul Han escribió en 2016 La agonía del Eros, donde explica que la sociedad actual —neoliberal y consumista— ha creado individuos que suprimen el impulso amoroso que nos permite salir de nosotros mismos y encontrarnos con un otro.
Para Han, en la sociedad del rendimiento —sí, ésa que, como él mismo ha mencionado, nos impulsa a autoexplotarnos en aras de acumular— todo se reduce a un proyecto de disfrute en el que no caben el conflicto, el dolor o la dificultad, transformando al otro en un objeto de consumo, en una mercancía para el placer o el estatus. En este sentido, hemos llegado a maximizar el valor de la apariencia, en la medida en que el cuerpo —según los cánones actuales— tiene o no valor de exposición.
Según lo guapos o guapas que seamos en el mercado del amor, más exitosos seremos; la sensualidad entendida como un capital que debe aumentar. Y, según el mismo filósofo, ello provoca el vacío y la atrofia del amor, reducido a un proceso de consumo hedonista y desechable.
Lo anterior parece tener una correspondencia casi exacta con lo que escuchamos con mayor frecuencia: ghosting, “fluir” antes que aclarar, aburrirse antes de lograr conocer al otro. Todo ello habla de nuestra contemporánea incapacidad para aceptar el reto de descifrar a quien está delante de nosotros, conocerlo en todas sus facetas y atrevernos a atravesar la incomodidad del conflicto y de las zonas grises, sin asumir que los demás deben cumplir nuestras expectativas inmediatas como si se tratara de un teléfono nuevo.
Ciertamente, la lectura deja un sinsabor equiparable al que provoca un noticiero, confirmando que tampoco el amor escapa a las condiciones simbólicas y materiales del tiempo. Pero conocer los retos de nuestro tiempo no tendría por qué conducirnos al desaliento. El amor y su expresión han cambiado, pero finalmente siguen siendo una de las fuerzas que permiten transformar y revolucionar nuestro presente (sea el nuestro o el de hace cien años).
El filósofo coreano habla de Eros no como simple expresión de los afectos erótico-afectivos, sino como fuerza transformadora que nos permite salir de nosotros mismos y reconocer a otros. Ese reconocimiento no solo posibilita vínculos más profundos, sino también la capacidad —creo que muchas veces pérdida— de interesarnos por la injusticia, el dolor o el hambre de otro que no somos nosotros.
Quizá el gesto verdaderamente importante en estas fechas, en las que solo vemos corazones y regalos, sea recordar que podemos sostener la profundidad en épocas que valoran la inmediatez, la superficialidad y el consumo.
*Maestra en Estética y Arte
