Algoritmos en el banquillo
(Segunda parte)
¿En qué momento dejamos de ver sus hermosos ojos, llenos de curiosidad, de inocencia y asombro, para empezar a vigilar sus pantallas?
Es una pregunta que nos mueve por dentro, ¿cierto? O al menos, debería hacerlo…
Ya no es el brillo de sus ojos lo que nos mantiene ocupados, sino el reflejo de una pantalla.
Se llegó ese día silencioso en que la curiosidad innata de nuestros infantes fue arrebatada por un diseño que no buscaba entretenerles, sino instalarse en sus vidas, crear un hábito, una adicción.
El veredicto histórico que juntos analizamos en la primera parte de esta colaboración, mismo que ha puesto a los gigantes tecnológicos (Meta y Google) entre la espada y la pared, no por los contenidos que los infantes visualizan, sino por algo más profundo como lo es la arquitectura de su algoritmo.
La pregunta pasó de ser ¿cuánto tiempo están conectados en ese mundo virtual?, a ¿cuánto de su libertad, de su alegría, nos ha costado el éxito de un algoritmo?
Hoy analizaremos la parte que no es mágica de esta ingeniería que convirtió la atención de nuestras niñas y niños, en la mercancía más redituable del siglo.
Te invito para que me acompañes durante 4 a 5 minutos en esta reflexión, trae tu café.
Especialistas sostienen que más allá de esta “magia” subyace lo que se conoce como la Ingeniería del Comportamiento Humano, disciplina que actualmente combina la psicología experimental, la ciencia cognitiva, la neurociencia y la tecnología.
El objetivo de ésta es entender, predecir y modificar el comportamiento humano mediante principios científicos aplicados (NeuroCorp Ecuador, 2025)
Por su parte, la profesora Rosa María Gil Iranzo, de la Universitat de Lleida en España, afirma que las redes sociales están diseñadas con psicología conductual y algoritmos de IA para mantener la atención de los cibernautas mediante recompensas variables, scroll infinito y sensación de urgencia que pueden afectar la salud mental (SOM Adicciones Comportamentales, 2025)
Y es verdad, ya que en este deslizamiento incesante, podemos notar que cada imagen, video o contenido visualizado, promete que el siguiente será mejor, convirtiéndose en una actividad sin fin.
¿Imaginas lo que esto puede ocasionar en la mente de un ser de seis años?
Los expertos dicen que en el cerebro de un niño de esta edad, la dopamina –sí, esa hormona capaz de influir en nuestro estado de ánimo- fluye sin el freno de un juicio maduro, convirtiendo la aplicación en un ciclo sin fin de búsqueda y ansiedad.
El segundo elemento que es motivo de este análisis, tiene que ver con la supremacía del negocio frente a la ética.
Los documentos internos de Meta (correos electrónicos de 2015 y 2018) que se presentaron durante el juicio, sugerían una estrategia para reclutar a niños menores de 13 años (conocidos como «tweens») para asegurar el mercado adolescente futuro. (La familia digital, 2026).
Esto puso de relieve que lo menos importante para Meta eran las consecuencias en la salud mental de los menores que, sabía, usaban la red social.
En otras palabras, existió una omisión consciente porque los creadores de la plataforma tenían conocimiento de que el diseño era dañino para los menores, pero en la economía de la atención, la salud mental de un infante, lamentablemente, es un daño colateral frente a los cuantiosos ingresos trimestrales.
En el contexto de la adicción a las redes sociales, podemos encontrar en la historia del consumo, el de la industria tabacalera, cuando los productores aseguraban que los cigarrillos no eran adictivos; hoy se dice que el algoritmo es el nuevo humo.
En este sentido, el veredicto de Los Ángeles sienta un precedente mundial: las plataformas ya no pueden esconderse tras la libertad de expresión y escabullirse sin consecuencias; ahora son responsables de la seguridad de su arquitectura y el impacto que ésta genera en los internautas, particularmente en los menores de edad.
La expectativa que incluso ya va caminando, es que entre otras repercusiones, esta determinación provocará cambios trascendentales en la regulación mundial, como la de la Unión Europea, que ya visualizaba la exigencia de cambios estructurales en el diseño del código, tales como el refuerzo intermitente, más allá de la mera aplicación de sanciones.
De igual manera en algunos países de América Latina donde la justicia ya no mirará la pantalla como un simple medio, sino como un producto con responsabilidad civil objetiva.
El veredicto no solo afectará a este juicio en particular, sino que determinará posiblemente el destino de otras 1.600 demandas similares presentadas que están pendientes de resolución (La Familia Digital, 2026).
¿Hay solución? Siempre. Propongo algunas ideas:
Regulación externa (normativas);
Autorregulación como silenciar notificaciones, establecer horarios sin pantallas, priorizando el contacto visual y la conversación y:
Acompañamiento de los padres para lograr una navegación crítica, no basta con prohibir se requiere también educar.
Espero tus comentarios.
Nos leemos pronto.
