Una biblioteca conventual
Hace unas semanas tuve la oportunidad de consultar como investigadora el acervo de la biblioteca conventual del Museo de Guadalupe. Aunque conocía el espacio desde hace años a través de la visita del museo, fue la primera vez que pude conocerla de cerca y aproximarme a algunos de los ejemplares que resguarda, particularmente a ciertos impresos del siglo 19 que necesitaba para mi investigación. Debo confesar que experimenté una infantil emoción por tener el privilegio de estar en un espacio que no solo resguarda volúmenes, sino que alberga siglos de conocimiento y pensamiento humanos mantenidos ahí, a pesar de lo azarosa que es la historia.
La antigua biblioteca del Colegio Apostólico de Propaganda Fide de Nuestra Señora de Guadalupe fue una de las más importantes del norte novohispano. Formada inicialmente gracias a fray Antonio Margil de Jesús, llegó a reunir alrededor de 30 mil volúmenes dedicados a temas tan diversos como teología, derecho civil y eclesiástico, filosofía, matemáticas, literatura, sermones, historia de vida de los santos y lenguas.
Aún hoy, miles de esos ejemplares sobreviven y continúan habitando los anaqueles de madera que conforman uno de los espacios más impresionantes del museo, esperando nuevamente ser leídos o estudiados.
El libro más antiguo conservado en el acervo data de 1529, se trata de un volumen minúsculo, pensado para ser de bolsillo probablemente, cuya impresión se verificó apenas unas décadas después de la invención de la imprenta y apenas unos años luego de que cayera México-Tenochtitlán. El libro se puede consultar, previa autorización del INAH y acreditación de ciertas credenciales del investigador o investigadora, pero es tan solo un ejemplo de las joyas que esta biblioteca contiene.
Sin embargo, más allá de la antigüedad de sus ejemplares, lo que vuelve especial a esta biblioteca es lo que representa. Las bibliotecas conventuales fueron centros de formación intelectual durante el periodo virreinal. En el caso del Colegio de Guadalupe, los franciscanos se preparaban durante años en distintas disciplinas antes de partir a las misiones del norte de la Nueva España. Los libros eran herramientas de evangelización, pero también de conocimiento científico, filosófico y jurídico según el propio estado de las ciencias en su tiempo. Imaginemos que para que eso ocurriera, los libros realizaban un viaje transatlántico en el que sortearon tormentas, riesgos de naufragio, robos y toda clase de peligros, solo para formar a quienes se encomendaba el cuidado doctrinal y espiritual de los súbditos del rey de España.
Recorrer esta biblioteca deja ver la intensa circulación de ideas, autores y debates provenientes de distintos puntos de Europa y América. Muchos de los libros están escritos en latín, aunque también hay ejemplares en español y otras lenguas europeas.
Cada uno habla no solo de religión, sino de redes intelectuales, comercio editorial y formas de entender el mundo, un mundo que se congregaba en un pequeño convento del centro norte de México, si se quiere insignificante si pensamos cuanto espacio y cuanto mundo hay más allá de esas pequeñas fronteras conventuales.
Mientras revisaba documentos para mi investigación, no podía dejar de pensar en todas las personas que antes habían pasado por esas mismas mesas: frailes, novicios, copistas, bibliotecarios, investigadores, restauradores, etc. En el silencio de la lectura, sentía como formaba parte de una cadena de temporalidades que sentaron las condiciones para estar ahí, tratando de terminar una tesis.
También resulta inevitable pensar en la fragilidad de estos acervos. Tras las Leyes de Reforma y la exclaustración de las órdenes religiosas en el siglo 19, muchos libros conventuales fueron dispersados o trasladados a bibliotecas públicas.
En el caso del antiguo colegio franciscano de Guadalupe, una parte importante de su acervo logró sobrevivir y hoy constituye uno de los tesoros bibliográficos más importantes de Zacatecas, tanto por su antigüedad como por lo que representa.
En tiempos donde casi toda la información parece inmediata y a un click de distancia, las bibliotecas conventuales nos obligan a mirar el conocimiento desde otra óptica, la de la permanencia. Cada libro ahí ha sobrevivido guerras, reformas políticas, traslados y siglos enteros de historia. Y aun así sigue esperando para aportar a quien así lo requiera.
*Maestra en Estética y Arte.
