Mantener en México los restos de Hernán Cortés no obliga a justificar la violencia de la conquista, así como reconocer las atrocidades cometidas no implica borrar su existencia material del territorio mexicano. La madurez histórica consiste precisamente en sostener ambas verdades al mismo tiempo y vivir con ellas. Hay pueblos que destruyen monumentos para olvidar, otros prefieren conservarlos para recordar lo que nunca debe repetirse
Hace algunos años tuve la oportunidad de visitar Perú. Mi intención era, además de conocer Machu Picchu, ver de cerca el barroco andino con sus altares dorados y sus famosos arcángeles arcabuceros.
La parada obligada en distintos templos del itinerario me permitió recorrer iglesias que parecían congeladas en el tiempo, pues parecía que aún se respiraba una religiosidad heredada del siglo 18, compactada en pequeños retablos cubiertos de hoja de oro y madera envejecida.
En uno de esos recorridos me sorprendió descubrir que la Catedral de Lima alberga un mausoleo dedicado a Francisco Pizarro. Ahí descansan, sin mucho escándalo nacional, los restos del conquistador del Perú, quien muriera después de un golpe en la cabeza y un corte certero en la yugular.
Lo anterior lo aprendí porque el mausoleo está dedicado prácticamente a reconstruir la razón de su muerte, en una muy delgada línea entre la información histórica y el morbo por la violencia.
Lo interesante no fue únicamente encontrarme frente a una figura tan polémica de la historia americana, sino constatar que al menos en apariencia, los peruanos habían aprendido a convivir con ese pasado sin convertirlo en una batalla cotidiana y sin entrar en debates sobre su rol en la historia.
Pareciera que, si bien Pizarro no deja de ser un personaje violento y ventajoso, no se le intenta borrar de la historia ni se le pretende expulsar simbólicamente del territorio que ayudó a fundar y destruir al mismo tiempo.
Pensé en ello esta semana al leer en los medios la polémica propuesta del escritor Pedro Miguel, quien solicitó al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) exhumar los restos de Hernán Cortés y enviarlos a España, argumentando que, si ciertos sectores políticos españoles desean homenajearlo, deberían hacerlo en territorio peninsular y no mexicano.
La petición surge tras la visita de Isabel Díaz Ayuso a México y el homenaje organizado en torno a Cortés, un episodio que volvió a encender las tensiones históricas entre hispanismo, colonialismo y la memoria nacional.
Y aunque es comprensible que la figura de Cortés siga despertando rechazo (sería absurdo y equivocado negar la violencia de la conquista), la discusión de fondo continúa revelando nuestra incapacidad contemporánea para relacionarnos con el pasado sin intentar reducirlo a posturas maniqueas y polarizantes.
La historia nunca ha sido un relato moralmente puro. Está construida desde vencedores y vencidos, sí, pero también desde una enorme escala de grises donde conviven atrocidades, intercambios culturales, destrucción, mestizaje, imposiciones, así como procesos de negociación y resistencia. Pretender leer el siglo 16 desde categorías políticas contemporáneas suele conducir más al espectáculo que a la comprensión histórica.
Con lo anterior no estoy romantizando la conquista, ni justificando a actores políticos que creen que honrando a Hernán Cortés son fieles a su “pasado hispánico”, tampoco pretendo ignorar las consecuencias devastadoras (simbólicas y reales) para los pueblos indígenas que aún se siguen palpando.
Pero tampoco ayuda convertir la memoria histórica en una dinámica permanente de cancelación o funa. Los restos de Cortés en México no son un premio al conquistador, son en todo caso, un recordatorio (incómodo o no) de cómo nació este país.
México no puede entenderse sin el mundo indígena, pero tampoco sin el virreinato. Nuestra lengua, ciudades, universidades, gastronomía, religiosidad e incluso buena parte de nuestras instituciones surgieron de ese proceso conflictivo y contradictorio, resultando una especie de híbrido del cual somos producto. Negar una parte del origen no repara las heridas ¿o sí?
Quizá el problema aparece cuando confundimos estudiar la historia con rendirle culto. Mantener los restos de Cortés no obliga a justificar la violencia de la conquista, así como reconocer las atrocidades cometidas no implica borrar su existencia material del territorio mexicano.
La madurez histórica consiste precisamente en sostener ambas verdades al mismo tiempo y vivir con ellas. Hay pueblos que destruyen monumentos para olvidar, otros prefieren conservarlos para recordar lo que nunca debe repetirse.
Entre ambos extremos existe una posibilidad más difícil, pero también más útil, aprender a mirar el pasado con espíritu crítico, sin nostalgias ni furias. A lo mejor ahí está el reto más grande de nuestra relación con la historia, pero parece que nos gusta seguir batallando con el pasado.
*Maestra en Estética y Arte
COLUMNA: HISTORIAS E IDENTIDADES
TÍTULO: Las batallas eternas con el pasado
AUTORA: GABRIELA BERNAL TORRES*
