Alto a las redes sociales
“Si nos pincháis, ¿acaso no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿acaso no reímos? Si nos envenenáis, ¿acaso no moriremos? Y si nos hacéis daño, ¿acaso no nos vengaremos?”: William Shakespeare, El Mercader de Venecia
No hay nada más maravilloso que leer a Shakespeare. La neta que hemos perdido mucho tiempo en las redes sociales, olvidando que existen unos edificios con estantes donde hay libros y se llaman bibliotecas.
Es, en la mayor de las veces, hablar en el vacío a nuestros estudiantes, cuando les suplicamos que lean. Tuve la desgracia de ver una fotografía en una red social, en la que una joven enseñaba el libro de Juan Rulfo (Pedro Páramo) y se quejaba: “Qué cosa tan aburrida”. ¡Eso es un pecado! ¡Una afrenta a la inteligencia! ¡Un insulto a la literatura!
Pero, desgraciadamente, nuestros alumnos cambiaron los libros por el pinche Facebook. No hay cosa más horrenda que esa discutida red social que controla las mentes de nuestros jóvenes y corrompe su alma. Y así están otras redes que permiten a los menores el acceso a páginas que perturban a nuestros niños y niñas.
Según datos recabados por distintas instituciones, entre ellas el Instituto Nacional de Salud Pública, se señala que el 42 por ciento de quienes tienen entre 5 y 12 años usan aplicaciones o cuentan con perfiles en diferentes redes sociales, aun cuando las mismas redes han señalado que para utilizarlas se requiere tener 13 años.
El Instituto realizó un experimento en el que diferentes niños y niñas utilizaron las redes sociales y el pinche algoritmo los enviaba a páginas de violencia y sexo. ¡Qué poca madre! Digo, si ya varios países del mundo, iniciando con la pionera Australia, han implementado leyes muy estrictas para prohibir y limitar la edad para acceder al uso de redes sociales (16 años en Australia). Otros países han seguido el ejemplo y ya legislaron. Indonesia, Malasia, Portugal y Turquía limitaron el acceso a menores de 16 años. Francia a los 15 años. España ya anunció legislar para establecer la edad en 16 años, al igual que Chile. ¿Y México?
El trabajo docente es muy difícil. A nivel superior, recibimos estudiantes con un déficit alarmante de consumo bibliográfico. Según datos de Inegi el consumo de libros en México, por los jóvenes universitarios es de 6.5 al año, mientras en Canadá y Estados unidos el promedio es de 17 libros. Según la UNESCO, México ocupa el lugar 107 (de 108 analizados) en índices de lectura. ¡Chingao! ¡Las redes sociales están jodiendo a nuestros jóvenes! Y es que no les ofrecemos alternativas, seamos sinceros.
Y no se trata de que los profes salgan a la calle a hacerla de tos y exigir el 200 por ciento o más de aumento salarial o paro nacional. Nel mis cuates. Pongámonos todos las pilas de la transformación y conduzcamos a la juventud a una auténtica revolución educativa, a una seria y contundente madriza a la ignorancia de las redes sociales que en nada contribuyen al desarrollo nacional.
Es tiempo que desde el gobierno federal se avance en legislar para prohibir el acceso de las redes sociales a los menores de 16 años y pongámoslos a leer. Porque no hay nada más placentero que le lectura y muchos lo sabemos. Formar un club de lectura en cada escuela, de todos los niveles es necesario.
El Día del Maestro no debe ser de festejo, sino de preocupación. ¿Qué estamos haciendo con nuestra juventud? ¿Qué valores y contenidos les transmitimos? Y, es aquí, donde debe de aparecer la crítica y autocrítica; no se trata solamente de echarles la bronca a los profes, también se trata de señalar qué hacen los padres con sus hijos. ¿Cuántos libros les regalan los padres a los hijos en lugar de un pinche celular?
Decía el gran Severo Mirón (cuyo nombre real fue Julio Morales Ferrón) en su programa radiofónico Platícame un Libro: Los libros no muerden. Y neta, no muerden, alimentan el espíritu y nos hacen mejores personas. Así como a Hanta, el maravilloso personaje de Bohumil Hrabal en su novela Una Soledad Demasiado Ruidosa.
Tomemos ya un libro y disfrutémoslo, porque ya vienen las campañas electorales y nos vamos a inundar de propaganda tomada de las memorias de Trump o Ayuso. ¡Qué pinche horror!
