Así, las encuestas no solo registran opiniones: las ordenan, las jerarquizan y, si se dejan, las fabrican. Habría que levantar otra encuesta, más incómoda, sobre cuántas veces las encuestas, por muy bien presentadas que estén, no le han atinado a lo cierto.
Seguramente los expertos en política tendrán una mejor opinión respecto al uso de las encuestas electorales, o por lo menos, más especializada. Para el resto del universo no tan experto, las encuestas sirven para dos cosas bastante obvias: influir en la informadísima opinión de los votantes y, de paso, hacer campaña anticipada con sonrisas incluidas.
Porque, según los expertos, nada posiciona mejor a un aspirante que aparecer ganando antes de que empiece el concurso. Lo de menos, según sus propios datos, son las propuestas, las aptitudes o la ideología de quienes corretean el hueso.
Las encuestas son, en esencia, gráficas de barras verticales u horizontales que se pintan de colores y se acompañan de numeritos para sugerir lo que la gente ya decidió, desdenantes de votar. Una especie de profecía con diseño didáctico.
Funcionan como esos productos que se compran no porque se necesiten, sino porque el promotor decidió que eran indispensables. Aquí sucede algo parecido: si la gráfica dice que alguien va arriba, lo razonable parece ser sumarse a esa inercia.
Se trata de un método de persuasión particularmente eficiente. No le dice al ciudadano qué pensar, pero le muestra lo que, supuestamente, ya están pensando los demás. Y pocos placeres son tan reconfortantes como coincidir con la multitud, aunque la multitud sea una construcción estadística acomodada al antojo.
Así, las encuestas no solo registran opiniones: las ordenan, las jerarquizan y, si se dejan, las fabrican. Habría que levantar otra encuesta, más incómoda, sobre cuántas veces las encuestas, por muy bien presentadas que estén, no le han atinado a lo cierto.
En teoría, una encuesta es un método de investigación que consiste en aplicar preguntas estandarizadas a una muestra de la población para conocer sus características, preferencias y opiniones. En la práctica, implica suponer que, para empezar, los encuestados dicen solo la verdad y nada más que la verdad.
Supone también que nadie ajusta las preguntas para obtener las respuestas deseadas, que la selección de muestras es objetiva y que nadie interpreta los resultados con fines inductivos. Algo así como actos de fe, pero estadísticos.
En estos a veces irracionales pero democráticos días, el riesgo no es que la gente opine, sino que aprenda a hacerlo mirando de reojo la gráfica de barras y que la libertad de pensamiento termine negociándose con el porcentaje más alto en turno.
Porque disentir no solo implica pensar distinto, sino atreverse a ocupar la barrita más pequeña, ésa que siempre luce más pálida, tímida y casi culpable de no opinar como el resto. Opinar, dicen, es fijar postura, pero en tiempos de encuestas, la opinión suele alinearse al montón más grande.
En la práctica, no hace falta ser experto para emitir juicios: los célibes opinan del matrimonio, los machos de lo que compete nomás a las mujeres y los políticos de alta alcurnia sobre lo que hace tiempo dejaron de padecer. Ante cualquier duda, la encuesta.
El pueblo sabio decide lo mejor para todos o casi, porque según las encuestas, para que unos ganen la razón, otros tienen que perderla. Y alguien tiene que elegir la fila de los que pierden para legitimar la dinámica.
De tal modo que, cuando el 99 por ciento de los encuestados prefiere la opción A, la pregunta ya no es cuál opción es mejor, sino quién se atreve a preferir la B. ¿No le da un poco de vergüenza ser minoría? ¿No le incomoda ser de ese porcentaje que cabe en una esquina del gráfico, casi como nota al pie? Eso sí, las encuestas no imponen, sugieren; no obligan, orientan; no dictan, insinúan. Y, sin embargo, terminan funcionando como una consigna elegante: las mayorías tienen razón nomás por serlo.
La razón reducida a números, barras y colorcitos. Como en las calificaciones, donde lo importante no siempre es aprender, sino aprobar. Lo que se aprueba es la coincidencia con otros que coinciden con lo sugerido.
Nadie quiere reprobar en el concurso de la opinión pública. Por fortuna, siempre hay expertos en política que tienen mejores perspectivas respecto al uso de las encuestas; el resto es, nomás, humilde opinión.
COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN
AUTOR: Israel Álvarez
CABEZA: ¿Usted qué opina?
