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    Inicio»Editoriales»Dejar de preguntar
    Editoriales Por Israel Álvarez

    Dejar de preguntar

    28 de junio de 2026No hay comentarios4 Minutos de lectura
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     El verdadero valor no siempre está en la respuesta. Muchas veces reside en el acto mismo de preguntar

    Hay preguntas que parecen no conducir a ninguna parte. ¿Para qué sirve una corbata? ¿Qué utilidad tiene un perfume, un poema o un ritual? Incluso podría parecer un desperdicio detenerse a pensar en asuntos que no ofrecen respuestas prácticas cuando la vida cotidiana exige resolver problemas mucho más urgentes. Sin embargo, detrás de esas preguntas aparentemente inútiles se esconde una inquietud mucho más profunda: la necesidad humana de comprender el sentido de las cosas.

    También cabría preguntarse si vale la pena vivir cuestionando permanentemente. Después de todo, resulta más cómodo aceptar la información disponible, confiar en lo establecido y dejar que el tiempo haga lo suyo. Dudar cansa. Sospechar incomoda. Pensar obliga a revisar convicciones que muchas veces es preferible mantener intactas. Quizá por eso muchos encuentran tranquilidad en las certezas, aunque sean frágiles, mientras otros insisten en caminar con la incertidumbre a cuestas.

    No es difícil entender esa tentación de conformarse. A veces parece más sencillo dejarse llevar por la corriente, asumir que el destino ya está escrito y evitar el desgaste de cuestionar cada decisión, cada institución o cada verdad que nos presentan como definitiva. La fe ciega, en cualquiera de sus formas, ofrece un descanso que la reflexión difícilmente concede. Incluso la resignación puede parecer una estrategia razonable para evitar decepciones futuras.

    Pero renunciar a las preguntas tiene un costo. Cuando se deja de interrogar sobre el mundo, también se deja de construirlo. Las sociedades avanzan precisamente porque alguien decidió preguntar por qué las cosas eran como eran y si podían ser distintas. El progreso científico, los derechos conquistados y las transformaciones políticas comenzaron con una duda antes que con una respuesta.

    Se vive rodeado de definiciones. Se sabe qué día marca el calendario, se conoce el nombre del lugar donde se habita y se repiten con facilidad las descripciones oficiales del país que se habita. México es democrático, soberano, multicultural y libre. También es profundamente contradictorio: moderno y desigual, generoso y violento, profundamente solidario y, al mismo tiempo, marcado por problemas estructurales que persisten generación tras generación. Todas esas etiquetas conviven en una misma realidad que difícilmente cabe en un discurso patriótico o en una consigna política.

    Precisamente por eso conviene sospechar de las definiciones demasiado cómodas. No porque todo sea falso, sino porque ninguna descripción alcanza por sí sola para explicar una realidad compleja. Lo mismo ocurre con los gobiernos. Quienes ejercen el poder suelen privilegiar las certezas y presentar sus decisiones como inevitables o indiscutibles. En cambio, quienes observan desde fuera tienen la obligación democrática de cuestionar, exigir explicaciones y contrastar los hechos con los mismos discursos repetidos.

    Preguntar no significa negar por sistema ni adoptar una actitud de desconfianza permanente. Significa ejercer el pensamiento crítico. Es reconocer que ninguna institución, ningún gobierno y ninguna ideología deberían quedar exentos del escrutinio ciudadano. La democracia pierde vitalidad cuando la crítica se sustituye por la obediencia y cuando la información oficial deja de ser el punto de partida para convertirse en la única verdad aceptable.

    Tal vez nunca se encuentren respuestas definitivas para muchas de las preguntas pendientes. Quizá nunca se sepa exactamente para qué sirven ciertos símbolos, algunas tradiciones o incluso determinadas costumbres heredadas sin discutirlas. Pero el verdadero valor no siempre está en la respuesta. Muchas veces reside en el acto mismo de preguntar.

    Porque quien pregunta mantiene viva la curiosidad; quien duda evita caer en el fanatismo; quien sospecha de las verdades absolutas conserva la posibilidad de corregir el rumbo cuando la realidad demuestra que estaba equivocado. En tiempos donde abundan las certezas instantáneas, las opiniones irrebatibles y los discursos que prometen explicarlo todo en unas cuantas frases, cultivar la duda puede parecer un acto incómodo, incluso improductivo. Sin embargo, quizá sea una de las pocas formas de preservar algo de la libertad intelectual.

    Si se aceptara que todo está dicho, que basta con repetir lo que otros afirman y que el presente debe asumirse sin cuestionamientos, el pensamiento perdería su razón de ser. Entonces, dejando de pensar para que se usa una corbata, el perfume o algún ritual, sí habría que hacerse la pregunta más importante de todas: si ya no queda nada por discutir, por comprender o por imaginar, ¿qué caso tiene dejar de preguntar?

    COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN

    AUTOR: Israel Álvarez

    CABEZA: Dejar de preguntar

     

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