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    Inicio»Editoriales»Dinámica del desfile
    Editoriales Por Israel Álvarez

    Dinámica del desfile

    20 de septiembre de 2026No hay comentarios4 Minutos de lectura
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    Algunos prefieren hacerlo en autos; otros lo hacen como último recurso y algunos más, aunque no quieran, desfilan diariamente, solitarios y sin tanto aplauso ni espectadores. Porque demostrar poder también puede ser demostrar que no se tiene

    En esta temporada en la que parece habitarse un México más mexicano que en otras, el orgullo nacionalista engalana las calles con los colores más patrios sobre banderas estrictamente hechas en China.

    El aroma del pozole y enchiladas impregna las calles, disfrazando los tufos de tradiciones extranjeras hasta que lleguen de nuevo Jalogüín o Navidad y tomen su lugar en el ambiente.

    Las cornetas de plástico desafían los tímpanos de los transeúntes porque a algunos orgullosos de su patria no les basta con gritar las consignas aprendidas por prescripción oficial. Es entonces, bajo ese nacionalismo escenificado, cuando conviene voltear a ver la uniformidad, el poder y la demostración de orden que representan los desfiles. ¡Firmes, Ya!

    Un desfile es una marcha organizada de personas a pie, a caballo o en vehículos, generalmente oficiales, que recorren juntos y lo más parejitos posible una ruta fija con motivo de alguna celebración.

    Los desfilantes avanzan por las calles mientras los espectadores permanecen en las banquetas, aplaudiendo, gritando o abucheando según lo amerite la necesidad de entretenimiento oficial. Observados y observantes pertenecen a los mismos.

    La diferencia es que unos se uniforman para parecerse entre ellos y, al mismo tiempo, distinguirse de los no uniformados. Los homogéneos realizan exhibiciones, piruetas y tablas gimnásticas al ritmo del uno, dos para demostrar orgullo de algo, procurarse la ovación y, de paso, entretienen la ciudad.

    Al principio, los desfiles servían para demostrar capacidad militar, sugerir intimidación y celebrar triunfos bélicos, además, engalanaban desfilando eventos cívicos de conveniencia oficial.

    En México, el Ejército Trigarante realizó su desfile triunfal el 27 de septiembre de 1821, al mando de Agustín de Iturbide para celebrar la consumación de la Independencia después de varios años de bronca con unos tíos manoletes.

    Se celebraban el fin del vínculo con la Corona, la reconciliación entre insurgentes y realistas y el nacimiento del nuevo imperio con carita de país. Al día siguiente se firmó el Acta de Independencia. Primero el desfile, luego el documento porque incluso para independizarse, hay que apartarle lugar a la burocracia.

    La dinámica del desfile es sencilla: un pie tras otro, sin correr, paso a paso. Todos parejitos como las vocales para que nadie parezca demasiado uno solo, sino parte de un grupo, batallón, regimiento, compañía o pelotón.

    En los desfiles nadie lleva nombre propio porque todos juntos se llaman regimiento, conjunto o colectivo. Colegios, sindicatos y hasta casas de jubilados marcan despacito el paso y se convierten en motivo para levantarse temprano en algunos días de asueto nomás para verlos pasar. ¡Que todos los niños estén muy atentos, no os detengáis, no haya temor!

    A veces las multitudes desfilan celebrando independencia, otras revoluciones o esa libertad que resulta obligatoria; otras tantas lo hacen para denunciar, exigir o protestar que eso aún falta. Los desfiles se han vuelto ejercicios habituales, unos por disposición oficial, otros en torno a un santo y unos más por aquello que menos orgullo le brinda al lugar.

    La ironía consiste en que una misma multitud puede integrar unas causas y, a veces, luego las contrarias, casi sin necesidad de acarreo ni de ponerse de acuerdo. Basta con que las circunstancias encaucen el paso redoblado en una calle, una fecha y con algo que gritar.

    La disciplina del desfile es militar, pero también es popular. Las calles se reapropian marchando, esas mismas que quizá no limpió alguna barrigona autoridad por andar organizando su propio desfile, estimulando con tortas, despensas y por supuesto, ambiciones. En las protestas no hace falta saber marcar el paso ni hacer la conversión a la derecha porque, de ese lado, también ya organizan sus propios desfiles.

    En los desfiles marcha gente de todas las edades, situaciones o estratos sociales y si no, siempre hay lugar para observantes. Algunos prefieren hacerlo en autos; otros lo hacen como último recurso y algunos más, aunque no quieran, desfilan diariamente, solitarios y sin tanto aplauso ni espectadores. Porque demostrar poder también puede ser demostrar que no se tiene.

    Quizás, sobre la marcha, se descubra qué es un desfile: una fila de individualidades unidas haciendo todo lo posible por parecer una sola cosa un rato, con ilusión de comunidad oficial, popular o de ocasión. Acabando la función, cada quien vuelve a su casa, al desorden cotidiano a recuperar nombres impropios. ¡Romper filas, Ya!

     

    COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN

    AUTOR: Israel Álvarez

    CABEZA: Dinámica del desfile

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