La noche del 15 de septiembre, en el marco de las Fiestas Patrias, Aleks Syntek protagonizó un episodio que rápidamente dejó de ser una simple anécdota de escenario. Durante su presentación, interrumpió el show para confrontar al público, respondió con dureza a una solicitud de canción y, en los días posteriores, encadenó una serie de publicaciones que culminaron con el anuncio de alejarse de México “para salvar su espíritu y su alma”.
Lo que pudo haber sido un tropiezo pasajero se ha convertido en algo más complejo. Y quizá el mayor error comunicacional no fue el exabrupto inicial, sino no haber encontrado después el momento adecuado para dejar de hablar. Pero conviene decirlo con cuidado: detrás de cada publicación hay una persona atravesando un momento difícil.
Contrario a algunos de sus críticos, no me corresponde aventurar un diagnóstico sobre el estado emocional del artista. No conozco su intimidad y las redes sociales no permiten saber qué sucede detrás de las publicaciones. Mi enfoque es la construcción y el cuidado de la imagen pública. Desde ahí, y con empatía hacia el personaje, propongo algunas reflexiones que pueden servir a cualquier persona con notoriedad que llegue a encontrarse en una situación similar.
El primer error fue confundir convicción con confrontación. Syntek tiene una posición consistente sobre la música contemporánea, la sexualización, la degradación de la mujer y ciertas expresiones de la cultura popular. Puede sostenerla. Incluso puede tener razones legítimas para sentirse frustrado. Es comprensible que un artista con años de argumentación en torno a sus convicciones sienta que el suelo cultural se mueve bajo sus pies. Pero el público que acudió a su concierto no buscaba un debate sobre estética y moralidad musical. El error estuvo en el contexto y en la forma. La salida hubiera sido reconocer el exabrupto, disculparse con quienes fueron a escucharlo y, posteriormente, explicar su posición. Una disculpa por la forma no obliga a renunciar al fondo.
El segundo error fue seguir hablando cuando la crisis pedía silencio. La dinámica es conocida: evento, reacción, explicación, nueva reacción, nueva explicación, nueva controversia. Las redes tienen una característica peligrosa, no cierran la puerta. Una conversación presencial termina; una publicación no. Cada respuesta genera otra, una aclaración puede convertirse en titular y cualquier intento de recuperar el control puede alejarnos más de él.
Cuando una persona pública percibe que no está atravesando su mejor momento, quizá la decisión más inteligente no sea explicar mejor lo que siente, sino dejar de explicarlo públicamente. La expresión es necesaria. Pero no toda expresión necesita una audiencia. Existen espacios privados para procesar lo que ocurre: familia, amigos, acompañamiento profesional, reflexión, silencio. No como huida, sino como cuidado.
Tengo amigos que llevan décadas dedicados al arte. Algunos llegaron a la fama y tuve la fortuna de conocerlos antes de que ganaran notoriedad. Hay algo que, con distintas palabras, todos han entendido: la privacidad no es un lujo del personaje; es una condición para conservar salud, perspectiva y lucidez.
Lo digo desde la comunicación y el control de daños. El artista necesita un lugar donde no tenga que ser el artista. Eso protege al humano privado y, paradójicamente, también protege al personaje público. No se trata de esconderse, sino de tener un refugio desde el cual mirar el mundo sin la presión de responder de inmediato.
La salida todavía existe. Syntek tiene un camino comunicacional posible: dejar de responder, permitir que la conversación pierda intensidad, reconocer cuando sea oportuno, mantener sus convicciones sin convertir cada crítica en una batalla, volver al escenario y dejar que la música haga parte del trabajo.
El camino no se corrige corriendo detrás de cada piedra que alguien arroja. A veces se corrige simplemente retomando la dirección. Y retomar la dirección no exige humillación ni renuncia, sino un poco de distancia y tiempo.
Tal vez la mejor respuesta que Aleks Syntek puede dar ahora no sea otra publicación. Quizá sea suficiente el silencio, para que termine esta conversación y pueda volver a aquello que sabe hacer. No porque sus ideas deban desaparecer, ni porque sus críticos tengan necesariamente razón, sino porque una persona pública también tiene derecho a recuperar la distancia necesaria para mirar con serenidad lo que acaba de ocurrir.
Cuando la conversación calle —o al menos enfoque su atención en su siguiente efervescencia—, la figura pública podrá concluir serenamente que el camino no se acaba.
