¿Qué pasa cuando se apagan las luces?
Hay algo fascinante en ver cómo la historia de una ciudad puede volver a ocupar los espacios en donde alguna vez ocurrió. Esta semana tuve oportunidad de conocer un proyecto que utilizará el Acueducto del Cubo como escenario para contar, mediante una proyección, parte de la historia de Zacatecas. Y debo decirlo, la idea me parece muy buena.
Hay algo casi mágico en ver un monumento histórico transformarse durante unos minutos; la piedra se ilumina, aparecen imágenes, personajes, escenas y acontecimientos que nos recuerdan que aquello que hoy contemplamos inmóvil alguna vez estuvo lleno de vida y de personas como Usted y como yo.
Huelga decir que Zacatecas ya tuvo una experiencia semejante. Recordará que en 2009 se inauguró una proyección multimedia sobre la fachada del ex templo de San Agustín. El proyecto, que implicó una importante inversión, reconstruía virtualmente la antigua fachada y narraba episodios de la historia de la ciudad. Durante algún tiempo, los sábados por la noche, las piedras silentes y desaparecidas de San Agustín, cobraban vida.
El problema es que los proyectos culturales también pueden tener un periodo de vida demasiado breve. Con el paso del tiempo, aquella proyección dejó de funcionar debido al desgaste del equipo (obsolescencia programada, le llaman).
Con la desaparición de este espectáculo, se perdió una experiencia que había logrado algo que no siempre es fácil, a saber, acercar la historia a públicos que quizá no visitarían un museo o asistirían a una conferencia por su cuenta. De hecho, algunas notas periodísticas reportaron una baja en las ventas de los negocios cercanos.
Por eso, cuando hablamos de nuevos espectáculos inmersivos, quizá la pregunta no debería ser únicamente qué tan espectacular será la proyección, sino qué pasará después de que se apaguen las luces. Porque contar la historia de Zacatecas sobre un monumento es una idea llamativa y atractiva, claro, pero mientras no se tengan en mente proyectos que perduren en el tiempo, el hecho queda como una experiencia efímera, como un óleo que se pinta sobre una fachada unos minutos y después desaparece.
El Acueducto del Cubo, por ejemplo, no es solamente un escenario ornamental. Es parte de una historia más compleja en la que la ciudad minera tuvo que resolver su abastecimiento de agua, construyendo infraestructura para llevarla hasta sus habitantes. Y espectáculos como este pueden ser la puerta de entrada. Así, después de ver una proyección, alguien querrá saber qué había debajo de aquellas imágenes.
Ojalá un niño pregunte qué era una mina, por qué se construyó un acueducto, de dónde venía el agua o por qué Zacatecas tiene las calles que tiene. Que el visitante salga del espectáculo con curiosidad y no únicamente con fotografías bonitas para sus redes sociales.
Pero hay que continuar ofreciendo sitios y espacios para continuar con esa curiosidad: recorridos, exposiciones, libros, contenidos digitales, actividades para niños y nuevas temporadas de cualquier otra cosa que permita seguir explorando aquello que el espectador acaba de descubrir.
De lo contrario, corremos el riesgo de generar experiencias muy atractivas que comienzan y terminan en el mismo lugar. Por ello, necesitamos una ciudad viva, no una ciudad museo.
No se trata de dejar de hacer espectáculos inmersivos. Al contrario, que haya y muchos; pero también hay que hacer que duren. No necesariamente que la misma proyección permanezca eternamente, sino que exista una política cultural capaz de sostener, renovar y aprovechar estos proyectos.
Que el dinero, la creatividad y el conocimiento invertidos en ellos no terminen cuando se apaga el proyector o se cambia de trienio/sexenio. Pero, al tiempo. Por lo pronto, hay que darnos una vuelta al espectáculo “Zacatecas inmersivo” y luego platicamos qué tal.
*Maestra en Estética y Arte
