Un viaje a Zacatecas en 1842 (Parte 2)
La semana pasada le pedí que hiciera conmigo un ejercicio de imaginación para dejar en el olvido la ciudad que conocemos ahora. Acompañábamos a Guillermo Prieto, el escritor, periodista y político mexicano que en 1842 visitó nuestra ciudad. A don Guillermo se le atribuyen una buena serie de textos costumbristas y descriptivos que, gracias a su estupenda capacidad de pintar paisajes y retratar personas, nos permiten echarnos un clavado a la vida del México decimonónico. El viernes pasado le mencioné que como el viajero romántico y curioso observador que fue, Prieto nos permite asomarnos a una ciudad que ya no existe -o quizá tan solo en ecos-. Fidel, seudónimo usado por nuestro escritor, relata “una hondonada con un montón confuso de casas”, en un caos interrumpido solamente por torres y cúpulas de iglesias que parecían organizarse como “si las aguas los hubieran arrebatado […] dispersándolos en las quiebras de los montes”. Y ahí, en medio de la hondonada que hoy nos enorgullece presentar como patrimonio mundial de la humanidad, el escritor nos describe un día de tianguis en la plaza mayor, hoy ocupada por el mercado González Ortega. Nos habla del bullicio, de la suciedad y de la variopinta presencia de productos de la tierra e individuos locales, en un retrato en el que el pobre y el rico se superponen para mostrarnos una imagen viva de la antigua Zacatecas.
Después de la visita en día de tianguis, el escritor se convirtió en un típico turista; sus amigos, siguiendo la misma actitud del zacatecano que hoy recibe un visitante, lo llevaron al cerro de La Bufa, donde don Guillermo se convirtió en todo un romántico. En esa descripción relata que tardó media hora en subir y llegar a la “poética y modesta capillita”. Aquí le invito a pensar que, para entonces, el único complejo arquitectónico que coronaba nuestra agreste cumbre era apenas la pequeña capilla de nuestra señora del Patrocinio construida en el siglo 18 y con pocas modificaciones hasta entonces: un atrio áspero rodeado por una barda sin más ornamentación que el blanco del muro. Seguramente la decepción experimentada por Fidel se resarció al ver el paisaje de “soledad y aridez” enmarcado por los cerros del Grillo, Chapulín (sic) y otros “en cuya falda se escurría una hilera de casas humildes; bajaba por las rocas, se incorporaba con las casas del centro, sobresaliendo la torre de la Merced, la hermosa portada y cúpula de San Agustín […] el risueño barrio de San Francisco con su humilde pero amenísimo oasis de árboles y flores […] y la vista informe y triste de las montañas”. Ese paisaje conventual ahora está perdido, ni San Agustín, ni la merced sobrevivieron al peso de la historia. Al sur vió los barrios de Villanueva, el Rebote, la Merced y la Alameda, ésta última le causó una profunda impresión pues aseguró que a pesar de tener una vegetación pobre y enfermiza, le daba a la ciudad un toque alegre, arrancando a la naturaleza seca e infecunda de la ciudad, un espacio para recrear la vista. Los ojos de don Guillermo se elevan un poco más para observar, a la distancia, el monumento funerario de Francisco García Salinas situado en el entonces existente panteón de Chepinque. La noche sorprendió a los turistas y los obligó a descender de La Bufa para caminar por callejones serpenteantes donde se abrían “patios de algunas casas y las familias en el interior de ellas, a la vez que las azoteas, las luces de los cajones, los farolitos de las vendimias” dando la imagen “como si fuese la ciudad transparente”.
Nuestro escritor termina diciendo que el recuerdo de Zacatecas será eternamente grato debido a que su hospitalidad y las atenciones que le dispensaron los habitantes merecerían todos los halagos de su pluma. El relato es valioso porque nos recuerda que las ciudades no son solo los edificios, las calles, las fachadas, sino también las personas, las memorias y lo que la propia ciudad nos dice sobre nosotros mismos. Como escribió Italo Calvino “la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano”, por ello al leer a don Guillermo, descubrimos que esa ciudad no ha desaparecido del todo.
*Maestra en Estética y Arte
