La cohesión social: la otra cara de la seguridad
Cuando hablamos de seguridad, es común imaginar patrullas recorriendo las calles, policías vigilando espacios públicos, operativos conjuntos entre corporaciones o sistemas de videovigilancia operando de manera permanente. Sin embargo, la verdadera seguridad comienza a construirse mucho antes de que intervengan las instituciones encargadas de hacer cumplir la ley. Las comunidades más seguras suelen ser aquellas donde existen fuertes lazos de confianza, solidaridad y participación ciudadana, pues la cohesión social se convierte en un factor determinante para prevenir la violencia y fortalecer la convivencia pacífica.
Pocas veces nos detenemos a reflexionar que la verdadera seguridad comienza mucho antes de que un delito ocurra. Nace en las familias, se fortalece en las escuelas, se consolida en los barrios y se refleja en la confianza que existe entre quienes comparten una misma comunidad.
La criminología contemporánea ha demostrado que las sociedades con mayores niveles de cohesión social presentan menores índices de violencia. Cuando las personas participan, colaboran y sienten que forman parte de una comunidad, también desarrollan un mayor compromiso con el cuidado de su entorno. En ese sentido, la seguridad deja de ser una responsabilidad exclusiva de las instituciones para convertirse en una tarea compartida por toda la sociedad.
Las juventudes ocupan un lugar central en este desafío. Hoy enfrentan una realidad distinta a la de generaciones anteriores: el acceso inmediato a la información, la constante influencia de las redes sociales y una enorme cantidad de referentes culturales que moldean su forma de pensar y de relacionarse. Desafortunadamente, entre esos referentes también aparecen mensajes que normalizan la violencia, glorifican el dinero fácil y presentan la delincuencia como un modelo aspiracional. La «narcocultura», difundida mediante series, música, plataformas digitales o estilos de vida que rápidamente se convierten en tendencias, representa uno de los mayores retos para la construcción de una cultura de la legalidad.
A ello se suman otros factores que han debilitado el tejido social, como la desintegración familiar, la marginación, la migración, la pérdida de espacios de convivencia y la influencia de grupos de pares que, en algunos casos, alejan a niñas, niños y adolescentes de proyectos de vida positivos. Estos fenómenos no determinan el comportamiento de las personas, pero sí incrementan las condiciones de vulnerabilidad cuando no existen redes de apoyo sólidas.
Hace algunos años era común observar a niñas, niños y jóvenes jugando en las calles, familias reunidas en las plazas públicas, vecinos conversando al finalizar la jornada o participando en actividades deportivas y culturales. Hoy, en muchas colonias, estos espacios han perdido dinamismo, ya sea por la percepción de inseguridad, los cambios en las dinámicas familiares o el creciente tiempo que se dedica a las plataformas digitales.
Frente a este escenario, resulta indispensable generar más oportunidades para nuestras juventudes. Espacios deportivos, culturales, académicos, científicos y de participación ciudadana, esto no debe entenderse como un gasto público, sino como una inversión estratégica para prevenir la violencia y fortalecer la paz social. Cada joven que encuentra oportunidades para desarrollarse, representa una historia que difícilmente será escrita por el camino de la delincuencia.
La construcción de comunidades más seguras exige recuperar la confianza entre vecinos, fortalecer la participación ciudadana y promover valores como la solidaridad, la empatía, la corresponsabilidad y el respeto por la legalidad. Estos elementos conforman la base de una sociedad cohesionada y resiliente, capaz de enfrentar de mejor manera los desafíos que impone la violencia.
Invertir en nuestras juventudes es apostar por el presente y el futuro de Zacatecas. La prevención comienza en las familias, las escuelas y los espacios donde nuestros jóvenes construyen sus sueños. En este esfuerzo, las universidades son fundamentales, pues no solo forman profesionistas, también son espacios donde se fortalecen los valores, se construye ciudadanía, se desarrolla la conciencia social y se abren oportunidades para transformar vidas. Detrás de cada estudiante hay una familia, esfuerzos y aspiraciones que merecen ser acompañados. Por ello, mantenernos cercanos a nuestras instituciones educativas, escuchar sus necesidades y sumar esfuerzos en favor de su desarrollo es también contribuir a un Zacatecas más seguro, más humano y con un mejor futuro para todas y todos.
El futuro de Zacatecas no se definirá por la violencia que enfrentemos, sino por la capacidad que tengamos para fortalecer nuestras comunidades y brindar oportunidades a nuestras juventudes.
*Columna colectiva de la Fiscalía de Justicia del Estado (FGJE)
**Adscrito a la Jefatura de la Fiscalía General de Justicia del Estado de Zacatecas
