La historia de la araña
Nació sabiéndose dueña de todo lo que sus ocho ojitos alcanzaban a ver. Por las ruinas, era más que notorio el paso de habitantes anteriores que seguro ahora habrían partido a hacer ruinas a otra parte.
Parsimoniosa, salía de a poquito a contemplar las posibilidades de aquel húmedo lugar. Primero asomaba la cabeza, luego y de un salto marcial, sacaba el resto de su matizado cuerpo por si alguien sin invitación andaba rondando sus lares. Tenía todo lo necesario además de un muy buen panorama digno de cualquier cuento de ocasión.
Todas las mañanas se asomaba para imaginar cómo era todo del otro lado. La vida puede parecer muy solitaria detrás de una ventana rota. Comenzó a arreglar su casa, con un poco por aquí y otro tanto por allá se privatizaba la propiedad casi queriendo eternizarla. El espacio se conquista con las ganas de afectarlo y afectarse en el intento.
Cualquier novedad se diluye con el tiempo y como todos los principios son el mismo repetido, de repente, unos días comenzaron a parecerse a otros.
Afortunadamente siempre se podía regresar a casa, después de todo, qué es casa sino ese lugar en el que se puede hacer lo mismo todos los días, ahí donde se es, sin querer sorprender al destino.
Jugar, comer, correr, dormir, saltar, reír. Jugar, comer, dormir, correr. Comer, dormir, correr. Comer, dormir. La comida se volvió el momento favorito, auto proveerse alimentos hace brotar la animalidad esencial en cualquiera que ya se haya llegado a sentir poco animal.
Pasaba el Sol y a veces la Luna, los silencios habituados se cortaban solo por el sonido que hace el tren para anunciarse. Ella ya no brincaba cada vez que el estrépito atravesaba la grieta de la ventana. Una patita tras la otra recorría un terreno que, sobre todo en las noches, debía vigilarse y restringirse de otros para dejar en claro a quién le pertenecía.
Una noche tras otra más de 300 veces. La habitualidad de los cuerpos iluminados solo por luz natural adornaba lo normal hasta que alguien llegó. Cuerpos diferentes, gigantes con menos ojos y menos patas que las que se podía tener.
Luces artificiales nunca antes encendidas dibujaban esos seres que hacían ruidos diferentes al del tren, nuevos olores y mucha luz encima de todo. Iban y volvían los seres, unos más otros menos, uno siempre. La habitación la protegía de toda aquella hostilidad.
Asomaba la cabeza, luego nada. Regresaba a esconderse de aquel gigante que no se había enterado a quién le pertenecía aquel espacio conquistado, casi como si fuera de él. Qué se creía.
A ciertas horas del día y algunas de la noche, todo regresaba a la calma. Ella podía salir sin presiones, reconquistar de a poco todo lo que se volvía incierto. Rondines pausados marcaban los ritmos de lo habitual, como si caminar despacito, pata tras pata, permitiera regresar también la calma.
Una noche pasó. Los 10 ojos se cruzaron como presentando miradas. -Yo soy la dueña de esto, pero no te habías enterado, -No, soy yo, tú eres solo un bicho de esos que llegan cuando se abandonan las casas.
Tensos segundos marcaron un incómodo ritmo como esos que a veces se tocan en jazz. Quién huye de quién, alguien se tiene que ir por que, aunque aquí quepamos los dos esto seguro es privado.
Lo que se pudo resolver de un zapatazo se convirtió en un trato de esos que no suelen tener tanta carga animal. Convivencia y vecindad. Yo no te hago daño si tú no me dañas a mí. La noche es tuya y ya de día puedes andar si no molestas a nadie.
Pasaron más noches, otras cien. Primero, asomaba la cabeza, luego sacaba el cuerpo de tajo menos marcial y casi ya nada más por costumbre. Nadie era mascota ni amo de nadie, cohabitantes temporales de lugares más longevos que ellos.
Un día no volvió. Dejó vacía una habitación conquistada, ruinas y una casa tan húmeda como cuando nació y se enteró que ella era la dueña de todo.
