Transformaciones urbanas en el siglo 20
En mi colaboración anterior hablé de la capital de San Luis Potosí con el objeto de invitarlo a mirar, pero mirar de verdad, los ecos del tiempo que se esconden en las ciudades. Así como vemos el pasado vivido, también podemos ver cómo los habitantes del pasado percibieron e imaginaron la ciudad, proyectándola hacia el futuro.
Durante el siglo 20 hubo un marcado interés por remozar y cuidar la estética citadina de Zacatecas, que hasta ese momento no había sufrido cambios sustanciales, debido al estancamiento provocado por las condiciones sociales y económicas que fueron delimitando las transformaciones de la ciudad.
Fue a partir de la década de los 40 del siglo pasado que comenzaron a fraguarse una serie de proyectos que tenían como finalidad la modernización de la capital del estado que, hasta entonces, había quedado sujeta a los pingues transformaciones que terminaron por enclaustrar su crecimiento al casco histórico, dejando a las periferias adyacentes un desarrollo desordenado y urbanísticamente desprovisto de planeación.
Tal fue el caso de la zona que conectaba el Centro Histórico con la Estación del Ferrocarril, cuyo establecimiento acaecido a finales del siglo 19, propició un poblamiento hacia el sur que, no obstante, parecía desvinculado de la capital.
A partir del vetusto acueducto, se extendía un espacio poco poblado ocupado solamente por la plaza de toros San Pedro y un caserío desigual, prolongándose hasta el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, la Estación y el barrio constituido por la antigua hacienda de los Cinco Señores.
Ahí comenzó una primera etapa de renovación urbanística que se insertó en el discurso de modernización enarbolado en el sexenio de Leobardo Reynoso (1944 – 1950).
El objetivo fue conectar el centro de la ciudad con el sur de la misma, en una ruta que pretendía fomentar el turismo local a través de la conexión con la carretera Panamericana que en ese entonces se construía.
No solamente se cimentó la avenida González Ortega como prolongación de la vía principal Miguel Hidalgo, también se instaló una nueva zona residencial, un parque y una escuela.
Sin embargo, estas transformaciones del paisaje urbano atrajeron tanto alabanzas como críticas. Por una parte, hubo quienes celebraron lo que les pareció un atinado esfuerzo por transformar una ciudad que parecía haberse encapsulado en el tiempo, pero para otros, simbolizaba el descuido de las partes más antiguas de la ciudad donde se recalcaba la presencia de hoyos, baches y basura, combinados con la ausencia de servicios públicos primordiales como luz y agua:
“[…] En cambio en Zacatecas ¿qué? Grandes escuelas modernas, muy verdad, pero doloroso descuido de las antiguas; hermosísimas obras en la colonia de la Sierra, pero abandono de las céntricas de la ciudad; un deficientísimo servicio de agua potable y un alumbrado público tan claro que donde hay lámparas (raro fenómeno) debe buscársele enfocando a ella el reflejo de la linterna sorda.
“¿De aseo citadino? Nada más asomémonos por los contornos de la escuela Enrique Estrada o cualquier otro lugar; en fin, ¿a esto le podemos llamar, digna y efectivamente progreso?”
Asimismo, el descontento se acrecentó cuando la estatua ecuestre del general Jesús González Ortega se trasladó desde su antigua ubicación en la calle que antes llevaba su nombre -hoy Tacuba-, a la moderna avenida González Ortega, dentro del polígono que ocupa el parque Enrique Estrada.
Para algunos habitantes de la época, este cambio implicaba un golpe a la tradición y a la identidad de una calle, “una bofetada a las tradiciones”.
Los cambios al paisaje urbano, por mínimas que sean, siempre implican procesos de asimilación/resistencia que se entrecruzan por factores como la identidad común, la historia y tradición de un lugar, toda vez que el paisaje se presenta como un continuo ante nuestros ojos y su modificación, un resquebrajamiento de la memoria compartida.
Pero a pesar de las críticas exacerbadas y en ocasiones tendenciosas, lo cierto es que durante esta época se vislumbra el surgimiento, aunque tímido, de una conciencia en torno a la valoración de lo histórico como propio del paisaje urbano de Zacatecas. Años después, en los 50 surgieron las primeras reglamentaciones tendientes a la conservación de los monumentos históricos y artísticos, como la Ley de Protección y Conservación de Monumentos y Edificios del Estado de Zacatecas promovida por Federico Sescosse, Eugenio del Hoyo y Genaro Borrego Suárez del Real, y apoyada por el entonces gobernador del estado, José Minero Roque.
*Maestra en Estética y Arte
