Del empeño por difundir falsedades
Hace muchos años, estimada y estimado lector, fui invitado por una organización partidista a formar parte de una serie de mesas de trabajo que buscaban construir una plataforma electoral. Le estoy hablando de hace aproximadamente 15 años y recuerdo que en ese entonces, en la mesa que participé, salió a relucir un fenómeno que estaba incidiendo en la juventud de aquellos años: la infodemia.
En un artículo de Internet encontré una explicación que me gustaría compartirle: “Una infodemia se define como ‘una sobreabundancia de información —que puede ser correcta o no —durante una epidemia’.
En este artículo se describen las características de una infodemia, en la cual se combina un volumen de información desmesuradamente alto (que genera problemas que guardan relación con la búsqueda, la capacidad de almacenamiento, la calidad, la visibilidad y la validez de la información) y la producción acelerada de información (que hace difícil estimar su valor, gestionar el proceso de control, aplicar resultados y rastrear el historial, y además conduce al desperdicio de esfuerzos). Esto está vinculado con el crecimiento colateral de información errónea, la desinformación y la información malintencionada”.
Usted y yo podemos considerar que hoy en día existe una epidemia que permea en muchos lados: los malos gobiernos. No podemos dejar de considerar que desafortunadamente hay una enorme cantidad de funcionarios públicos o representantes populares que han decepcionado en su proceder o en el ejercicio del cargo. Y muchas de esas cosas se disfrazan a través de algunas herramientas de comunicación.
En estos casi 15 años desde aquel ejercicio en el que participé, he visto cómo han evolucionado los gobiernos y sus equipos de trabajo, particularmente los que tienen que ver con los ejercicios de comunicación y me he encontrado con la situación de que mucho de la apuesta de los gobiernos en esa área tiene que ver con el uso de las redes sociales.
Desafortunadamente en el caso de México, muchos responsables de esas tareas han apostado directamente al uso de las redes sociales con el propósito de difundir la información, de tal suerte que manipulan de diferente forma lo que acontece en los ejercicios gubernamentales y mucho ha sido basado en la interacción de perfiles falsos o personales para felicitar a los personajes públicos, a pesar de que existe una sensación inequívoca de que están actuando mal.
La situación ha llegado a tal extremo que, al verse rebasados por la realidad que existe y que genera opinión negativa sobre el gobernante, ahora también se obliga a los participantes de una organización pública a que sean parte activa de ese ejercicio falso, so pena de ver amenazado su trabajo si no apoyan activamente mediante ejercicios de reenvío de la información o hacer comentarios positivos de algo que difícilmente inspira una felicitación.
Por alguna razón que desconozco, muchos titulares de responsabilidades públicas se encuentran encapsulados en esa burbuja de información falsa y que obviamente no es genuina; lo que sí es real es el disgusto que cada vez se va presentando entre los miembros de la organización pública por tener que ser parte de una actividad que no da para estar convencido de ella; verse forzado a ser partícipe de información que es errónea, no sirve porque mal informa y, además, es malintencionada, porque no refleja los valores de los servidores públicos.
El empeño por difundir falsedades, eventualmente, tendrá consecuencias. Se vive en un espacio de mentiras cuyo mayor elemento en contra es precisamente obligar a los integrantes de la organización pública a replicar mensajes en los que no creen, sobre todo en lo que tiene que ver con reconocer el trabajo de un gobernante que vive separado de la realidad. Todo cae por su propio peso.
*Doctor en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Administración Pública, UNAM
Facebook: PonchoRealLópez
